ASOCIACIÓN CULTURAL PINOLERE / DESDE LA TRONERA

La eticidad en Canarias a través de la obra de José Agustín Álvarez Rixo (II)

Segunda parte del artículo del historiador Javier Lima Estévez, análisis de un manuscrito del cronista portuense José Agustín Álvarez Rixo publicado bajo el título Apuntes acerca de los efectos de la eticidad en estas Islas Canarias

Valle de La Orotava a finales del siglo XIX, escenario natal de José Agustín Álvarez Rixo. | Archivo FEDAC
Valle de La Orotava a finales del siglo XIX, escenario natal de José Agustín Álvarez Rixo. | Archivo FEDAC

Por Javier Lima Estévez

Tal y como estableciéramos en la primera parte del artículo, continuamos analizando la aportación de Álvarez Rixo sobre la eticidad en el siglo XIX. En su relato, destaca las figuras de José Sánchez y Domingo. Al parecer, entre los años 1820/1824, llegó a vivir en la calle del Lomo número 24 José Sánchez, de unos 45 años de edad y profesión marinero, falleciendo como consecuencia de la enfermedad de tisis. Su mujer, destruyó las ropas que aquel había utilizado a lo largo de su vida. Sin embargo, una vecina llamada Dominga, sin tener en cuenta posibles consecuencias decidió coger unos zapatos que aún se podían utilizar, obviando las advertencias expuestas por algunas personas. El resultado sería el fallecimiento de tal mujer.

En la misma calle donde vivía Sánchez habitaban también tres hermanas pobres. Falleciendo una de ellas las siguientes fueron alcanzado el mismo final. No duda Álvarez Rixo en anotar múltiples detalles relacionados con enfermedades y las nulas precauciones entre la población. En ese sentido, comenta que en la casa de Sánchez, tras su fallecimiento, no se desarrolló ningún tipo de reforma, excepto albearse y reponerse el piso que había sido de tierra. Una sobrina del fallecido, llamada Juana Quintero, continuó viviendo allí. Llegaría a contraer matrimonio y tener varios hijos sin ningún problema de salud. Sin embargo, Gabriel, uno de los hijos de la pareja y marinero de profesión, falleció con tan solo 26 años en 1857, cuando regresaba de La Habana.

Para Álvarez Rixo, la muerte del joven podría asociarse a una predisposición a la enfermedad que se activó “por el roce más continuo u activo de alguna de las piezas de madera u herraje del edificio que no había sido pintado ni precaucionado”. No obstante, la familia, antes de conocer tan desgraciado desenlace se había mudado a otro inmueble.

Detalla otro caso protagonizado por un joven llamado Ramón Ponce, natural de la Villa de Guía, en Gran Canaria, el cual llegó al Puerto de la Cruz. Era una persona robusta que fue víctima de una hemorragia cuando se encontraba en La Laguna, alojándose en el antiguo Convento de Monjas del lugar y falleciendo al poco tiempo, tomando medidas el Diputado de Sanidad.

Prosigue la descripción con la narración de la figura de Domingo Esquivel, quien falleció en el año 1828. No olvida Álvarez Rixo en relatar que hasta el camposanto le asistieron los tres hermanos Hernández Barroso (Agustín, Antonio y Domingo). El primero falleció ético a los pocos años. El segundo emigró a Buenos Aires y no se conocería nada más sobre su destino. Por su parte, Domingo, el más viejo de los tres hermanos, encontraría su final en 1852. Para Álvarez Rixo “la complexión aparente de los expresados Hernández parecía análoga a la [de] tal enfermedad, en razón de su delgadez y sus hombros mal armados”.

El siguiente capítulo estaría protagonizado por el médico Eliseo Hernández, quien asistió a su amigo Sixto del Hoyo, afectado de tisis. El médico aseguraba que dicho mal no era contagioso y no dudaba en defender tal planteamiento, incluso “para despreocuparles se acostaba en la cama con el paciente sirviéndole en cuanto se ofrecía”. Del Hoyo falleció víctima de la enfermedad y anota Rixo como a los pocos meses le siguió con mismo final el médico Eliseo.

Otro caso representativo sería Gregorio Jordán, quien murió el 4 de octubre de 1811 como resultado de la fiebre amarilla, dejando cinco o seis hijos. Escribe Rixo como su esposa contrajo matrimonio de nuevo con Nicolás Martínez. El hijo había emigrado antes de fallecer sus hermanas y tras su regreso, en el año 1829, tomó para sí algunos muebles pertenecientes a su familia. Falleció ético tan solo tres o cuatro años después de su regreso a la Calle Cupido.

Rixo apunta que la casa era propiedad en aquel momento de Francisco García, aunque tal persona derribó y amplió los muros de la vivienda. Advierte que recoge la información de la casa y dirección para intentar prevenir a aquellas personas que pudieran residir en tales espacios. La madre de Gregorio Jordán tendría tres hijos (dos varones y una mujer) en su segundo matrimonio, “quienes continuaron habitando la casa paterna y usando llaves y muebles”. Tras separarse de sus padres y transcurrido un cierto tiempo, el mayor falleció ético.

Una serie de testimonios que hemos recopilado a partir del legado del polígrafo portuense José Agustín Álvarez Rixo, cuya lectura y análisis nos aproxima a un acontecimiento de notable interés sobre nuestro pasado.