
Guillermo Guzmán tardó en asimilarlo. Media hora después de conocer que había vendido el 04.536, el propietario del receptor mixto situado en la avenida de Juan Carlos I, en Playa de San Juan (Guía de Isora), estaba exultante. “Solo llevo dos años abierto y ya hemos dado un segundo premio de la Lotería de Navidad”, repetía a sus clientes. “¡Fuertes nervios tengo, no he podido ni darle una mordida al bocadillo!”, decía sin poderse estar quieto. No tuvo paciencia para esperar por el cartel homologado que debía lucir en la ventanilla y optó por pegar uno a mano con el número premiado. “Las posibilidades eran ínfimas, porque somos un receptor mixto y competimos con administraciones de gran tradición, pero, ya ves, se demuestra que la suerte puede estar en cualquier sitio”, señalaba.
Guillermo es una persona conocida porque es concejal de CC en el Ayuntamiento, “pero eso no hace falta que lo pongas”, comentaba. Trabajaba en una importante empresa de plantas ornamentales que dejó después de sufrir una arritmia. La mañana de la Lotería su pulso se volvió a acelerar y a media mañana reservó “cuatro botellas de cava en el bar de enfrente para celebrarlo como Dios manda”. “La gente pasa con el coche y me toca la pita porque me acaban de escuchar por la radio”, contaba entre risas, feliz.

En la gasolinera situada a la entrada de Las Galletas, junto a la urbanización Garañaña (Arona) también había ambiente de fiesta. Allí, Emilio Campos, empleado con nítido acento andaluz, hacía gala de su sentido del humor: “¿A que me parezco con el actor Benicio del Toro?”, comentaba. El segundo premio también rondó en esta estación de servicio, “aunque no sabemos ni cuánto hemos vendido ni a quién le ha tocado; vete a saber con el sistema este de las máquinas. Lo que te aseguro es que por aquí no ha venido nadie”. Preguntado por el número premiado confesaba que “entre tanto lío no me acuerdo; bueno, acaba en 36 y sé que es muy bonito”, decía, mientras recordaba que es el mayor premio que han dado en un año que llevan vendiendo lotería. “Hemos dado alguno más pequeño; a ver si ahora la gente se anima para el Niño”.
La tienda de la gasolinera lucía una camiseta blanca colgada del techo con una frase, perfectamente serigrafiada: Segundo premio vendido aquí. No todos los clientes que paraban a repostar se fijaban en el cartel que advertía del guiño afortunado del sorteo de Navidad. Por fuera reinaba una aparente normalidad. La alegría estaba dentro del local.





