Día de Canarias

Fuerteventura: próspera tierra seca

El tesoro majorero es un desierto de playas maravillosas y eternas

Playa de Cofete, Fuerteventura. PIXABAY
Playa de Cofete, Fuerteventura. PIXABAY

Arena y sol; viento y mar. Una de las incontables sorpresas que guardan esos ocho extraordinarios peñascos varados en medio del Atlántico a los que llaman Islas Canarias, que por algo los romanos bautizaron como Las Afortunadas, es que en ellas existe un tesoro escondido en medio del más pobre y agreste de sus territorios insulares, como si fuera una estratagema para protegerlo mejor y hacerlo impensable. El tesoro majorero es un desierto de playas maravillosas y eternas. Mejor dicho, 77 kilómetros de costa de arena rubia con 157 playas que pueden presumir de estar entre las mejores del mundo, y no solo para los aficionados al windsurf. Es Fuerteventura, un paraíso de playas en un infierno de arena.

De las ocho islas del Archipiélago canario, la de Fuerteventura es la más antigua, geológicamente, y, sin duda, la más austera, en paisaje y en casi todo, un solar desértico y alargado que parece una prolongación insular del cercano Sahara. No en vano, la costa africana se encuentra a apenas 97 kilómetros de distancia. Su nombre es contradictorio y hasta irónico: ¿Fuerteventura o Fuerte desventura? Grande de tamaño, con 1.659 kilómetros cuadrados -solo Tenerife la supera en extensión- y pobre de recursos naturales, es difícil imaginar qué suerte pudieron encontrar sus primeros pobladores en este suelo esquelético. Su paisaje seco y arenoso, de planicies desnudas salpicadas de leves montañas sinuosas, es un dominio absoluto del sol, del viento y del mar, un territorio marciano en el que el ser humano parece prescindible, un convidado de piedra.

Pero dentro de esta isla seca y desértica, que los romanos denominaron Planasia y que para los indígenas era Erbania o Maxorata, se guarda mucha belleza e innumerables tesoros naturales y etnográficos. Sus seis municipios encierran 13 espacios naturales protegidos y desde 2009 toda la isla está declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco. En su amplia lista de lugares únicos figuran las dunas de Corralejo, el islote de Lobos, la montaña de Tindaya -mágica para los aborígenes-, la península de Jandía, las cuevas de Ajuy, la Caleta de Fuste, el mirador de Morro Velosa… Los amantes de las playas tienen un amplio catálogo donde elegir, a cual mejor: Corralejo, Costa Calma, Cofete, El Matorral, Gran Tarajal, Morro Jable y El Cotillo, entre otras muchas. Y para los amantes de la cultura y la historia son visita obligada Betancuria, la primera capital de la isla; la Casa de los Coroneles, la iglesia de Nuestra Señora de la Peña, patrona de la isla; la enigmática Vila Winter, las salinas del Carmen, etc.

Unamuno, majorero por destierro y adopción

Uno de los primeros en descubrir y cantar los hasta entonces desconocidos tesoros majoreros fue Miguel de Unamuno, el célebre escritor vasco de la Generación del 98, que en 1924 fue desterrado en Fuerteventura, a más de 2.000 kilómetros de Madrid, por su oposición a la dictadura de Primo de Rivera. Don Miguel fue el primero que llamó “guapa” a la lejana, yerma y olvidada Fuerteventura, su isla-cárcel. El célebre escritor se enamoró por completo de esta “sedienta isla” en los cuatro meses que vivió en ella. Aunque la reconocía como un “solemne desierto” de “noble soledad sahárica”, afirmaba que “de veras es afortunada, a pesar de la resignada sed que mortifica su tierra”.

Y es que Unamuno conoció y amó como pocos el alma única de este lugar casi inhóspito, mucho antes de que la industria turística y los windsurfistas descubrieran su El Dorado de sol y playas idílicas: “¡Qué nombre tan sonoro, alto y significativo! ¿Fuerteventura? Es decir, ventura fuerte. Y si a estas Islas Canarias se las llamó Las Afortunadas, a esta de Fuerteventura habrá que llamarla fuertemente venturosa. ¡Estas soledades desnudas, esqueléticas, de esta descamada isla de Fuerteventura tienen la fortuna y la hermosura a la vez en su noble y robusta pobreza… ¡Este esqueleto de tierra, entrañas rocosas que surgieron del fondo de la mar, ruinas de volcanes; esta rojiza osamenta atormentada de sed! ¡Y qué hermosura! ¡Sí, hermosura! Claro está que para el que sabe buscar el íntimo secreto de la forma…”.

Fue también Unamuno uno de los primeros en descubrir y disfrutar de las idílicas playas majoreras. Solía ir a pasear hasta Playa Blanca y sentarse a “conversar con la mar” en una gran roca que hoy ya no existe.

En la actualidad, Fuerteventura hace mucho que dejó de ser un lugar de destierro y castigo. Por fortuna, la situación política ha cambiado por completo en España, y la otrora Maxorata dejó de ser vista como una colonia carcelaria de ultramar. El boom turístico-urbanístico que desde el último tercio del siglo XX convirtió a Canarias en una potencia mundial en este sector, tardó en llegar a la entonces olvidada y aislada isla majorera, pero cuando lo hizo se disparó como un reguero de pólvora, dadas las grandes potencialidades de la isla, pobre de agua pero rica de sol; un nuevo maná.

El descubrimiento de su sol perenne, sus playas kilométricas, su belleza singular y su paz acogedora, ha ido transformando poco a poco la fisonomía y el estatus de un territorio ahora más afortunado que en otro tiempo no muy lejano, al menos desde el punto de vista económico y social. Si hasta finales del siglo XX fue una tierra de emigración, por el lastre de la pobreza, el desempleo y la escasez de agua, en la actualidad su boyante industria turística no para de crecer -cada año llegan a la isla casi 3,5 millones de turistas nacionales y extranjeros, sobre todo alemanes- y, por lo tanto, no para de crear empleo y generar riqueza, como nunca en su historia.

Detrás del turismo y de la construcción, la ganadería caprina sigue siendo uno de los sustentos principales de la isla majorera, con una tradición pastoril de siglos, heredada de los bereberes, que es el secreto de sus afamados quesos, avalados por multitud de premios nacionales e internacionales que los sitúan entre los mejores del mundo. La cabra es, precisamente, uno de los símbolos de Fuerteventura. No es casualidad que la capital, Puerto del Rosario, se denominara originariamente Puerto Cabras. Se calcula que hoy en día hay unas 109.000 cabezas con una producción media de 180.000 litros diarios, destinados principalmente a la producción quesera. En el cuarto lugar del ranking económico local está el comercio, seguido de la producción de cereales y legumbres de secano, y, en menor escala, la pesca de bajura.

Calentado por el sol, el patito feo se transformó al final en cisne: de isla pobre a isla rica. Fuerteventura es hoy una de las islas más prósperas del archipiélago canario. La que en otro tiempo no muy lejano estaba casi despoblada, cuenta en la actualidad con 113.000 habitantes, que la convierten en la cuarta con más población de la región, y con más de 45.600 camas turísticas.
Fuerteventura es hoy mucho más que arena y sol. Si Unamuno levantara la cabeza…