
Fue uno de las decenas de miles de inmigrantes que llegaron entre 2006 y 2008 a Canarias desde la costa africana en cayucos y pateras, aquellos años en los que el fenómeno desbordó todas las previsiones. Siendo casi un niño, con 16 años, abandonó su pueblo, en Costa de Marfil, para emprender la aventura de su vida. Dejó atrás madre y cuatro hermanos y afrontó un viaje que estuvo a punto de costarle la vida y que duró un año desde que salió de su casa hasta que llegó a El Hierro, la isla que le salvó in extremis cuando la barca navegaba hacia su perdición: el interior del océano. Hasta ese día Lass Sangare nunca había tenido contacto con el mar. Este mes cumplió 24 años, lleva nueve en la Isla -actualmente reside en La Laguna- y recuerda su odisea como si fuera ayer. Durante la travesía entre la costa mauritana y la canaria murieron cinco compañeros de viaje. “Morían sentados, no te dabas cuenta de que estaban muertos”, rememora este joven, de mirada noble, que hoy sueña con montar una empresa de exportación de vehículos desde Tenerife a África.
-Los medios de comunicación sólo nos ocupamos del viaje en patera, pero olvidamos que es solo la última parte de la tragedia de miles de inmigrantes.
“El momento de subir a la patera es terrible, pero lo que pasamos antes no se ve. Es lo peor. A lo largo de ese camino nadie confía en nadie. No tienes ningún apoyo. Es muy duro”.
-¿Cómo recuerdas ese calvario por tierra entre tu país y Mauritania?
“Tuve que recorrer muchos kilómetros en guagua hasta llegar a la frontera entre Guinea y Mali. Como no tenía pasaporte hice el trayecto a pie. Así pude entrar en Mali y de allí a Mauritania”.
-Ustedes salieron desde un punto de Mauritania. ¿Cuántas personas iban en la patera?
“Éramos 65, todos hombres. Yo era el más pequeño. Muchos pensaban que íbamos a ir en un barco y no en una patera. Lo que pasa en el momento de subir a la barca tampoco sale en los periódicos ni en radio ni en televisión. Es un momento crítico”.
-¿Por qué?
“Hay una lista de 80 personas. El capitán de la patera sabe perfectamente que van a subir 45. Todo el mundo se pone en la fila y nadie se quiere quedar en tierra y la mayoría de la gente, que no sabe nadar, se desespera. Algunos mueren ahí y otros muchos se lesionan”.
-No siguieron la ruta habitual de las embarcaciones de inmigrantes hacia el sur de Tenerife o Gran Canaria. ¿Por qué? ¿Se desorientaron?
“No sabíamos adónde íbamos. Nos habían dicho que al día siguiente de embarcar llegaríamos a Europa. Yo ni siquiera sabía que Canarias existía”.
-¿Cómo fueron los primeros días a bordo del cayuco?
“Lo pasamos muy mal. La gente piensa que desde el principio vas sentado tranquilamente esperando llegar al destino. Y no es así, cada vez que venía una ola grande la barca se llenaba de agua y había que sacarla rápidamente para que no se hundiera. Y mientras hacías eso la mayoría vomitaba, salvo los que eran pescadores en Mauritania que están más acostumbrados y resistían. Aquel olor no se podía soportar”.
-¿Tenían comida y bebida?
“No para cinco días”.
-Varios de los pasajeros no aguantaron el sufrimiento…
“Sí, cinco murieron de hambre y de frío. Murieron sentados, no te dabas cuenta de que estaban muertos. Nunca vi a nadie agonizar. El hermano de la primera víctima no quería tirarlo al mar, pero no quedó más remedio que hacerlo. En esos momentos te viene a la mente un pensamiento: el próximo puedo ser yo y no voy a ver más a mi familia, y te haces una pregunta: ¿de verdad vale la pena pasar por esto?”

-¿La situación familiar es el factor más determinante para embarcarse en una patera?
“En África el que ayuda a la familia es un héroe para la familia. Ese principio hace que seamos capaces de hacer cualquier cosa para poder conseguir ese premio. Por eso cuando ves morir a una de esas personas que va contigo en busca de ese objetivo es muy duro. En el viaje algunos sufrían alucinaciones. Comentaban en medio del océano: “voy a subir a ese árbol y coger naranjas porque tengo hambre”. Llegaban a ver el árbol”.
