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Pensar otro modo de vida tras el ‘shock’ del coronavirus

La pandemia causada por el COVID-19 obliga a investigadores y analistas a reflexionar sobre el escenario que se abre a nivel global

En una reflexión que escribía hace unos días el filósofo Gonzalo Velasco para el Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social, afirmaba que la crisis que se ha abierto con la pandemia del coronavirus refleja las contradicciones del modelo neoliberal: “No solo en la más obvia, la que concierne al efecto discriminatorio de las privatizaciones y de las políticas de austeridad. Sino también a las afectivas: ¿qué es ahora del heroísmo del emprendedor?, ¿dónde queda el amante del riesgo, el que desprecia el conformismo de las garantías sociales y se confía al valor de la creatividad y de la capacidad para reinventarse a uno mismo?”.

Con 6.531 muertos en España, según cifras de ayer, la sanidad desbordada en algunos lugares como Madrid y Cataluña, la falta de recursos para proteger al personal sanitario, a los farmacéuticos, policías, etc., y la pandemia expandiéndose por el planeta, donde hay 684.000 personas infectadas, es complicado reflexionar. Pero el confinamiento también puede ser productivo para los pensadores.

“No hay reflexión preparada para esto”, afirma desde París Olivia Muñoz-Rojas, doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. “Esta situación de confinamiento y parálisis económica no se ha dado ni en las guerras. No hay destrucción, pero la situación es de desolación en muchos países. El virus es letal, aunque tampoco tanto, pero siempre está la incertidumbra de que pueda mutar y empeorar. Es algo inédito”.

“El coronavirus es como una pistola apuntando a la cabeza que te obliga a elegir entre la economía y la vida”, afirma Federico Demaria, investigador en Ecología Política y Economía Ecológica, ITCA-UAB. “Y todavía no está claro qué camino se va a seguir, teniendo en cuenta la postura que han mantenido Trump o Boris Johson, con asesores que defendían proteger la economía aunque causara la muerte de muchos mayores”.

Demaria es uno de los grandes expertos que hay en España en decrecimiento, una corriente de pensamiento político, económico y social impulsada por el economista francés Serge Latouche desde hace tres décadas y que defiende la disminución de la producción económica, con el objetivo de establecer una nueva relación entre el ser humano y la naturaleza. “Los pensadores críticos llevamos años diciendo que hay un conflicto entre el capital y la vida”, afirma Demaria. “Pero esto de ahora no es decrecimiento, que sería un proceso controlado, esto es un colapso que va a provocar mucho sufrimiento en términos sanitarios y humanos”.

Según explica Demaria, la extensión del virus tiene que ver con el proceso de globalización. “La expansión del virus ha golpeado las ciudades y los sitios más ricos y conectados del mundo. No es casualidad que, en Europa, Milán, Madrid o Baviera estén tan afectadas. O en EEUU, Nueva York”.

El confinamiento se intensifica en España, después de la decisión de Pedro Sánchez de paralizar aún más el proceso productivo. Pero para Muñoz-Rojas, estos días en casa también evidencian las diferencias de clases. “El virus es democrático, pero no la experiencia: no es lo mismo estar en un piso pequeño de una ciudad que en un chalet de La Moraleja”. Y explora en la génesis del proceso: “Cuando ya no se ha podido disponer de los abuelos, porque enfermaban, ha habido que parar en parte la producción. Te das cuenta de que el sistema productivo no se adapta al sistema reproductivo”, explica. “Y ahora, con el teletrabajo, lo mismo: los niños en la escuela, pero a distancia, como si no pasara nada, todo normal. ¿Cómo se puede pretender que, como adultos, estemos haciendo tres o cuatro trabajos a la vez. Pues no, eso lleva todo el día. Se vuelve a infravalorar esas tareas, como son el cuidado de la infancia, la educación primaria o el trabajo del hogar”.

“Da mucho vértigo estar subido en algo a lo que hay que darle constantemente a la manivela, y a una velocidad creciente, porque está montado de tal manera que las tasas de crecimiento tienen que ser positivas, lo que implica que cada vez tengas que consumir más cosas y seguir yendo más rápido”, afirma Sergio Tirado, investigador en Pobreza Energénica vinculado también al ICTA-UAB, en referencia al sistema económico mundial. “Y es desconcertante que, si eso tiene que parar por un shock imprevisto, nos quedemos tan indefensos”, explica. “Ya lo decía Merkel el otro día: nada semejante ha ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el sistema se ha montado de una manera progresivamente más compleja e interdependiente. Pero sin tener en cuenta que eventos de este tipo ocurren de manera cíclica”.

Tirado tiene una historia curiosa: su bisabuelo murió en la gripe de 1918. “Y la aflicción que causó esa muerte ha pesado en la famila durante años, no te creas”. Con la crisis del coronavirus, Tirado dice que ha observado un cierto milenarismo verde. “En redes, pero también a mi alrededor, he visto a gente hacer una conexión entre la pandemia y la situación de deterioro ambiental, por mucho que no estén relacionadas, como si algunas personas pensaran que esto es algo así como la madre-tierra castigándonos”, explica. “La cuestión ahora es que haya una redirección en la economía, y no como hace Trump, que quiere ponerla en funcionamiento cuanto antes”, afirma Federico Demaria.

Mientras, el Gobierno ha tenido que buscar como un loco en China material sanitario por valor de 450 millones de euros, hay que ir hasta la gran fábrica del mundo. “La deslocalización hace que seamos enormemente dependientes, con unos costes ambientales que no tenemos en cuenta”, explica Federico Aguilera Klink, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Laguna, que defiende “salvar a las personas” ante la enorme crisis económica que se avecina. Cree que es el momento ideal para presionar por una renta básica. “Nos parece normal que se le dé dinero a la banca, pero nos cuesta aceptar que haya una renta básica de ciudadanía, que es mucho más barata. Como no haya un mínimo de apoyo a la gente, no te digo yo la que se puede montar”, afirma. No descarta que se produzca un cambio de paradigma, como ocurrió en Europa tras la II Guerra Mundial, cuando apareció el Estado del Bienestar, pero le preocupa que el tema climático pase a un segundo plano en un escenario de grave crisis.

“A efectos medioambientales, no creo que haya grandes cambios en la gente. Quizá sí en el uso de los aviones, por la cantidad de enfermedades que se contagian en los vuelos”, señala Muñoz-Rojas. “Lo que yo sí veo es una pugna entre la manera democrática y la manera autoritaria de resolver esto, que es como han hecho en China, con un confinamiento en el que da igual que tengas problemas mentales o cualquier otro problema. El tema es que aquí hay derechos y libertades, allí no”, afirma. “¿Vamos hacia un cambio de paradigma? Pues no sé, pero igual es como el 11-S, que derivó en un montón de controles y medidas de seguridad a las que nos hemos acostumbrado completamente”, afirma. “Estamos viendo un proceso de resignificación. El límite entre lo que se puede hacer y lo que no se está poniendo en discusión de forma radical y para siempre”, reflexiona Federico Demaria. “Nos dijeron que los aviones no se podían parar, y ahí están. Es imposible prever cómo afectará esto al imaginario colectivo, pero desde el decrecimiento siempre hemos un llamamiento a decolonizar ese imaginario, a poner en cuestión lo que tiene o no tiene valor, lo que de verdad necesita cada uno para ser feliz”.

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