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“No puedo más; no quiero que me regalen nada, solo que me ayuden”

Daniel Veas, de 49 años y con dos hijas, que vive en el barrio de la Salud, necesita un trasplante de riñón que no le hacen hasta que tenga una casa habitable
Daniel Veas ha vivido toda su vida en el barrio de La Salud, en una casa de alquiler de renta antigua, cuyo propietario falleció y sus herederos están en paradero desconocido. Fran Pallero

Hay números como los del carné de identidad, el de la Seguridad Social, el de la tarjeta de crédito o el del contrato de la hipoteca que hacen visibles a las personas para el sistema. También hay números que las invisibilizan, que las convierten en meros expedientes a los que les falta un papel o un teléfono o, aún peor, contienen errores propios de la Administración que las relega al olvido. Son esos números los que denuncia Daniel Veas, quien a sus 49 años ha visto cómo lo han convertido a él y sus dos hijas en un caso no urgente, los que no ven o no quieren ver que, sin una casa segura (la de Daniel se cae a pedazos), el trasplante de riñón que necesita nunca va a llegar, con lo que todo eso conlleva.

La dura travesía de Daniel, Dani, como lo conocen todos en el barrio de La Salud, empezó hace siete años, como comienzan muchas de las historias de precariedad, con la separación de su pareja. “Acordamos que la vivienda en la que residíamos se convirtiera en una casa nido, un acuerdo muy común en países europeos, pero que aquí no es muy conocido”. Se refiere a que son los hijos los que se quedan de forma permanente en la casa familiar y los progenitores los que rotan su estancia. Sus hijas tienen ahora 10 y 9 años. “Desde que me separé, lo primero que hice fue solicitar una vivienda pública para tener un sitio propio en el que residir. El Ayuntamiento llegó a ofrecerme una, pero hablaron con mi exmujer, que les dijo que no me la dieran, y me quedé sin ella. Tuve que denunciarla por esa falta de empatía hacia sus hijas, una vivienda que iba a compartir con ellas”, explica casi sin querer recordar.

Daniel muestra los desperfectos de su casa que le impiden tener un ambiente aséptico en el que recuperarse. F. P.

A partir de ese momento, las cosas para él y sus hijas no fueron a mejor. Su vivienda, en la que aún reside, no reúne las condiciones óptimas de habitabilidad. Un informe de Urbanismo así lo acredita. Este mismo año, en enero, los mismos servicios sociales que no han logrado ayudarlo le dieron un ultimátum. “Me dijeron que tenía que sacar a mis hijas de allí y me amenazaron con quitármelas. Les dije que no tenía adonde llevarlas y lo que me sugirieron es que las dejara en un centro de menores y que las visitáramos allí”, dice casi al borde las lágrimas.
Noemi, su hermana, le ha salvado de esa situación de manera provisional. Esto supone que la nueva casa nido de las niñas es la de su tía, pero solo hasta noviembre.

Podría pensarse que una familia en estas condiciones ya habría pasado todos los filtros de los servicios sociales para declarar prioritaria la búsqueda de una vivienda en la que alojarlos, pero, como el propio Daniel descubrió, “en los servicios sociales entendieron que mi exmujer y yo convivíamos, por lo que mi expediente se bloqueó. Nadie preguntó, nadie movió un dedo. Me siento maltratado por los servicios sociales porque me han considerado un número”.

En medio de todo este tortuoso proceso, Daniel enferma: “Siempre tuve problemas renales, pero hace tres años, seguramente por la situación de estrés que he sufrido en los últimos años, mi riñón se necrosó y empecé la diálisis”. Un trasplante le devolverá parte de la calidad de vida, pero, de nuevo, la falta de una vivienda digna está poniendo en riesgo su vida. “En el hospital no me hacen el trasplante mientras no tenga un entorno que esté en condiciones para acoger mi convalecencia. Mi casa ahora no reúne esas condiciones. Llevo tres años con múltiples pruebas para un transplante en vida, pero ahora hay que repetirlas porque ya han caducado”. Alguien podría preguntarse por qué Daniel no arregla su casa. La respuesta es porque su casa no es suya. “Es de renta antigua. He vivido allí toda mi vida y no conocí a su propietario ni se dónde están sus herederos”, explica. “Es como si fuera un okupa de mi propia casa”, añade con amargura.

Ha contado todo estos años con el apoyo de sus hermanos, pero necesita con urgencia una casa. F. P.

Durante un tiempo ingresó el dinero del alquiler en un cuenta corriente por si alguien lo reclamaba, pero no pasó y dejó de hacerlo. Piensa en sus hijas y se viene abajo. “Sé que si me hago el trasplante voy a tener como máximo 10 años buenos, algo más si las cosas van bien. Quiero dedicar esos años a mis hijas, a educarlas en valores, a darles todo mi cariño y apoyo, porque sé que una vez que crezcan ellas harán su vida y ya no me necesitarán tanto”. “No es justo ni para ellas ni para mí -continúa- que esta situación se la tomen así.” Ante el mutismo de las administraciones públicas, Daniel insiste: “Soy un número en todos lados”.

Los nervios delatan a este vecino que tiene la incapacidad absoluta y una pensión de 711 euros, con los que encontrar un alquiler social es prácticamente imposible. “Me he apuntado al programa de Provivienda, buscado por mi cuenta, y es imposible con mi pensión. He trabajado toda mi vida, nunca he pedido una sola ayuda social al Ayuntamiento porque no la he necesitado”. Daniel reconoce que está “desesperado” y por eso ha decidido hacer pública su situación.

La noche antes de sentarse con DIARIO DE AVISOS envió un mensaje a su familia para explicarle que iba a salir en el periódico. “Solo mis hermanos saben por lo que estoy pasando”, dice, y baja la cabeza con el pudor de quien se ve obligado a exponer públicamente su agonía para que alguien reaccione en algún lado. Durante la conversación enseña los papeles que acumula de sus reclamaciones, sus informes médicos, la carta que le envió al alcalde, con el que, en ocho meses, no ha logrado reunirse. “Esta es una mochila muy pesada”, dice, aludiendo no solo a todo lo que en ella lleva, sino también a todo el sufrimiento que esos papeles reflejan.

Si hace siete años su lucha era conseguir una casa nido para sus hijas en condiciones, ahora su lucha es una vivienda para que lo puedan operar y recuperarse por completo, y ser el padre que siempre ha querido ser para sus hijas.

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