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Ernesto, levántate y pelea

El joven Ernesto Raúl Pérez sufrió hace un año un atropello que estuvo cerca de acabar con su vida y ahora se empeña en recuperarse para volver a los cuadriláteros
Ernesto, con la mano izquierda enfundada en una prótesis que se auto fabricó, golpea con la derecha durante un ejercicio junto a su entrenador, Manuel Povedano. / Fran Pallero

Trescientos sesenta días han pasado desde la última vez que el joven Ernesto Raúl Pérez se subió a un cuadrilátero. De allí, del ensogado instalado en el pabellón Jesús Domínguez Grillo, en Los Cristianos, se bajó como vencedor de un pleito que le dejó muy buenas sensaciones y aumentó su legión seguidores. Fue uno de los días más especiales de su vida

Trescientos sesenta y tres días han pasado desde que Ernesto viviera el peor día de su existencia. Apenas 72 horas después de su brillante triunfo, el joven corría por Las Américas y cuando se cumplían los 45 minutos de carrera y había decidido acabar la sesión, un despiste terminó en fatalidad.

Ernesto cruzó por donde no debía y un coche se lo llevó por delante. La alegría se convirtió en drama. Dos días en coma, 25 días ingresado en un centro hospitalario, múltiples fracturas, casi todas en la parte izquierda del cuerpo e incluso en la mandíbula, conmoción cerebral, lesiones en sus piernas, varias operaciones, 120 puntos de sutura por toda su anatomía y un pronóstico devastador, lo más normal es que no volviera a caminar.

La estremecedora noticia sacudió a su familia, a sus amigos, a su entrenador, Manuel Povedano y a sus compañeros en la Escuela de Boxeo de Arona. Apenas cinco minutos antes del fatal accidente Ernesto los había etiquetado en un video en directo en Instagram y ahora estaba postrado en una cama debatiéndose entre la vida y la muerte.

Dentro del infortunio Ernesto tuvo suerte. Una ambulancia pasaba por allí cuando fue atropellado. De inmediato lo atendieron y lo evacuaron ante la gravedad de sus lesiones. Posiblemente fuera la fortaleza adquirida durante esos años de duro y estricto entrenamiento en el régimen boxístico lo que le salvara. “Cuando desperté del coma me sentía muy raro, no podía moverme, estaba paralizado y veía mucha gente a mi alrededor y me eché a llorar. Mi padre me preguntó ¿por qué estás aquí? y yo le respondí, porque tú me trajiste. Yo no sabía nada”.

Ernesto se rebeló contra su nueva situación. Le costó aceptar lo que le estaba pasando, tenían que amarrarlo y sedarlo para que no se levantara… hasta que un día aprovechó un despiste para tratar de ponerse en pie y acabó de frente en el suelo. Chocó de bruces con la realidad, pero encontró la motivación en las palabras de su entrenador. “Yo lloraba mientras le juraba que iba a volver y que iba a pegar más fuerte que antes porque iba a aprovechar el peso de todos los clavos que me habían puesto en el brazo”, recuerda con una sonrisa con la muestra alivio.

Y es que Ernesto encontró en el boxeo ese refugio al que llegan muchos jóvenes que llevan “una mala vida”, tal y como él mismo reconocía mientras caminaba por la pista de atletismo del estadio olímpico Antonio Domínguez. “Hasta los 20 años no pude practicarlo, entre otras cosas, porque en casa no les gustaba que boxeara porque me decían que me iban a estropear la cara”, confesaba entre risas el joven de origen cubano que creció escuchando las historias de los grandes púgiles de su país, gente como Teófilo Stevenson, Félix Savón, Mario Kindelán e incluso el más reciente, Guillermo Rigondeaux.

 

Apartado de ese mal camino tras un periplo en Alemania, Ernesto cumplió su ilusión de empezar a boxear. “Yo quería subir al ring, empecé muy tarde, pero no quería llegar al boxeo para entrenar solamente, quería boxear y toda la gente que me vio pensaban que yo había empezado de niño… yo lo llevo en la sangre desde toda la vida”, relataba antes de desvelar que ese talento natural que tenía le llevó a hacer su primer combate amateur apenas con unos pocos meses de entrenamiento en serio. “Esa pelea la gané, luego tuve unas cuantas derrotas porque yo tenía problemas en las piernas y no podía correr y eso es básico en cualquier deporte, entonces me desfondaba en el primer asalto”.

Con las ideas firmes y un trabajo específico para corregir esas carencias, Ernesto inició una buena racha, sobre todo de sensaciones. Llega la pelea del 16 de junio de 2018 “contra un rival que me había ganado justo un año antes”. Allí, en el ring, ofrece su mejor versión. Vence, luce bien, se gana a la gente y se da cuenta de que esos tres meses de tan duro trabajo con dobles sesiones, le han dado resultado.

Subido en esa ola de sensaciones positivas Ernesto se puso manos a la obra de nuevo sin descansar ni siquiera una semana. “Aquella fue una pelea muy bonita, celebramos el triunfo, fui a comer a la montaña con mis padres, mi ex novia y sus padres… y es de los últimos recuerdos que tengo”. Ernesto reconoce que debía haber guardado unos días más de reposo, pero la emoción acumulada y las ganas le pudieron.

“Estaba tan motivado que el lunes estaba corriendo ya y luego volví el martes”, cuenta mientras cambia el gesto de su cara. Es entonces cuando llega la desgracia. “Sé que le hablé a un amigo por Whatsapp”, relata con voz temblorosa. “Estaba cansado, llevaba 45 minutos corriendo y fui a cruzar la calle y pienso que me tropecé y me cogió el coche porque corrí por allí mismo durante tres meses y nunca me pasó nada”.

Ahora Ernesto ve la luz mucho más cerca. Su ilusión es volver a sentir lo mismo que hace 360 días. “Yo pensé que mi vida se había acabado, pero el boxeo me ha permitido seguir vivo”. Y en ese camino se ha mantenido Ernesto, en el de volver a vivir.

Ernesto, durante una de las series de abdominales que realiza a diario en el gimnasio. / Fran Pallero

UN TRABAJO FÍSICO MULTIPLICADO POR TRES

“Si antes hacía 200 abdominales, ahora hago 600”. Esa es la nueva rutina de Ernesto. Ha multiplicado por tres el trabajo, ha tenido que hacer ejercicios de coordinación para recuperar el lado izquierdo de su cuerpo porque “cuando volví al gimnasio no podía caminar”, ha conseguido superar la depresión y el cambio de personalidad que le provocó la impotencia de su cambio de vida.

“Ahora estoy volviendo a ser la persona que era antes” gracias al boxeo porque tras el accidente volvió a escoger un mal camino hasta que Manuel Povedano lo convenció. “Me habló, me dijo que volviera, llamé a mi madre para que me trajera las botas y aquí estoy”

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