Este 22 de diciembre se reunirán, como tantas veces en el pasado, los supervivientes de aquel accidente aéreo en los Andes que se nos quedó grabado a todos para siempre en la memoria. El año que viene se cumplen 50 años de aquella tragedia, de la que el cineasta español Juan Antonio Bayona realizará un largometraje para Netflix coincidiendo con el aniversario. Carlos Paéz Rodríguez puede hoy narrar, como hace en esta entrevista que concedió en exclusiva a DIARIO DE AVISOS, cómo salieron con vida. Uno de los grandes protagonistas de esta historia de superación, de resiliencia frente a la adversidad, de empeño en que la vida se abra camino en las condiciones más inhóspitas, desnuda hoy el corazón para contarnos sin tapujos, sin miedos, sin adornos, cómo logró vencer a la muerte en aquella cordillera. Quiso el destino que el avión en el que viajaban 45 personas, la mayoría jóvenes, sin experiencia, se estrellara en una de las cadenas montañosas más impresionantes del mundo.

-¿Qué hacía usted en ese avión?
“Yo era un chico malcriado, hijo de padres divorciados. Mi padre (el reconocido artista Carlos Páez), quería pintar y que nosotros no lo molestáramos. Nos daba todos los gustos, y lo pasábamos bien. Yo era muy mal estudiante. Empecé a estudiar en una escuela agraria después de que terminé el liceo, y los exalumnos del colegio, jugadores de rugby, planearon un viaje a Chile. Me subí a ese avión, porque era un viaje barato, un avión militar que fletamos y que nos costaba 38 dólares el pasaje de ida y vuelta. En aquel momento era muy barato ir a Chile, era la época de Allende. Iba a ser un viaje divertido porque éramos unos amigos que íbamos a pasar un fin de semana largo (ese 12 de octubre era jueves) y todo era alegría cuando se contrató ese avión de la Fuerza Aérea uruguaya y salimos rumbo a Chile”.

-¿Cuándo se dieron cuenta de que algo iba mal?
“Íbamos muy divertidos, de hecho, el avión paró en Mendoza porque había turbulencias en la cordillera, tuvimos que pernoctar allí una noche y estábamos disgustados porque la otra opción era regresar a Montevideo sin llegar a Chile; sin embargo, al día siguiente le permitieron el paso al avión. Fue el día del accidente. Entonces pasas de estar muy bien, a estar increíblemente mal. Imagínate, yo estaba en vaqueros y mocasines, todo nuestro equipaje estaba en la cola del avión, y la cola voló como 3 km para adelante. La encontramos después de un mes y medio. Estábamos en el avión partido, a 4.000 metros de altura, con 29 muertos alrededor nuestro… Yo nunca había visto un muerto en mi vida. Cuando te subes a un avión, piensas que se puede caer, y cuando lo hizo, te cuesta darte cuenta de que es a ti a quien le está pasando, estás soñando. Nos costó darnos cuenta y, además, la temperatura se hizo a 25 o 30 bajo cero. Nunca antes un ser humano había estado en el lugar donde estábamos nosotros, un lugar totalmente inhóspito. Cuando vos ves el paisaje parece una postal suiza, divino… esa paradoja del lugar más horrible, más frío, todo rodeado de muertos y también más lindo”.

-¿Cómo describe la escena?
“Era un caos absoluto, pero te voy a decir una cosa que no es políticamente correcta. Nosotros lo vivimos como una aventura. Yo creo que es un mecanismo psicológico. A pesar de los muertos y de todo, el ser humano pelea mucho por sí mismo, yo luchaba por salir con vida, al tener 29 muertos alrededor, sabías que el próximo podrías ser tú. A veces era muy atractivo morirse, porque era como terminar con la pesadilla. Nosotros lo teníamos todo en contra: el accidente; el recibir noticias de que no te buscan más; una avalancha en la que murieron ocho…era como si Dios nos hubiera dado la espalda. Hoy por hoy aprendí que en realidad nos estaba enseñando el camino por el lado de la humildad. Cada vez que nos la creímos dios nos daba un garrotazo y era volver a empezar, volver a sacar lo positivo dentro de lo negativo. Fueron pasando 60 días de un trabajo enorme para que Nando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín salieran a caminar”.

