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Ignatius Farray: “El canario puede ser un godo para los suyos cuando vende nuestra tierra”

El humorista de Granadilla de Abona concede una entrevista a DIARIO DE AVISOS al cumplir 20 años sobre los escenarios, “una necesidad que no sabes explicar”, confiesa
Ignatius Farray: "El canario puede ser un godo para los suyos cuando, en nombre de la canariedad, vende nuestra tierra"

Desde un banco del parque de La Granja, Juan Ignacio Delgado (Granadilla de Abona, 1973) recuerda con especial cariño a su profesor de Ética y Música, Agustín Miranda. Aquí solía encontrarse con quien define como su mentor, y quien además le puso el mote de Ignatius, en referencia al protagonista de La conjura de los necios. Farray procede del segundo apellido de su padre, corredor de rally que competía bajo ese nombre. Como su apodo, la carrera de Ignatius Farray también se construye sobre sus raíces. Instalado en Madrid, ha participado en La Vida Moderna, llenado escenarios, e impulsado proyectos audiovisuales como El fin de la comedia, nominada a un Emmy Internacional, sin dejar de mirar hacia la realidad de Canarias. Identidad, cultura, territorio y humor marcan el ritmo de una conversación que, desde el lugar donde inició su camino, recorre un viaje de ida… y de vuelta.


-Llevas más de 20 años sobre los escenarios. ¿Qué te llevó a subirte a uno por primera vez y qué crees que te sigue empujando a hacerlo hoy?
“Nunca pensé que tuviera un talento especial ni que fuera gracioso. De hecho, creo que tener talento no es suficiente para subirse a un escenario. Lo importante es la necesidad. Es una necesidad que uno tiene y que nunca termina de comprender del todo. Uno de mis poetas favoritos es Juan Gelman. En A propósito de Sísifo habla de Sísifo, condenado a empujar una piedra montaña arriba para verla caer de nuevo y tener que empezar otra vez. Gelman pone en su boca una frase que siempre me ha llamado la atención: Nunca supe lo que era esa roca. Cuando sales a un escenario sucede un poco eso. Nunca terminas de saber por qué necesitas hacer algo tan descabellado. Es una necesidad que no sabes explicar”.


-Hay un contraste llamativo entre el Ignatius que se muestra sobre la tarima y la persona que eres cuando bajas de ella. ¿Cómo conviven esas dos versiones?
“Quienes están cerca de mí suelen decir que soy muy amable y muy correcto. Es curioso, porque quienes me conocen por el escenario probablemente tienen una imagen completamente distinta: la del monstruo ruin que aparece ahí arriba. Creo que tengo mi propio laberinto y, en mi caso, me da pánico el malentendido. Fuera de las actuaciones casi nunca me atrevo a hacer una broma porque temo que el otro no capte por dónde voy. Parte de esa amabilidad es también una trinchera, un lugar en el que me refugio para no arriesgarme. En cambio, al actuar encontré un espacio donde podía permitirme ese riesgo. No solo podía meter la pata, sino que parecía que precisamente ahí estaba la gracia. ¡Imagínate la liberación que supuso encontrar ese lugar! Aunque fue tanta que probablemente me pasé de frenada…”.


-Te fuiste a Madrid con 17 años para estudiar Ciencias de la Información. ¿Cómo recuerdas aquella decisión?
“Miro para atrás y me resulta increíble. Tener 17 años y estar tan envalentonado por el entusiasmo de esa edad, por esa pasión que uno tiene… Con el tiempo he entendido que aquello de irse, perderse y después volver, forma parte de un viaje. Está en La Odisea: uno tiene que perderse para poder regresar a su Ítaca. También hay una frase de Dante que dice: A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado. El camino también consiste en perderse. Incluso diría que perderse no es solamente un derecho, sino casi un deber”.


-¿Qué significan hoy Tenerife y Canarias para ti?
“Tenerife lo es todo porque es el principio de mi camino, mi raíz. Pero intento tener cuidado cuando hablo de la canariedad, porque no quiero caer en tópicos ni en una idea simplificada de lo que significa ser canario. El lugar del que vienes te deja una marca para toda la vida: la familia, dónde naciste, dónde creciste… Todo eso forma parte de tu identidad. También estamos condicionados por unos límites, aunque no tienen por qué ser algo negativo: son los que nos dan forma. Pero, al mismo tiempo, uno tiene ese deseo de salirse de ahí, de mearse fuera del tiesto, y eso implica equivocarse. Creo que el escenario es una versión literal de algo que todos tenemos en la vida: nuestros propios límites y nuestro público. Y, en algún momento, necesitamos atrevernos a salirnos de ese escenario”.


