
Desde hoy se convertirá en centro de las Fiestas de Mayo. Esta misma semana fue protagonista por ser el primer parque de la capital en el que se desarrolla la operación especial contra el vandalismo y, desde hace más de 90 años, es el pulmón verde de la ciudad, un lugar único. El parque García Sanabria es de esos espacios en los que se encierran auténticas maravillas, como uno de los laureles de Indias que adornó los patios del Castillo de San Cristóbal, o un tamarindo que es uno de los 80 árboles singulares de la capital, pero, sobre todo, lleva consigo miles de historias, como la del botánico Wolfredo Wildpret, quien creció entre sus paseos y ahora admira con detalle cada una de las especies vegetales que lo adornan. Wildpret, junto a DIARIO DE AVISOS, invita a descubrir un poco más de este BIC capitalino.
“Nací en Santa Cruz, en la calle La Palma. Viví en la de San Francisco desde los tres años hasta los 18. Son 15 años de mi vida que pasé junto a este espacio. Lo vi en su juventud y, cuando iba de camino al colegio alemán, lo cruzaba todos los días”, explica Wildpret. “Desde distraerme hasta fugarme de clase, jugar al golf, partidas de cartas… Viví en el parque intensamente”, recuerda. Después, en el 51, se fue a Madrid a estudiar, y cuando volvió su visión del García Sanabria ya era otra, volvía para dedicarse a la botánica. “Desde entonces, para mí el parque ya no es algo lúdico, sino también un lugar de observación, de estudio”.
El respetado botánico inicia el recorrido desde el almendro de Madasgacar, en la parte que da hacia la Rambla de Santa Cruz. La primera parada es junto a un tulipero de Gabón: “Los mejores de este tipo están en la calle Robayna, no en vano lo llaman el bulevar de los tulipanes de Gabón”, explica. También hay una palmera del Mediterráneo. “Hemos saltado de África al Mediterráneo”, remarca con una sonrisa. Por el mismo paseo se encuentra un cactus redondo que provoca la sonrisa pícara del catedrático y explica que se le conoce como “el asiento de la suegra”. “Se trata de plantas que han evolucionado geométricamente para resistir épocas de grandes sequías. Las hojas se han transformado en espinas para vivir en un desierto donde llueve poco o no llueve nunca. La diversidad de estructuras hace que contemplemos desde unos biotipos esféricos a otros columnares. Lo que viene a decirnos es que siempre hay una estrategia de supervivencia”, explica. Wildpret dedica unos minutos de reflexión a la palmera canaria. “Hay que decirle a la gente que es el símbolo de nuestra autonomía y que además hace una propaganda gratuita a las Islas porque en todas partes se llama igual”. Cuando se le apunta que, sin embargo, la mayoría de la gente identifica al drago como el símbolo canario por excelencia, no tiene problema en reconocer y explicar que es una idea “equivocada”. “Es uno de los grandes errores que se cometió en aquel momento grandioso en el que se hizo la Ley de Espacios Protegidos y en el que se animó a cada isla a elegir una planta y un animal representativo. En Tenerife se eligió el pinzón y el drago, un error, porque el drago no es un endemismo canario. Tendría que haber sido la violeta del Teide, única de aquí y la que más alta vive. Se equivocaron…”.
El recorrido por los apenas 50 metros que tiene este paseo termina con lo que el botánico describe como “otro de los grandes portentos” que tiene el parque, una ceiba. “Este ejemplar, junto con el del Parque Viera y Clavijo, son los dos árboles de mayor volumen que tiene la ciudad”. Incluso apunta un dato curioso: “Pérez de Paz dijo que aquí había habido alguna cuestión masónica, porque alrededor de la ceiba plantaron cuatro palmeras a modo de columnas vegetales. Él creía que tenía algún significado”.
En el paseo de los laureles de Indias, el que discurre paralelo a la calle Dr. José Naveiras, Wildpret explica que “cada polígono del parque es un mundo distinto y ese es el secreto de su diversidad, con polígonos muy singulares, con especies raras”. Se entretiene en los laureles de Indias. “Llegaron en 1860 desde Cuba. En Tenerife se plantaron en el patio del castillo de San Cristóbal. Los trajo un tal Domingo Serís, hermano de Imeldo Serís. Por un libro que hizo Leoncio Rodríguez se sabe que, cuando se derribó el castillo, sugirió que se trajeran algunos y se plantaron en el parque. Yo he encontrado uno que creo que es el más espectacular”, y lo dice señalando a uno de los ejemplares que rodean la fuente central del parque.
A Wolfredo Wildpret le sigue maravillando la cantidad de personas que pasean por el parque: “Hay cantidad de gente disfrutando, anónimos que te demuestran que su utilidad es grandísima”. Durante el paseo también hay tiempo para disfrutar unos minutos de la parte acuática. “Las aguas estancadas producen una sensación de equilibrio”, explica. Wildpret enumera sus especies: “Eso son lechugas de agua dulce y eso lentejas de agua”. Sigue el recorrido y aparece una escultura llena de pintadas. “Ese es otro grave problema, el de la educación ambiental; no saben respetar el patrimonio”, lamenta.
Se detiene en el paseo de los bambúes. “Este camino lo hacía todos los días de chico, para ir a clase de solfeo con Maruja Ara y de violín con Agustín León Villaverde, que es a quien le han dedicado el paseo. Es el único que hay en Tenerife, no recuerdo una especie de ambiente asiático como este. Es un paseo espectacular”. Al lado, los Ficus macrophylla, con sus raíces colgantes en busca de suelo que dé apoyo a su colosal porte.
Un portentoso algarrobo hace que los ojos del botánico brillen. “Posiblemente es de la época de cuando esto era todavía terreno cultivado, antes de que se hiciera el parque”, detalla. “Vamos a ver el más veterano de todo el parque”, refiriéndose Wildpret a un viejo tamarindo. “Sus frutos eran un producto que se vendía en los carritos como golosinas”, dice, y recuerda El carrito del abuelo, que estaba en uno de los laterales del parque. Una vez finalizado el recorrido por el parque, el botánico nos muestra cuál es su lugar favorito. Solo a unos cuantos metros del García Sanabria está el jardín de la capilla de San Jorge. “Mira qué maravilla, sin un solo arañazo o grafiti”, dice mirando uno de los dragos que adornan este espacio.