-El décimo día se enteran de que los dan por muertos y cesa la búsqueda, ¿cambia este hecho el guion?
“Después del día 10 (me muestra en pantalla su libro Después del día diez) cambia la historia, fue el fondo del pozo. Fíjate cómo me lo planteó Gustavo Nicolich, que era amigo mío (fue el que oyó las noticias, porque la radio había que escucharla fuera del fuselaje): “Carlitos, tengo una buena noticia para ti. Acabo de escuchar una radio chilena decir que dan por finalizada la búsqueda del avión uruguayo y van a venir a buscar nuestros restos en febrero con el deshielo”. Estábamos en octubre, yo lo quería matar, pero me explicó “Carlitos, es buena noticia, porque ahora dependemos de nosotros y no de los de afuera”. Mirando hacia atrás 49 años, te puedo decir que tenía razón mi amigo, porque ese día dejamos de esperar y empezamos a actuar. No es cierto que los helicópteros nos encontraron, la verdad es que nosotros fuimos a buscar los helicópteros. Como digo en mi libro, dejamos de sobrevivir y empezamos a vivir, hicimos que las cosas pasaran, salimos a luchar”.

-¿Qué hubiera pasado si nunca se hubieran enterado?
“Son cosas que nunca sabremos, pero, por suerte, recibimos esa noticia, porque nos habían pasado por encima dos aviones dos veces, y nosotros creíamos que nos habían visto, me acuerdo de que había media botella de whisky que nos bebimos con Roberto Canessa celebrando que nos iban a rescatar…qué absurdo…, y bueno, a los 10 días, la desilusión de que estábamos muertos para el mundo. Así lo vivimos nosotros, nos habían abandonado. Fue un golpe horrible a la arrogancia, creer que cuando a uno le pasan cosas el mundo se detiene”.

-Primero, esa mala noticia y luego, la avalancha…
“Ocho días después viene la avalancha, mueren ocho, y ahí estuvimos encerrados en el avión durante tres días sin poder salir. Yo cumplía 19 años el 31 de octubre, dos días después del alud. El 1 de noviembre logramos salir algunos por la cabina del piloto, después de tres días sin saber cuánta nieve nos cubría, si íbamos a morir asfixiados…pero logré salir, una de las cosas que me motivaba era el cumpleaños de mi padre al día siguiente del mío. Siempre volvía de los lugares a los que viajaba, Polinesia, África… venía a pasar los cumpleaños juntos… Me acuerdo de que era un día espléndido en la cordillera, el techo del avión estaba a ras de nieve, y yo lo único que quería era desear feliz cumpleaños a mi padre, me emociona hasta hoy, recordar el tema…”
-Estar atrapados en un espacio tan pequeño tantas personas… la convivencia tiene que haber sido muy difícil…
“Era muy complicado, pero teníamos una cosa a favor. Si hubiera sido un avión de línea, hubiera sido mucho más difícil porque nosotros nos conocíamos, teníamos todos lo mismo, la misma educación, los mismos objetivos, luchábamos todos por lo mismo, peleábamos por las mismas cosas… por volver a casa con tu madre, con tu padre, con tus hermanos, esa era nuestra lucha. Yo tengo en la película Alive a uno de los actores más conocidos del mundo interpretándome a mí, John Malkovich, … nunca, nunca pensamos que iba a tener esa trascendencia. Nunca pensé que iba a hablar con alguien de Canarias 49 años después por esta historia…”

-Usted salvó a Parrado que estaba enterrado en la nieve y que fue crucial para que pudieran ser rescatados…
“Cuando la avalancha, yo perdí a mis dos mejores amigos, murieron delante de mí, asfixiados. Yo buscando a Liliana, la mujer de Javier Methol, que era la única mujer viva de las cinco que iban, me encontré con la cabeza de Nando Parrado, que había logrado sobrevivir debajo de la nieve, porque le vino a la cabeza un artículo de aquella revista Selecciones del Readers Digest que decía que debajo de la nieve si se respira con mucha calma, hay aire entre los poros, y eso lo mantuvo con vida hasta que lo destapé. Y lo que es la interacción, el hecho de que yo sacara a Parrado permitió que él nos sacara a todos de la historia: lo que yo hice por él, él lo hizo por todos nosotros”.

