María lleva días sin poder ir al colegio. Por culpa de un problema de salud, está ingresada en la planta de Pediatría del Hospital Universitario de Canarias (HUC). Está en 3º de la ESO, y justo en este trimestre estaba aprendiendo las capitales europeas, la interculturalidad y los adverbios, entre otras muchas cuestiones. Para ayudarla a no perder el ritmo de las clases, esta tinerfeña de 14 años acude cada día al aula hospitalaria Las Andoriñas, que dirige la profesora María Dolores Gómez. Como María, más de 700 menores pasan curso tras curso por este particular colegio, que facilita el desarrollo educativo y afectivo-social de los menores ingresados.
El aula, fruto de un convenio entre la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias y la Obra Social La Caixa, ocupa una superficie de 143 metros cuadrados, y está destinada a niños de edades comprendidas entre los 3 y 16 años. Desde las 9 y hasta las 14 horas, la maestra María Dolores Gómez atiende a los menores tanto en sus habitaciones como en el Hospital de Día y la propia aula, mientras que por las tardes voluntarios de Cruz Roja, Fundación La Caixa y asociaciones como Pequeño Valiente y Veredas llevan a cabo diferentes actividades lúdicas y de entretenimiento. Y es que, si ya de por sí la educación es puramente vocacional, mucho más si cabe si el aula está en un hospital, un reto que María Dolores Gómez asumió hace ahora tres años. “Me vine para acá porque necesitaba un cambio. Llevaba muchos en el mismo centro y quise tener una experiencia nueva en la enseñanza; por eso solicité una comisión de servicio para ser la docente del hospital”, confiesa María Dolores, que no solo es muy querida por sus alumnos, también por los padres y el propio personal sanitario.
Confiesa que su adaptación no fue fácil, porque los niños “van y vienen, son de diferentes edades y tienen necesidades distintas”. Por eso, su trabajo se desarrolla en tres espacios del centro: en las habitaciones, en el aula y en el Hospital de Día. “Priorizo las habitaciones y el aula, pero a veces me resulta difícil, porque hay muchos chicos en planta”, subraya la profesora, que imparte clases para alumnos de Infantil, Primaria y Secundaria, aunque a veces también ha llegado a tener chicos de Bachillerato. Entre los problemas que se encuentra, además del elevado número de niños con los que trabajar, María Dolores debe atender dinámicas muy diversas, ya que hay niños que pueden llegar a pasar largas temporadas ingresados, mientras que otros, en cambio, solo están unos días.
[su_pullquote align=”right”]Los pacientes, de entre 3 y 16 años de edad, cursan estudios que van desde infantil hasta bachillerato en algunos casos
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“Primero siempre hablo con los médicos, para que ellos me digan cuál es la situación del niño, antes de ponerme en contacto con los colegios. Hay menores con trastornos de alimentación que no pueden recibir clase de inmediato, porque su nivel de concentración es muy bajo, tienen altos niveles de ansiedad, estrés, etc. Por eso, se trabajan otras cuestiones antes de que puedan acudir al aula y seguir las indicaciones que nos marcan sus profesores”, destaca la maestra, que combina la parte docente, propia del currículum, y la lúdica. “Un aula hospitalaria no tiene nada que ver con una normal, porque, por las características de los alumnos y sus patologías, a veces no se pueden dar muchas horas seguidas de clase. Y yo tampoco estoy especializada en todas las materias, por lo que tengo que atenderlos al nivel que puedo”, recalca la profesora tinerfeña.
Los colegios, bien a través de las familias o directamente con ella, le mandan las tareas que tiene que hacer cada niño, tareas que María Dolores se encarga de distribuir y dosificar, especialmente en el caso de los menores con ingresos largos, como son los pacientes oncológicos. “Para trabajar en un espacio tan delicado y difícil como este, siempre hay que buscar el lado positivo de la educación. Yo pretendo que el rato que pasan en el aula estén felices y relajados. Por eso, se trabaja más el aspecto humano que el docente”, aclara la profesora, que asegura que también se viven situaciones duras, porque se crean lazos afectivos y “a veces se presentan episodios para los que no estás preparado ni acostumbrado”. Pero, más allá de todo lo que supone trabajar en un hospital y con niños enfermos, María Dolores Gómez siempre busca el lado positivo de su labor, que define como “muy enriquecedora”. No en vano, reconoce que, desde que está en el HUC, ha aprendido a “valorar mucho más la vida”.
[su_note note_color=”#d0d3d5″ radius=”2″]El contacto con la muerte y la satisfacción de sentirse apreciada
María Dolores Gómez reconoce que, a pesar de llevar ya tres años en el hospital, “el contacto con la muerte no es fácil”. “Tuve una relación especial con un niño que falleció apenas dos horas después de haber estado dándole clase, y fue muy duro”. En contrapartida, la docente deja claro que lo más gratificante de su labor ha sido encontrarse con niños que han estado ingresados, “que me ven por la calle y vienen a saludarme y a decirme que se acuerdan mucho de mí”. Incluso, hay algunos que, estando ya curados, han vuelto al hospital para participar en alguna de las actividades que se organizan. Una de ellas es el proyecto Entre cuentos, que desarrollan voluntarios de la ONG Veredas, que fomenta la lectura y que tiene un importante efecto anímico y en la propia salud de los niños
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