Granadilla de Abona

Mario Pérez Damas, montañero: “Más que una afición, la montaña es una filosofía”

Afirma que “es un privilegio vivir en esta isla” y que no se arrepiente de no haber salido de ella para explorar otras montañas

Mario Pérez Damas. DA
Mario Pérez Damas. DA

Por Javier Cabrera

Mario Pérez Damas cumplirá el próximo mes de septiembre 78 años. Se puede decir que su vida ha transcurrido siempre en la montaña. Nació en Las Vegas (Granadilla de Abona), se crio en la Cruz de Piedra mirando a las montañas de Anaga y, con tan solo 5-6 años, soñaba y se decía a sí mismo: “Yo tengo que ir a allí”. Todo amabilidad, de aspecto saludable y juvenil, además de un físico envidiable, que esconde sus 77 años de edad. Quién diría que está cerca de convertirse en octogenario. Nos recibe con mucha humildad y con una atención propia de alguien muy humano, con numerosas historias que contar, pero alejado de pretender convertirse en protagonista. Reconoce que “no he necesitado jamás salir de Tenerife para estar en un lugar maravilloso”. Mario Pérez afirma que “es un privilegio vivir en esta isla” y que no se arrepiente de no haber salido de ella para explorar otras montañas.

-¿Cómo se inició en el mundo de la montaña?
“Uf. Te diría que desde niño. Me asomaba a la ventana de mi casa y veía a lo lejos las montañas de Anaga. Siempre me propuse que algún día yo tenía que ir a allí, y vaya que si lo conseguí”.

-¿Prefería ir solo o acompañado?
“No es que me considere un solitario, pero es que, en multitud de ocasiones, solía quedar con gente, pero luego me dieron el esquinazo. Me dieron más de un tranque (sonríe), pero eso no impidió que me lanzara a la aventura en solitario más de una vez”.

-¿Qué transporte solía utilizar?
“La guagua y a caminar por todos lados. Anaga, El Bailadero, Cruz del Carmen y todos los sitios maravillosos que tenemos en Tenerife. Y, por supuesto, un lugar inigualable, Las Cañadas del Teide”.

-Tendrá innumerables anécdotas que contar.
“Claro. Muchísimas. Recuerdo en los traslados en aquellas guaguas de antes, cómo el propio conductor se llegó a bajar en pleno trayecto para ordeñar a algunas de sus cabras. Todo aquello era muy natural. Todos se conocían. Sucedía de igual forma con la panadera del lugar, que repartía los panes en pleno trayecto”.

-¿Cómo era la gente de sus inicios en la montaña?
“Indudablemente, la gente de antes era mucho más humana. La sonrisa siempre en la cara de las personas que te encontrabas por esas largas e interminables caminatas. Era habitual escuchar aquella frase histórica, a grito pelado en Anaga, de “por ahí no es…..”.

-Cuente aquella historia de haber dormido al lado de un cementerio sin haberse dado cuenta.
“Uy, qué cierto fue aquello. De verdad que no lo supe hasta que no lo dijeron varios lugareños. No se me hubiera ocurrido de haberlo sabido con anterioridad”.

-¿Qué tipo de montaña le atrae de manera especial?
“Todas, pero, sobre todo, me gusta la montaña abierta. Reconozco que tengo un carácter un tanto extremista. Con esto quiero decir que me preocupa bastante la alegría desmedida que existe en los nuevos aficionados a la montaña. Han de saber de antemano que, en este entorno, hay peligros, y eso hay que tenerlo en cuenta”.

-¿Uno nace montañero o se hace montañero?
“Pienso que las dos opciones son perfectamente válidas. Al menos, en mi caso. Yo tenía la vocación desde pequeño, debido al escenario que tenía enfrente, que no era otro que Anaga”.

-¿La montaña se convirtió para usted en un sueño, un objetivo, un reto o una meta?
“Para mí era una ilusión desde niño. Te diría que los canarios estamos abocados a entusiasmarnos con la montaña. Y no solo por un lugar tan emblemático como Las Cañadas del Teide. En todo el Archipiélago estamos abocados a salir a patear y disfrutar de la naturaleza. El Roque Nublo (Gran Canaria), la Caldera de Taburiente (La Palma), Timanfaya (Lanzarote), la Fuga de Gorreta (El Hierro), etc”.

-¿Tiene antecedentes familiares en cuanto a su afición por la montaña?
“Algo debe de haber. Sin ir más lejos, nací en Las Vegas (Granadilla) y ese lugar es media montaña. Es una zona que se encuentra por encima de los 1.000 metros y es propia de escalada”.

-¿Recuerda su primera salida hacia la montaña?
“Sí, eso no se olvida nunca. Me fui solo al Roque de Las Ánimas (Taganana), sin nadie más y por la vía normal. No tenía conocimientos. Únicamente seguía la pista que me indicaban los vecinos del lugar”.

-¿Qué cosas llevaba en esa primera salida rumbo a lo desconocido?
“Una mochila, agua, mucha ilusión y las chilucas de aquel momento. ¿Qué son las chilucas? Pues una combinación entre goma y la alpargata mejorada con forma de bota”.

-¿Se marcaba un horario de salida y otro de llegada en sus largas caminatas?
“Nunca. Sé cuándo iba a salir de mi casa, pero jamás me planteaba un horario aproximado para volver. En contadas ocasiones llegué a emprender una caminata un viernes y, tras un fortísimo temporal que me cogió en Las Cañadas, no pude regresar hasta el lunes por la tarde”.