-¿Hubiera cambiado el desenlace de esta historia?
“Absolutamente, pero nunca sabemos, fue una cuestión de destino, podían haber sido otros los supervivientes. Fíjate, que yo cambié el asiento con Rafael Echevarren un minuto antes del accidente, y el murió y yo estoy vivo…”

-Ver morir a los amigos…
“Cuando tienes 18 años los amigos son más amigos, creíamos que nos llevaríamos el mundo por delante, éramos cinco amigos inseparables. Hasta que llegó la avalancha, funcionamos juntos los cinco amigos. Tuvo que pasar para que se rompieran los pequeños grupos iniciales y nos fusionáramos en un solo grupo, eran cosas que tenían que pasar… ”

-¿Le molesta que la gente le pregunte por el tema de la antropofagia, el haberse tenido que comer a los muertos?
“No. No me molesta, porque si se me cayera otro avión, yo no esperaría 10 días para tomar esa decisión, lo hago mucho antes. Fue una cosa más que nos pasó, que nos ayudó a salir adelante, y gracias a que se hizo más famosa la historia podemos hablar de otras cosas, podemos hablar de la toma de decisiones, de tolerancia a la frustración, adaptación al cambio… nosotros vivimos una evolución en 10 días de no comer absolutamente nada, empieza a surgir en todos nosotros esa única idea posible. No es el hambre que tiene uno a la hora de almorzar, es otra hambre. Primero, saber que si no comes te mueres; segundo, que no cumples con lo que más quieres que es volver a ver a tu familia, y tercero, que es lo más sagrado, el derecho a la vida. Surge naturalmente, es menos complicado para nosotros, que para la gente que no vivió esa situación. Sabíamos que en la guerra había pasado. A parte los católicos resolvemos las cosas con el alma, el alma por un lado, el cuerpo por otro, nos amparamos en esas soluciones. Cuando llegué a Montevideo, mi madre me llevó al mejor psicólogo, el doctor Mendilaharzu, y cuando entré a la consulta me dijo, Carlitos, ustedes tienen el carné de salud mental aprobado”.

-Pero, ¿cómo fue la experiencia?
“Cuando me trajeron los primeros pedacitos de carne, yo también tenía la misma curiosidad. En una conferencia en México, me acuerdo de que uno con un par de copas me gritó desde el fondo, “Oye…. ¿No hicieron barbacoa?”. Ojalá hubiéramos tenido fuego, porque lo hubiéramos hecho. Todo funcionó con naturalidad para nosotros, yo nunca soñé con el tema a posteriori, y los chicos lo mismo, hablamos todos con naturalidad del tema. Más que nada, al principio hubo un cuestionamiento de catolicismo; es más, me acuerdo que Pancho Delgado, en una megaconferencia de prensa cuando llegamos, dio una explicación que yo no hubiera dado, dijo que así como Cristo repartió su cuerpo y su sangre a los discípulos, nos dio a entender que teníamos que hacer lo mismo. Es una contestación para la prensa, pero no fue así”.

-Se lo habrá pensado…
“No, yo no me lo pensé mucho. Yo soy como el personaje de la Vida es bella, que con humor, ahora tengo menos que antes, solucionaba las cosas, sobre todo el drama. Me acuerdo que cuando me trajeron las primeras tiritas de carne, yo lo comparé con la vieja fiambrería, en el barrio nuestro que era famosa, siempre poniendo humor a las cosas. Solamente para mantenernos con vida. Es un tema del que no rehúso hablar. Javier Methol, uno de los mayores, con 36 años que estaba con su mujer, cuando empezamos con el tema de la alimentación se negó por cuestiones religiosas. Me acuerdo que me dijo que ellos se mantendrían con un frasco de un remedio para el estómago, y a los dos días, se engancharon en el tema como todos, porque, en definitiva, tenían cuatro hijos, la vida continúa, y tenían que seguir vivos, esa es la realidad”.

-¿Cómo eran las noches en la oscuridad, en el frío?
“Las noches curiosamente tenían una cuota de atracción porque era cuando estabas solo en aquella inmensidad. Dios aparece como algo más tangible, rarísimo. Yo siempre digo que daría todo lo que tengo por una noche más en la cordillera en esas condiciones, porque uno se siente tan poco y en realidad uno es tan chiquito. A mí me gustaba el titular del diario Mercurio de Chile de que Dios era el copiloto, porque dios estaba en esta historia, pero no fue quien la resolvió. La llaman el milagro de los Andes, pero milagro hubiera sido que hubiéramos aparecido los 45 vivos después de 70 días. A mí me fascina una frase de San Francisco de Asís que dice: “Empieza por hacer lo necesario, luego lo que es posible, y te encontraras haciendo lo imposible”… Fue exactamente lo que hicimos nosotros”.

