
Pepita (Josefa) Rodríguez Díaz, que cumple cien años, tararea junto a su nieta Sara: “Qué bonita es la vida, que da todo de golpe (…) Qué bonita la vida, tantas veces enorme. Te acaricia y te mima, te hace sentir tan grande…”. Suma su voz a cuantos entonan la balada de Dani Martín, que suena entremezclada con imágenes en un power point de cuidado y exquisito diseño que mantiene al centenar de familiares conteniendo la emoción y prendados de las palabras que la abuela, tía, prima, pronuncia con inconfundible acento: “La vida es bonita cuando la dejas crecer; cuando estás en paz contigo y con los que te rodean”.
Pepita nació en la calle de Cruz Verde y cuando tenía tres años la familia se trasladó al Monturrio, a la Noria Alta, que pronto rotularon con el actual Ramón y Cajal. Su padre, Ramón Rodríguez Díaz, procedía de Guía de Isora. “A su familia le decían Los Monigotes y ese nombre nos lo dieron a todos. También nos decían Los Cambulloneros porque mi padre trabajó siempre en el muelle, dedicado al cambullón; fue el último cambullonero de Santa Cruz”. Su madre, Candelaria Díaz Rodríguez, procedía de La Victoria. “Ella nos unía a todos y siempre dejaba un sitio en la mesa para el que pasara por la casa. Sabía encontrar una palabra para levantar el ánimo y dejar a un lado los sinsabores de la vida. Ponía una sonrisa ante cualquier contratiempo porque, como ella decía, lo importante es tener a la familia unida y ser honrados”.
Pepita repasa entre sonrisas los muchos y gratos recuerdos que conserva inalterables de su infancia y juventud. Cuando había superado con sus hermanas el trabajo diario de la casa, la limpieza de suelos y escaleras, el lavado, tendido y planchado de la ropa, la cocina, llegaba lo mejor del día. “No teníamos las cosas de ahora, pero nos sabíamos divertir. La pandilla de amigas nos reuníamos y salíamos a pasear. Cogíamos casi siempre calle del Castillo abajo, hasta el muelle. Otros días nos íbamos por la Rambla y al cine”.
Con un atisbo de coquetería evoca instantes que, no por repetirlos, evitan que reviva la curiosidad entre sus más allegados. “Cuando pasaba por la calle del Castillo, siempre había un grupo de chicos, entre ellos Víctor Morales Ruiz, que decía en voz alta: “Abran paso a la reina de la belleza, a la chica más guapa de Santa Cruz”. Alfonso Santaella fue uno de mis pretendientes, pero tuve otros”. Recuerda en especial a un médico, muy famoso en esos años: “Era el médico de la familia, y estaba enamorado de mí; me escribía todos los días. Las cartas me las hacía llegar por uno de mis hermanos. Sé que guardó siempre una foto mía en su despacho. Incluso, ya casado, confesaba a los amigos y a alguno de mis hermanos que no me podía olvidar. Fue un amor romántico, muy especial, pero las cosas que pasan, pasan. Él era de una familia acomodada y sus padres le impusieron el matrimonio. El mío, que era muy tolerante, no permitía que se nos considerara menos que nadie, y ese valor nos lo inculcó a todos. Había en nuestra casa y en la de nuestros vecinos un sentido de honestidad muy grande. En el Duggi éramos una gran familia, y nadie se miraba más que otro. Quizá mi familia estaba en mejor posición que muchas, porque el trabajo del muelle permitía que no nos faltara lo necesario. La despensa siempre la vi cubierta. Yo no sé cómo lo hacía, pero nunca sufrimos falta de nada a pesar de que fueron años malos y éramos muchos en la casa. Mi padre conseguía lo que nadie se imagina. Salvó a muchos cuando faltaba penicilina o con alimentos en momentos en los que escaseaba de todo”. La tarta con el mágico 100 reproduce la imagen de Pepita cuando en 1937 fue elegida Miss Fiestas de Mayo por el Círculo de Amistad XII de Enero. “La foto me la hizo Aldaberto Benítez, que me adoraba. Posé para él en muchas ocasiones. Me decía que era su musa y eso que tenía dónde elegir, porque en aquellos años Santa Cruz podía presumir de chicas guapísimas. Mi cuñada Concha fue Miss Duggi y Miss Santa Cruz y su hija Marisa fue también elegida por el el Círculo Mercantil, y como ellas había otras muchas que no tenían nada que envidiar a Alicia Navarro. Luego vinieron la guerra y las restricciones, pero las chicas nos las ingeniábamos para hacernos nuestros vestidos. Casi todas sabíamos coser, y además había muy buenas modistas. Hacíamos lo imposible para estrenar cuando llegaba la primavera y sobre todo por la fiesta del Carmen, con la procesión y el paseo marítimo”.
Tacoronte y el Santuario del Cristo es un punto de obligada referencia para la familia Rodríguez Díaz. Recuerda desde niña que su padre los llevaba a todos al Cristo, y pasaban el día por allí. “Encargaba con tiempo la comida y además tenía muy buenos amigos por la zona. Los grandes se ponían a hablar de sus cosas y los pequeños nos dedicábamos a jugar. Eso lo repetíamos cada año, y lo seguimos haciendo. Así que hoy me vienen todos esos recuerdos de siempre”.
Pepita conoció a su esposo Ernesto Guadalupe Herrera, amigo de sus hermanos. “Fue el amor de mi vida, mi compañero; con él no había razón para sentirse triste. Tuvimos dos hijos, Tito, que se ha dedicado a las empresas en el turismo, y Laly, que es maestra y de ella tengo tres nietos: Sara, Eugenio y Ernesto. ¡Quién iba a pensar que una nieta de Ramón el Cambullonero es hoy maestra en el Colegio Duggi, dónde todos aprendimos a leer y escribir!”. Pepita habla con Ángela, su hermana, que reside en Las Palmas; juntas repasan nombres, fechas, anécdotas. Entre los muchos nombres que evocan están en primer lugar los de sus hermanos: Ramón, que compartió con su padre las tareas del muelle; Carmita, que estuvo siempre a su lado; Juan, que fue uno de los principales colombófilos canarios, “que llegó a ser distinguido por la reina Isabel de Inglaterra”, y Manolo, que se dedicó a la fontanería y fue uno de los incondicionales colaboradores del maestro Faustino en El Cabo.
Hablan sin parar, enlazando un recuerdo con otro. Mencionan el Duggi, aún con las calles de tierra y la finca de don Bruno, a sus vecinos más próximos. Su mirada trasparenta agradecimiento: “Me han hecho muy feliz con esta fiesta. Lo tenían en secreto y me han llenado de alegría. Siento que no esté aquí mi marido para compartirlo, pero sé que él lo vive de otra manera. A mí me gustaría seguir otros cien años y pasear por la calle cantando esto que suena: Qué bonita la vida (…)”.
EL HILO CONDUCTOR DE UNA HISTORIA FAMILIAR, EN EL SANTA CRUZ DE SIEMPRE
Candelaria (Laly) Guadalupe Rodríguez forma parte del equipo docente del Duggi, el colegio San Fernando (Universidad del Monturrio). Desde su aula puede ver la placita y entresacar de los recuerdos la estampa que le sitúa ante el inmueble que guarda en sus entrañas la que fue casa grande de sus abuelos, con sus doce hijos.