-¿Qué tipo de alimentos solía llevar en su mochila?
“La pelota de gofio amasada que me hacía mi madre era lo principal. Hay que darse cuenta de que las actuales barras energéticas no existían en aquellos tiempos. Como buena gomera que era, mi madre sabía hacer las pelotas de gofio y algún que otro dulce. También la miel, almendras, queso, pasas y, por supuesto, las latitas de sardinas (se ríe abiertamente)”.

-¿Guarda sus primeros recuerdos de la montaña?
“Todo se limita a la memoria. No había cámaras de fotos en aquellos años. Me acuerdo de senderos fantásticos, aunque a otros no se lo parecieran. Desde una flor a un pájaro. Así con muchas cosas”.

-¿Cómo se resguardaba del mal tiempo?
“Me alegro de que me haga esa pregunta. No había chubasqueros y tenía que arreglármelas con una simple bolsa de basura. Por aquel entonces existía aquel histórico impermeable, que pesaba más que la misma mochila. Incluso las primeras, con el agua que les caía encima, las hacía mucho más pesadas”.

-Tras regresar de las primeras largas caminatas, ¿se le pasaba por la cabeza el dejarlo y pensar en otras cosas?
“Te podías cabrear contigo mismo, pero no me sucedía eso de abandonar. Para mí, la montaña es una superación y no me lo tomo como una competición”.

-Defíname la montaña.
“Es la superación de ti mismo, vencerte a ti mismo, dominarte a ti mismo. La competición con el compañero no existe, pero sí que existe la ayuda hacia él. Pienso que los montañeros somos medio místicos. Hay un momento en el que te puede tanto la cuestión mística, que todo lo ves de otra forma”.

-¿Se toma su gusto por la montaña como un hobby?
“No. Es algo más. Para mí, la montaña es una filosofía. Forma parte de mi manera de ser. Necesito estar en la montaña. Acompañado o solo”.

-¿Hay alguna edad para seguir haciendo montañismo?
“Ahora, con la edad, lo tengo un poco restringido; soy consciente de que, evidentemente, no tengo 20 años. Por ejemplo, la escalada la tengo apartada, pero sigo disfrutando tanto o más caminando por ahí”.

-¿Esta pasión tiene más de mental que de físico?
“Yo creo que sí. De todas formas, la práctica del montañismo hace que te desarrolles”.

-¿Cuál ha sido su experiencia más desagradable en la montaña?
“Indudablemente, la muerte de Cesáreo Tejedor, ya que fue un maestro para mí. Siempre he dicho que la montaña es maravillosa, pero la montaña no merece la muerte de nadie”.

-¿Y la más gratificante?
“No tengo ninguna duda aquí. Fue en la Marcha Faro a Faro, hoy llamada Marcha Tejedor. El completarla es lo más gratificante que me ha sucedido jamás. Casi 170 kilómetros, durante cuatro noches y cinco días. Ninguno pensábamos que podíamos llegar a Teno. Íbamos preparados física y mentalmente, pero nunca la habíamos hecho antes. De ahí las dudas previas. En la salida éramos una docena, aproximadamente. A Teno llegamos siete u ocho”.

-¿El montañero tiene un carácter especial?
“Viene mucha gente, pero lo que sucede es que un bajo porcentaje es el que se queda. Lo más que abunda es venir, probar e irse. Hay personas que se compran unos grandes equipos y luego los venden por cuatro perras. Sin embargo, esta gente no llega al fondo de la montaña, al espíritu de la misma, a ese pseudomisticismo que te comentaba con anterioridad”.

-¿Cuál es su sensación y el sentimiento que tiene cuando está en una cima?
“El sentimiento es llegar con todo el respeto a la montaña. Acariciar a la montaña para que te deje ascender a ella. Una vez que llegas allí, agradecerle que te lo haya permitido. Todo es con permiso de esa gran mole que te ha permitido ascender hasta lo alto. Pienso que si te retiras de la montaña y tardas mucho tiempo en regresar, ella te dice que vayas con humildad, porque, de lo contrario, no te va a dejar subir”.

-¿Quién respeta más a quién, la montaña al montañero o al revés?
“Pienso que el amor debe ser mutuo. Es un sentimiento muy sublime. He tenido épocas en las que, al estar trabajando, no podía ir a la montaña, pero necesitaba ir a ella”.

-¿Se siente un privilegiado al vivir en Tenerife, por lo que supone tener tan cerca Las Cañadas del Teide?
“Sí, por supuesto. Las Cañadas tiene la particularidad de que en las cuatro estaciones que tiene el año, depende a la hora que vayas, en el momento que vayas, con la intención que vayas, que el paisaje lo disfrutas y lo ves diferente. Está claro que no es lo mismo ir en agosto que hacerlo en diciembre, que te lo encuentras nevado. La forma de ver la panorámica te cambia del día a la noche”.

-¿Está de acuerdo con que el turista tenga que pagar por estar en Las Cañadas?
“No. En lo que sí estoy de acuerdo es en que se restrinjan los accesos multitudinarios, que puedan dañar al medio ambiente. Si en determinados lugares caben 200 personas, no tienen por qué ir al mismo lugar 2.000. Los responsables del medio ambiente, que son los biólogos, etc., son los que tienen que marcar la pauta. Estamos en un medio muy pequeño y a Las Cañadas van diariamente miles de personas. Eso tiene que incidir en su deterioro. Debemos cuidarlo entre todos, ya que el beneficio será para todos”.