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Siempre nos quedará la música. Por Elsa López

Vengo de un concierto y aunque he asistido a todos, uno me basta para decir lo que siento sobre este festival de Música celebrado en La Palma desde el 21 de junio.

Vengo de un concierto y aunque he asistido a todos, uno me basta para decir lo que siento sobre este festival de Música celebrado en La Palma desde el 21 de junio. Es sábado y acabo de volver de una extraña ciudad llamada Santa Cruz de La Palma donde suceden cosas extraordinarias que muchos desconocen, muchos no valoran lo suficiente, y la mayoría no sabe por falta de difusión o por falta de interés. Es el Festival Internacional de Música La Palma que año tras año (este es el VIII) abre sus puertas a la buena música, los mejores intérpretes, y una larga serie de conciertos de cuerda, piano, voces y orquestas. Una obra digna de reconocimiento por lo que traer a estos interpretes significa, por darnos la oportunidad de oír a los mejores sin tener que ir a otras islas o a Madrid para poder escucharlos después de hacer colas inmensas y no encontrar entradas, etc., etc. Hay que saber de los esfuerzos de sus organizadores y patrocinadores para darnos esta oportunidad; de los afanes y sacrificios de sus realizadores, de las ayudas que reciben y de las que no reciben para llevar a cabo la tarea de hacer y celebrar estos ciclos de música, del desconocimiento de muchos por falta de publicidad, del ninguneo y de la ignorancia de algunas instituciones que no valoran la cultura que pueden dar a los ciudadanos devolviéndoles así el dinero que los ciudadanos entregan a las instituciones para que estas los atiendan adecuadamente y no solo en las necesidades del cuerpo sino también en las del alma. Y no sigo por ese camino porque hoy sólo vengo a hablar de música.

Sábado 29 de junio del año 2019. Ocho y media de la tarde. Jan Lisiecki ha entrado en escena. Impecablemente vestido como mandan los cánones, rubio canadiense de 23 años, las manos cruzadas delante de las dos rodillas formando un aspa que le cubre de daños imaginarios, saluda al público, sonríe con la inocencia de quien se sabe seguro en mitad de la nada, y se sienta al piano. Y, de pronto, sucede. Ocurre ese milagro de la vida que te pone delante el momento de la certeza y tú, incrédula aún, supones que es un sueño, que no es verdad, que no puede existir un caso como el que estás viviendo en ese momento, sentada en una incómoda butaca de un teatro de una pequeña ciudad de una pequeña isla de un diminuto archipiélago desconocido en la mayor parte del mundo. Y tú, que te sabes lejana y perdida en ese diminuto reino de taifas donde se entrecruzan palabras, gentes y acontecimientos de índole diversa, cierras los ojos, estiras las manos buscando un lugar donde apoyarlas y te dices a ti misma que ya no estás donde creías que estabas, que ha llegado el momento de la resurrección y estás en el lugar donde soñabas estar cuando eso sucediera.

Las manos de Jan Lisiecki al piano vuelan, giran, se posan, rastrean, picotean las notas que alguna vez has escuchado, pero no como las escuchas ahora. Sabes que estás en casa, en tu ciudad y con gente a la que amas y conoces; lo sabes, si, pero parece todo tan irreal, tan lejano del momento que vives en lo que sueles vivir como realidad, que las notas del piano son sonidos desconocidos, misteriosos que te hacen sumergir en otra dimensión. Y te preguntas si es verdad que es un ser humano lo que está allí interpretando a Chopin, a Ravel, a Schumann, a Rachmaninoff; si ese ser es el mismo que luego saldrá a la calle y cometerá los mismos delitos que nosotros cometemos. Y, en una interpretación absolutamente personal del mundo que te rodea, te preguntas si es cierto que atrás, en la misma calle que da entrada al Teatro Circo de Marte, aún quedan seres humanos capaces de cometer las mayores atrocidades, los mayores holocaustos, las mejores traiciones, los mejores crímenes contra la humanidad. Y me pregunto si ese muchacho reconocido como uno de los mejores pianistas de nuestro tiempo, sabrá ya de odios, de mezquindades y miserias humanas; si las habrá causado, si las causará, si dentro de él ya anidan las torpezas humanas capaces de odiar, de destruir a los otros.

Y me digo que no. Que es imposible. Que la música será su salvación y la nuestra. Que si, que no es un sueño, que siempre nos quedará Chopin y algún Jan por ahí capaz de salvarnos, de enaltecernos, de hacernos soñar con el ser humano capaz de crear y gestionarnos la esperanza.

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