puerto de la cruz

Una joya escondida y sin pulir

El Museo Arqueológico Municipal nació hace 25 años por iniciativa de la ciudadanía; sin embargo, todavía muchos vecinos desconocen la gran riqueza patrimonial que alberga

“Aprender del pasado para comprender el presente y que cada uno proyecte el futuro que desea”. Esta frase es uno de los principios básicos del Museo Arqueológico municipal y debería ser aprendida por todos los portuenses porque resume la historia de un viejo proyecto de la ciudadanía, que batalló durante décadas para tener un museo.

Conseguirlo fue un trabajo muy arduo y pese a que este año celebra su XXV aniversario, el recinto del Puerto de la Cruz todavía es desconocido para muchos vecinos. Igual que las riquezas patrimoniales que alberga, como su colección de vasijas que forma parte de su exposición permanente.

Sus orígenes están relacionados con el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC) que en 1953, el mismo año de su fundación, puso en marcha dos museos, el de arte contemporáneo Eduardo Westerdahl y la sala de arqueología canaria. Ambos permanecieron abiertos al público solo cinco años ya que la junta rectora decidió trasladarlos a otras dependencias. Pero al no reunir las condiciones técnicas adecuadas ni contar con el dinero para contratar el personal necesario, en 1958 cerraron sus puertas.

Ese fue el principio del fin de los dos espacios que dejaron tal huella en los portuenses que al mismo tiempo marcó el inicio de una lucha que no cesó hasta el 29 de mayo de 1991.

Debido al interés que mostraron siempre los portuenses por el conocimiento y la conservación de su patrimonio, en 1973 el IEHC inició acciones para recuperarlos que no recibieron el eco deseado por parte de la administración pública. Aún así, la sección de estudiantes de la citada institución, al frente de la cual se encontraba el profesor Manuel Lorenzo Perera, consiguió trasladar los fondos a un depósito municipal para inventariarlos y hacer una especie de catalogación.

[su_pullquote]2.600 registros que representan elementos de la cultura guanche forman sus fondos [/su_pullquote]

Hubo personas de renombre que promovieron la creación de un nuevo museo que fuera acorde con los nuevos tiempos, entre ellos, Celestino Hernández Padrón, Telesforo Bravo; Emilio González; y la familia de Ramón Gómez, antiguo boticario de la ciudad turística. Pero el punto de inflexión que marcó un antes y un después en la compleja historia del recinto, fue la campaña de recogida de firmas iniciada por un grupo de vecinos en 1978, “para exigir la exhibición permanente a los vecinos de esta ciudad y a nuestros visitantes como parte de nuestro acervo cultural”, como reza en el texto. Algo insólito para la época.

Se consiguieron más de 2.500 apoyos que motivaron que el Ayuntamiento, al frente del cual estaba el alcalde Paco Afonso, hiciera suyo el proyecto, aunque pasaron bastantes años para que el viejo sueño de los portuenses se hiciera realidad.

En los años 80, el Ayuntamiento compró una vieja casona de arquitectura tradicional canaria en la calle de El Lomo con vistas a que fuera la sede del museo, y dos años después lo creó con carácter de fundación pública municipal por unanimidad del Pleno, y aprobó sus estatutos.

[su_pullquote align=”right”]En 1978 se recogieron 2.500 firmas para exigir la reapertura de la sala de arqueología [/su_pullquote]

Acto seguido se convocó por concurso público una plaza que la obtuvo su actual directora, Juana Hernández, a quien se le encargó el proyecto, un requisito que pedía el Gobierno de Canarias para otorgar la licencia de apertura, concedida en mayo de 1991.

“La población lo entendió como un logro propio, porque había sido una lucha constante en todos sus frentes a la que finalmente se sumó la Administración pública local”, enfatiza Hernández, quien desde entonces está al frente de la institución.

Además de superar los viejos conceptos heredados del coleccionismo, y de hacerlo más accesible y atractivo, Juana Hernández y su equipo, se plantearon desde entonces que el museo fuera un centro de cohesión y desarrollo social. Así, iniciaron otra serie de acciones que trascienden lo puramente patrimonial. Se desarrolla una labor didáctica y se trabajan otras líneas sociales con diferentes colectivos en exclusión social. Su último reto es hacer más accesible el museo a personas con diversidad funcional para demostrar que su integración es posible.

Estos 25 años no han sido un camino de rosas. Sobre todo a partir de 2008, cuando sobrevino la crisis y sus recursos fueron reducidos drásticamente. En 2013 trabajaron con un presupuesto “cero”, un recorte en los sueldos del personal que se prolongó al año siguiente, y hubo hasta que temer por su continuidad.

Aún así, el equipo del Museo Arqueológico, como le gusta referirse a Hernández, se empeñó en sacar adelante nuevos proyectos y en que la actividad no decayera. Y lo consiguió. El secreto: mantener la misma filosofía que le dio origen: trabajar primero por y para los portuenses, creando una trama de vínculos afectivos con el museo que no tiene parangón. Aunque éste todavía sea la joya que le falta pulir al municipio.

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La señalización del recinto y su ampliación, dos reclamos que nunca llegan

Desde que abrió sus puertas, en 1991, Juana Hernández, batalla para que el Museo Arqueológico Municipal, uno de los principales atractivos culturales del Puerto de la Cruz, se señalice, ya que muchas personas, sobre todo turistas, no saben dónde está.

Este reclamo, por simple que parece, y por la importancia que tiene a la hora de difundir el museo, no ha sido atendido en todos estos años por los responsables municipales.
También han habido dos proyectos de ampliación diferentes que tampoco han llegado a materializarse. No obstante, el espacio nunca ha sido un impedimento para realizar las actividades, y se ha suplido con la adquisición de una carpa instalada en el patio del inmueble.

La necesidad más inmediata pasa por la renovación del área de exposición, que está obsoleta, sostiene la directora. La colección antropológica, por ejemplo, nunca se ha expuesto al público por falta de espacio, aunque se puede visitar en pequeños grupos.

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