-En tu caso había una razón objetiva para irte: aquí no podías estudiar lo que querías.
“Pero también era una excusa. Yo soy muy cobarde en ese sentido: necesito disfrazar mis decisiones de razones objetivas para atreverme a tomarlas. Cuando tenía 14 años tuve una relación que duró dos meses y que, para mí, se convirtió en una tragedia romántica. Utilicé aquel desamor como una historia que me permitiera justificar que tenía que irme a Madrid. Después me pasó algo parecido cuando me fui a Londres. Volví a construir una historia sentimental alrededor de una relación para convencerme de que tenía que marcharme. Creo que cada uno de esos grandes movimientos necesitó de alguna historia que me ayudara a encontrar el valor para dar el paso. Necesitaba inventarme una razón emocional para atreverme a hacerlo”.


-¿Sentiste en algún momento que las Islas no te daban suficientes oportunidades?
“Nunca he entendido mi vida desde ese lugar. Para mí, la vida es un camino que uno tiene que ir haciendo. Si no había oportunidades, quizá era porque la vida quería que siguiera otro camino o porque yo no sabía encontrarlas. Pero nunca he tenido esa sensación de estar reclamando algo que Canarias no me hubiera dado”.


-Cuando un artista canario sale y empieza a moverse en otros espacios, ¿hasta qué punto existe el riesgo de dejar atrás parte de su identidad?
“Cuando uno se va, también aparece una pregunta: ¿mi voz se va a entender fuera de aquí? Una de las grandes enseñanzas de Manolo Vieira fue conservar lo que eres, tu singularidad, sin intentar convertirte en otra cosa para encajar. A mí me pasa incluso con la manera de hablar: con compañeros de la Península me descubría adaptándome a su forma de expresarse. Ahí existe un peligro para los artistas canarios: falsificarse para gustar. Pero, al final, tu singularidad acaba apareciendo”.


-Hablas de la singularidad. ¿Qué significa para ti?
“Es un concepto que me interesa mucho y que relaciono, por ejemplo, con César Manrique y su vínculo con Lanzarote. Manrique fue capaz de ver la singularidad de aquel paisaje cuando, en un determinado momento, la cultura turística podía considerarlo como un lugar poco atractivo, pobre o sin interés. Él entendió que precisamente aquello que hacía diferente a Lanzarote era su valor. A partir de ahí construyó toda una manera de intervenir artísticamente en el territorio, pero también de defenderlo. El problema es que el capitalismo tiende a destruir la singularidad porque es mucho más fácil de vender aquello que es homogéneo. Si todos los lugares se parecen, es más sencillo crear circuitos turísticos y económicos. Y cuando desaparece la singularidad de un lugar, también desaparece parte de la identificación de sus habitantes con él. Si dejas de sentir que ese lugar es tuyo, también te importa menos que sea explotado. Por eso creo que proteger la singularidad es fundamental para proteger también una identidad”.


-¿Cómo ves las movilizaciones que se han producido en los últimos años bajo lemas como ‘Canarias tiene un límite’?
“Lo veo como una lucha totalmente necesaria y urgente. Parece que, en nuestra cultura, si algo da dinero, incluso los destrozos que provoca quedan justificados. Ahí está la dignidad de levantar la voz frente a esa búsqueda ilimitada del rendimiento económico. Canarias tiene un límite… Nunca mejor dicho. Habrá que poner el límite en algún sitio y decir: esto ya no lo tolero, esto es una agresión a nuestra identidad, a nuestra alma y a nuestra singularidad. Esto no se vende y hay que protegerlo porque esto es lo que somos. Esa es la verdadera canariedad, y no esa de la que se les llena la boca a tantos políticos. Esa canariedad de politiqueo que, en el fondo, es una canariedad de souvenir, de pulserita y de folclore barato, muchas veces vendida a esos intereses económicos. Es especialmente vergonzoso en los partidos nacionalistas que llevan esa canariedad por bandera y, en el fondo, no dejan de ser los caciques de toda la vida, que buscan enriquecerse. Muchas veces el canario también es un godo para el canario porque, aprovechándose y en nombre de la canariedad, comete esos destrozos intolerables y vende nuestra tierra”.


-¿Crees que todo este movimiento social también se está reflejando en la cultura?
“Completamente. Creo que los jóvenes artistas canarios están reflejando y acompañando esa conciencia social. Hay una generación que está hablando desde aquí y construyendo su propia voz: Quevedo, Bejo, Cruz Cafuné, Petit Lorena, Solo Palique… Mi hijo Delamatta, que nació en Móstoles, está empezando a rapear y todo ese mundo le está influyendo muchísimo. Me parece importante que alguien que ha nacido fuera pueda encontrar en referentes canarios una voz con la que identificarse”.