-Las condiciones en la montaña, tuvieron que haber sido durísimas…
“Hay temas que nosotros ni nos ocupamos. Yo estuve con Discovery Channel, con la productora, en el lugar hace 10 años, y ella se cogió un mal de alturas que hubo que bajarla con gente especializada porque estar por encima de los 4.000 metros no es fácil. Pero nosotros porque teníamos otras preocupaciones, también hay temblores de tierra en la cordillera, la deshidratación….aunque parezca mentira, padecimos más sed que hambre, derretir la nieve era imposible”.

-Si no hubieran regresado los compañeros que salieron a buscar rescate, ¿tenían un plan B?
“¿Cómo un plan B?, A gatas teníamos un plan A, que eran Parrado, Canessa y Vizintín, ese era nuestro plan. El plan B era salir a morir, digo porque lo poco que teníamos se lo habíamos dado a ellos para que salieran a caminar, demoraron 10 días caminando. El plan B era salir (yo me acuerdo que me afeité, porque mi padre me decía, Carlitos, afeitarse es sacarse las preocupaciones del día anterior), era salir a morir, yo lo que no quería era morir en el avión sin intentarlo”.

-¿Cómo fue el momento en el que escuchan en la radio que sus compañeros lo habían conseguido?
“Para mí, fue el momento más lindo de mi vida. En el día 70 estaba abrazado a José Luis Insiarte, llorando, desesperadamente porque era una historia que no se resolvía, 10 días que habíamos perdido contacto con Parrado y con Canessa, pensando que seguramente habrían muerto en la cordillera, y entonces tengo una especie de premonición, de que habían llegado, pero no me animé a comentarlo. Daniel Fernández se despertaba media hora después, y me dijo que acababa de soñar que Parrado y Canessa lo habían logrado y le digo que yo tengo la misma sensación. Prendimos el aparatito de radio y estaban hablado de un avión uruguayo, y en ese momento captamos al embajador uruguayo César Charlone, en el aeropuerto en Santiago de Chile, diciendo que era oficial que habían aparecido Parrado y Canessa. Era el final de nuestro dolor, de nuestra angustia y el principio de la libertad: los helicópteros vendrían a buscarnos. Yo cumplí con el ritual del viajero, lo primero que hice fue peinarme con gomina, que fue lo único que no comimos (porque es inmunda, no la recomiendo para nada), ya me había afeitado e hice la valija (que era un pantalón que yo le hacía dos nudos y dentro puse tres cinturones de seguridad del avión, en aquella época era un lujo tener un cinturón de seguridad en el coche y yo quería llevarlos a mi madre, para su Fiat 850, era lo que me vinculaba con ella). En estas circunstancias, se potencian las pequeñas grandes cosas que son las que dan verdadero sentido a la vida. Nos sentamos a esperar la llegada de los helicópteros que tardaron bastante más de los que nosotros pensamos. De pronto, mirando a ese valle nunca habíamos visto absolutamente nada (más de una vez pasó un cóndor con intenciones de comernos a nosotros, nos hicimos los muertos a ver si se acercaba y nos lo comíamos nosotros. Nos lo imaginamos en el plato, como en los dibujos animados), empezamos a sentir en la lejanía ese sonido maravilloso, que se empezaba a aproximar cada vez más hasta que de pronto irrumpen como dos pájaros gigantescos portadores de libertad. Lo que debe haber sido para los pilotos vernos a nosotros, y empiezan a bajar, se descuelgan tren personas del servicio de socorro, y uno empieza a gritar mi nombre, para entregarme una carta, dos papeles escritos en rojo, eran mensajes de mi padre”.

(Después de tres películas, nueve documentales y 26 libros, el director español J.A. Bayona dirige el último largometraje que lleva por título La sociedad de la nieve y que se estrenará en 2022, cuando se cumple medio siglo del accidente. La película, según Carlitos Páez, cuenta con el mayor presupuesto invertido hasta ahora por Netflix Carlitos nos reservaba una sorpresa… Una primicia para el DIARIO DE AVISOS: “En esta película, también actúo yo, interpretando a mi padre”.

-¿Valió la pena?
“Era por lo que habíamos luchado, mira me erizo de contarlo ahora. Hoy somos más de los que salimos de aquel avión, el 22 de diciembre conmemoramos 49 años que nos juntamos todos, y ya hay registrados más de 115 que son todos los descendientes. Gracias a que yo estoy vivo hay siete más. Para mí, al margen de lo muertos, es una historia que me alegro que me haya tocado vivir, porque es algo que se digiere durante toda una vida”.