Tres días han tardado en encontrar el papel. Ahora solo falta encontrar la transparencia. Después de tres días de silencio, la Consejería de Hacienda del Gobierno de Canarias ha conseguido finalmente sacar de la chistera una supuesta comunicación de declaración de actividades y de bienes, derechos y obligaciones patrimoniales del viceconsejero de Hacienda y Relaciones con Europa, Gabriel Megías. Bien está. Una pregunta menos. Y unas cuantas más. Porque ahora alguien tendrá que explicar por qué una información de esta naturaleza no era pública, por qué no estaba al alcance de cualquier ciudadano y por qué han hecho falta tres días, decenas de llamadas y un pequeño safari administrativo para que apareciera.
Para tratarse de transparencia, hay que reconocer que estaba magníficamente escondida. El documento podrá despejar una incógnita, pero no convierte en irrelevante todo lo demás. Porque el asunto nunca fue únicamente si Megías había comunicado o no sus actividades empresariales. La cuestión verdaderamente incómoda es otra: qué hizo después con ellas. La Ley 3/1997 de Incompatibilidades establece en su artículo 5 la obligación de los altos cargos de abstenerse en asuntos que afecten a empresas en las que ellos “o familiares hasta segundo grado” tengan intereses. Y ahí es donde termina la prestidigitación administrativa y empiezan las preguntas serias: ¿se abstuvo Megías siempre que correspondía? ¿Existe constancia de esas abstenciones? ¿Intervino directa o indirectamente en decisiones que pudieran afectar a las actividades de sus empresas familiares? Eso es lo que toca aclarar ahora.
Mientras tanto, los tres días de mutismo no ayudan precisamente a disipar sospechas. Matilde Asian ha administrado las palabras como si cotizaran en Bolsa; de Manolo Domínguez nos decía su jefe de prensa que estaba muy ocupado estudiando el asunto; y Presidencia practicaba ese viejo deporte autonómico consistente en señalar con elegancia el despacho de al lado.
Tres días para acabar enseñando un papel. Ni los secretos de Fátima tuvieron tanta liturgia. Y ahí es donde nuestro título sigue teniendo plena vigencia. En El silencio de los corderos, Clarice Starling perse guía la verdad mientras Hannibal Lecter dosificaba cuidadosamente las respuestas. Aquí no sabemos quién interpreta a quién, pero el guion empieza a resultar familiar: preguntas sencillas, respuestas tardías y un silencio demasiado bien organizado.
Porque enseñar ahora una declaración puede aclarar una parte del caso, pero no borra las demás. Los papeles hablan; las abstenciones también deberían hacerlo. Y cuando para escuchar a los corderos hacen falta tres de llamadas, quizá el verdadero problema no sea
que estén en silencio, sino averiguar quién les ha ordenado no balar. Jaque Mate






