Arona

“Para nosotros este sitio es una bendición de Dios”

El comedor social y centro de pernoctación La Buena Estrella, en El Fraile, se convierte en un referente de organización, solidaridad y convivencia; sus usuarios hablan para el DIARIO

Usuarios y voluntarios, ayer, junto a la directora del centro, Solange Díaz; la buena relación y la ausencia de incidentes caracterizan la convivencia. J.C.M.
Usuarios y voluntarios, ayer, junto a la directora del centro, Solange Díaz; la buena relación y la ausencia de incidentes caracterizan la convivencia. J.C.M.

Las lágrimas corren por las mejillas de Solange cuando Moussa cuenta la historia de su vida. La directora del comedor social y centro de pernoctación de emergencia La Buena Estrella, en El Fraile, conoce al detalle los obstáculos que el destino le ha puesto a este senegalés de poco más de 50 años, al que un glaucoma le ha dejado prácticamente sin vista, y que un día recaló, como tantos otros, en el número 3 de la calle Miguel Calcerrada, pero no puede dejar de emocionarse.

A Moussa también le han acogido con los brazos abiertos en este centro social gestionado por una asociación sin ánimo de lucro abierto desde noviembre de 2014. Años atrás, colaboró con Cruz Roja en la atención a los inmigrantes que llegaban en cayuco al sur de Tenerife, él era el primero en auxiliar a los exhaustos viajeros a pie de muelle, una labor que le llegó a agradecer personalmente la reina Sofía estrechándole la mano durante un acto de la organización humanitaria en la capital grancanaria. “Estuve dos días sin lavarme las manos, qué buen perfume”, recuerda, sonriente, este usuario del comedor, que habla tres idiomas y siete dialectos africanos.

Desde hace dos meses acude a un local que rebosa solidaridad, donde le espera cada día un plato de comida y la compañía de más de 40 comensales. “Entre estas paredes he encontrado un trato maravilloso y estoy obligado a devolverles el respeto y el cariño que me han dado, pero no sé cómo hacerlo”. A la pregunta de cuál es su sueño, responde: “No bajar los brazos, recuperar algún día la vista y ayudar a los demás”.

Luz, gallega de 54 años, madre de cinco hijos, es la viva imagen del coraje por salir adelante contra viento y marea. Hasta hace unos meses dormía en plazas, cajeros automáticos y al raso en las calas de El Fraile. Ahora al menos tiene un techo donde guarecerse en un local de la Costa del Silencio. “Siempre digo, tú puedes, no mires para atrás, y que no te importe lo que diga la gente”. El comedor de El Fraile le abrió hace dos años las puertas de par en par a la alegría de vivir. “Aquí he encontrado amor, felicidad, la compañía de todos y el ánimo permanente de Solange”, afirma, tal es así que se ha prometido “no dejar nunca el comedor; aunque tenga casa y trabajo, estaré ayudando como voluntaria en lo que pueda. Este sitio es una bendición de Dios”. Pedro, un exusuario cordobés de 51 años, ha encontrado aquí la vida que le negó la droga y el alcohol. Antes venía en busca de un plato de comida y ahora él se encarga de servirlos, con un sentido de la responsabilidad admirable que le ha convertido en la mano derecha de la directora. “Ella me ha salvado la vida y le estaré agradecido hasta el último día de mi existencia. Estuve a punto de perderlo todo, incluidos mis hijos, que hoy he recuperado gracias al servicio que he encontrado aquí, donde trabajo y ayudo a los que no tienen nada, como me ayudaron a mí. Es un honor llevar el delantal del comedor social”, explica Pedro, que ultima estos días la logística para el verano, época en la que se incrementa el número de usuarios. “Ahora, en vacaciones, empiezan a venir más niños con sus padres, y a esos niños no les puede faltar nada”.

Andrés, tinerfeño de 65 años, duerme desde el 11 de abril de este año, en el centro de pernoctación de emergencia, que ocupa un salón contiguo al comedor. También a él la vida le ha dado la espalda en los últimos años. Fue desahuciado de una vivienda en Arona y cobra una paga de 430 euros que se le acaba en agosto y que no le permitía costearse el alquiler de un apartamento. El Ayuntamiento lo envió al comedor social, donde ha descubierto “gente buenísima” y donde colabora en todo lo que puede. “Hago trabajos de carpintería, atiendo la lavadora, recojo la comida en el supermercado y me ocupo de todo el mantenimiento”.

Andrés destaca el buen ambiente y la gran convivencia que reina las 24 horas del día. “Aquí estaba mi familia y no lo sabía, porque eso es lo que somos, una gran familia, con dos o tres canarios y muchos extranjeros y peninsulares”.

“En el tiempo que llevo aquí jamás ha habido un alboroto, la gente se comporta y hay unas normas que cumplir. Antes de dormir es obligada la ducha, después cenamos, vemos alguna película y luego nos acostamos”, relata.

José, de 64 años, vive con una pequeña ayuda de 400 euros. “Tuve problemas y de la noche a la mañana me vi en la calle. Estuve viviendo unos meses bajo una vinagrera en San Miguel de Abona, hasta que descubrí este centro social a través de Servicios Sociales y aquí estoy”. No esconde su gracia natural para definirse como el “amenizador” del local con sus bromas y chistes, aunque la vida no haya contribuido, precisamente, a agudizarle el sentido del humor. “Estábamos tirados en la calle y este lugar nos ha recordado que somos personas y que merecemos un trato digno, con un techo, una cama, ropa limpia, una ducha, comida y compañía”.

A Ornella Olivares, de 39 años, la vida tampoco se lo ha puesto fácil. Superó un cáncer y vino a Tenerife “con ganas de comenzar de cero” desde Venezuela “cansada de la situación política, de la inseguridad y de la falta de alimentos”. “Vivimos prácticamente sin nada, en un local sin cocina y este comedor social es una oportunidad muy grande que se nos ha presentado. Dios ha puesto su mano”.

Desde hace un mes es usuaria del centro y no disimula su inquietud porque está a punto de acudir a una entrevista de trabajo. “Ojalá tenga suerte”, suplica. Su mirada, a pesar de todo, no ha perdido brillo. “Si salí de un cáncer, ¿no voy a salir de esta? Cada día es un nuevo amanecer, una nueva oportunidad, y saldré adelante por mi hijo”.

Carmen, de 53 años, llegó de Cuba con su marido, de nacionalidad española, hace dos meses. Allá se quedaron sus dos hijos y tres nietos. Ambos buscan ahora trabajo. “Nos hablaron de este lugar en El Fraile, que es maravilloso por la forma en la que tratan a las personas necesitadas. Ojalá en Cuba tuviéramos un lugar así y ojalá aquí existieran muchos más lugares como este. Nos dan todo el amor que necesitamos y nos sentimos como en casa. Nos regalan todo lo que pueden y más. En nuestro caso, somos diabéticos y aquí se preocupan de darnos una dieta apropiada para nuestra salud”.

Silvestre, de 62 años, natural de Guinea Bissau, músico de profesión, lleva en Tenerife desde 1999 y en La Buena Estrella ha hallado la asistencia que le permite subsistir con dignidad. Elogia la atención que recibe y aprovecha la ocasión para denunciar su experiencia laboral en España y “la contradicción inmensa que existe entre la normativa de inmigración y nuestra condición de seres humanos. Me hablan de derechos humanos y la inspección me prohíbe trabajar. Hasta cuatro veces me han sacado de mi trabajo. ¿De qué derechos humanos me están hablando cuando no me dejan trabajar?”