-Al quinto día de navegación, a primera hora de la mañana, les localizó una embarcación de Salvamento Marítimo al sur de la isla de El Hierro…
“La noche anterior tenía tanto frío que llegué a perder el conocimiento. Cuando llegó la embarcación de Salvamento Marítimo escuchaba cosas pero no tenía fuerza para levantarme ni para hablar. También tenía la piel irritada. Lo siguiente que recuerdo ya es en el hospital por la noche. No sabía dónde estaba. No me importaba donde estuviera, yo sólo quería pisar tierra firme. Era la señal de que había sobrevivido”.
-¿Has vuelto a la isla que te salvó la vida aquel 29 de julio de 2008?
“No, me encantaría volver. Cuando pueda ahorrar algo de dinero iré. El Hierro era el último territorio, después venía el gran océano. Estuvimos a muy pocas millas de perdernos”.
-Nadie descarta que en Canarias vuelva otra crisis de los cayucos. ¿Qué les dirías a los chicos que quieren dar el salto a Canarias en una barca?
“Que hagan lo que hagan en la vida lo primero es centrarse en los estudios y luego habrá tiempo para decidir lo que se quiere hacer. Todos no vamos a tener la vida que soñamos. Les digo que no tengan en cuenta mi caso. Yo tuve mucha suerte, y hoy me siento integrado. Pero aquí las cosas no están bien. Y también pido que en Canarias y en España no sólo se luche para que no vengan pateras sino también para cambiar la situación de los jóvenes africanos”.
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“Un pie no puede caminar sin la ayuda del otro”
De madre marfileña y padre guineano, Lass Sangare (Costa de Marfil, 1992) se define como un soñador. Quizá porque la vida nunca se lo puso fácil. Su padre murió cuando él tenía 11 años y su familia emigró a Guinea Conakry dos años después de la guerra en Costa de Marfil. “A pesar de todo no puedo decir que no fuera un niño feliz, de mis cinco hermanos fui el primer varón y he tenido mucho mimo”, dice sonriendo. Además de la muerte de su padre en 2003 hay un momento clave en su vida en el que decide dar el salto a Europa. Fue el día en el que se preguntó: “¿Esto es lo que quiero yo?” al comprobar cómo los chicos cuando terminaban sus estudios acababan haciendo lo mismo que sus familias. “Es el instante en el que notas de verdad que te falta algo para seguir viviendo”, asegura. En Tenerife, dos ángeles de la guarda han irrumpido en su vida: Beatriz Leal Gutiérrez, profesora de inglés del Instituto El Sobradillo, y María Dolores Ochoa Díaz, conserje del mismo centro al que Lass acudía a clases. “Para mí son como dos madres; me han ayudado muchísimo y gracias a ellas he podido salir adelante, aunque a mí no me gusta que la gente me ayude”.
Nada más llegar, comenzó a recibir clases de inglés en ese mismo centro. “El primer día les dije a los profesores: “pero si no sabemos español, ¿nos van a enseñar inglés?”. Buen estudiante – “menos en matemáticas”- dispone de la titulación de grado superior de Formación Profesional en chapa y pintura, lo que le ha valido para trabajar en algún taller. “Le tengo mucho cariño a Juan Antonio, el profesor de Formación Profesional, con el que aprendí mucho”. Actualmente busca trabajo, sin renunciar a su sueño de exportar vehículos a África. Cuenta con amigos en la Isla y confiesa, con una leve sonrisa, que ha tenido “algunas novias”. Su madre, que estuvo un año sin noticias de su hijo desde que se marchó de casa, lo dio por muerto, hasta que un día recibió una llamada suya desde Tenerife. No creyó que aquella voz telefónica fuera la de su hijo y lo sometió a un interrogatorio sobre cuestiones domésticas. Entonces, explotó entre lágrimas. Ahora contacta con ella a través de Facebook. De ella ha aprendido muchas lecciones. “Me suele decir: “En la vida siempre nos hace falta alguien; nadie puede mantenerse solo, un pie no puede caminar sin la ayuda del otro”.
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