-En tus espectáculos y discursos suelen aparecer políticos como Ayuso o Trump. ¿Encuentras algún equivalente humorístico aquí en Canarias?
“Hay políticos que han entendido que pueden ser absolutamente desmesurados y que eso puede resultar incluso gracioso. Han entendido que el espectáculo también forma parte de la política. Aquí tenemos a Fernando Clavijo, con toda aquella historia de las ratas voladoras y ChatGPT. Eso directamente parecía un sketch. También está Casimiro Curbelo. Yo siempre digo que Donald Trump aprendió de Curbelo: ¡el trumpismo comenzó en Canarias, y en La Gomera! Creo que los políticos saben perfectamente que utilizan esa exageración porque les funciona. Trump dijo aquello de que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votos. Esa frase resume muy bien esa lógica: puedo hacer cualquier barbaridad porque la propia provocación forma parte de mi personaje. La derecha es el nuevo punky”.


-¿En ese sentido, la izquierda ha perdido la batalla?
“Creo que la corrección política nace de la izquierda por una razón legítima. Pero en algún momento puede convertirse también en miedo: miedo a hablar, a equivocarse, a hacer una broma. Y eso es un problema, porque hay que seguir arriesgándose a hacer humor. Para mí, que la izquierda haya renunciado en algún momento a la risa es una derrota histórica. Si abandonas la risa, alguien va a ocupar ese espacio. Y la derecha ha entendido muy bien su poder: genera complicidad, rebeldía y puede convertirse en una herramienta política. La democracia se volvió aburrida. Se convirtió en algo tan cotidiano que dejamos de verla como una conquista. Entonces, determinados movimientos de extrema derecha se han apropiado de palabras como libertad, y esta acaba reducida a algo como dos cañas y unas bravas, como si fuera simplemente poder hacer lo que te dé la gana. Pero la libertad es mucho más compleja. Y la democracia necesita volver a ser algo incómodo, que nos exija valentía. Tiene que volver a ser una cosa atrevida”.


-Después de todo ese viaje personal del que has hablado, ¿en qué momento estás ahora?
“Siento que estoy volviendo a Ítaca, con la capucha puesta y el machete en la mano, entrando otra vez en el palacio. Hace poco, Conchi, la viuda de mi profesor Agustín Miranda, me contó que había soñado con él. En el sueño, Agustín le decía: Ignatius está acabado. No lo entendí en un sentido negativo, sino como si aquella persona que tenía que desarrollarse ya hubiera llegado a su forma definitiva, como un cuadro que finalmente está terminado. Me sentí muy reflejado en esa imagen. He estado muy perdido, quizá todavía lo estoy, pero tengo la sensación de que el oleaje de la vida me está llevando de vuelta a la orilla. Por primera vez quiero hacer una gira de verdad, planificada, y que sea también una forma de volver a mis raíces. Actuaré en el Teatro Leal el 13 de noviembre y quiero grabarla para que después pueda convertirse en un libro, un repertorio, en algo que quede”.


-Entonces, eso de que estás acabado… quizá no tanto.
“Igual aún queda por pintar en ese cuadro… ¡Pero los últimos brochazos son los más peligrosos!”


-¿Te ves volviendo a las Islas?
“Creo que, tarde o temprano, volveré. Pero déjame ajustar cuentas con estos godos un poquito más” (Risas).

“Mi verdadero origen como cómico está en mi madre Nuri”

“Uno es lo que hace con lo que hicieron de él”, decía Jean-Paul Sartre. Y, en su caso, buena parte de lo que es se lo debe a su familia. Si físicamente se reconoce en su padre, Javier, señala a su madre, Nuri, como la persona que más alimentó su valentía sobre el escenario. “Mi verdadero origen como cómico es mi madre; mi amor propio y la confianza en mí mismo, incluso la temeridad, que yo pueda tener se la deberé siempre a ella”, afirma. Nuri le dio “todo lo que yo pueda tener de calma para luego contrapesar toda esa tormenta y guardar así el equilibrio”. Gracias a ello, pudo atreverse “a fracasar y jugar a sabotearme toda mi vida como debe de hacer un verdadero payaso”. Esa seguridad, sostiene, es necesaria para quien se sube a un escenario: “Hay que fliparse mucho”, tener fe en que, de alguna manera, todo va a salir bien. Un impulso que todavía hoy le acompaña, incluso cuando parece que “me voy a caer con todo el equipo”. La luz y la fortaleza que le dio su madre desde niño “siempre me hará sentir, incluso en los peores momentos, que todo lo que sucede conviene. Ella me dio ese gran tesoro”, concluye.

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