Como una estrella del pop, el papa León XIV se dio ayer un baño de multitudes, aunque también de fe y emoción, a su llegada a la plaza del Cristo de La Laguna, un enclave que centró la segunda parada del pontífice, tras la de Las Raíces, en la histórica visita de su santidad a Tenerife.
La blanca silueta de Robert Francis Prevost entró en la plaza junto al obispo Nivariense, Eloy Santiago, a bordo de un carrito de golf transformado en mini papamóvil al filo de las once de la mañana, donde desde horas antes ya lo aguardaban más de 2.000 personas bajo un sol abrasador.
León XIV recorrió el recinto bajo los acordes del Himno de la Visita, compuesto por Pablo Cebrián, sin perder en ningún momento la sonrisa y mostrando una gran cercanía y empatía con el pueblo. Un papa amable y carismático, que a cada momento rompía el protocolo para saludar, bendecir a bebés e incluso firmar de puño y letra una dedicatoria a un feligrés tetrapléjico que le esperaba a los pies del gran altar lagunero.
El papa mantuvo un encuentro con grupos eclesiales y entidades vinculadas a la acogida de personas migrantes, en uno de los actos centrales previos a la clausura de su viaje a España.

Una cita que dejó patente la realidad migratoria que vive el Archipiélago a través de testimonios de personas del continente africano y de América Latina, así como de quienes desarrollan la labor pastoral y social en este ámbito.
En su discurso, León XIV condenó a las mafias de la inmigración, a quienes instó a acabar con el tráfico de personas. “Deténganse, conviértanse” exclamó el papa enérgicamente, demostrando que Alzad la mirada no es solo el lema que ha acompañado su visita a Canarias, sino que también ha alzado su voz contra quienes ponen en juego la vida de miles de migrantes a bordo de cayucos. “El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro”, afirmó.

El pontífice subrayó que “desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina. Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido”, subrayó.
León XIV resaltó que “me ha llamado la atención que han dicho que esta es una ciudad sin murallas, una ciudad abierta. Quizá este detalle nos ayude a comprender que las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer: de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, también el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas. Por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras, como el braille”, dijo el pontífice.

La cita papal con quienes ayudan y viven el día a día de la migración comenzó con las palabras del obispo Eloy Santiago, quien comentó que “la integración, tanto en la sociedad como en la Iglesia, sigue siendo un reto. Estamos convencidos de que sus palabras nos animarán a seguir por esa vía de la superación de miedos y prejuicios para abrirnos a la promoción e integración de las personas migrantes en nuestra casa común”.
En cuanto a los testimonios, su santidad escuchó el de Darwin Rivas, sacerdote venezolano destinado en El Hierro; el de Khalid Allad, un marroquí, acompañado por Fundación Don Bosco Salesianos, que relató su viaje en patera hacia un mundo mejor; el de la migrante colombiana Thalia Johana, voluntaria de Cáritas, y el de Mbacke, un senegalés que en nombre de la Fundación Canaria El Buen Samaritano recitó una poesía sobre la historia de los migrantes e incluso regaló al papa una camiseta y le hizo bailar el famoso six seven, un movimiento de brazos viral en los adolescentes.

Aplausos
Palabras que arrancaron aplausos y hasta lágrimas y por las que León XIV agradeció la labor de entidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio y que acompañan en los migrantes en los procesos de protección, promoción e integración. “Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse en puente para otros, devolviendo el amor recibido”, enfatizó.
“La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro. Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro”, expresó el papa. Asimismo, León XIV recordó que “cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana.

No obstante, existe también un naufragio silencioso después de la llegada: quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio. Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad”.
“Después de viajes difíciles y, en ocasiones, de varios intentos buscan a alguien que les diga, con los gestos antes que con las palabras: tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado. Pero buscan también algo más: una posibilidad de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas”, recalcó su santidad.







