la matanza de acentejo

“Cuando pueda salir quiero ir a Candelaria a ver a la Virgen”

La pandemia de Covid-19 impidió a Josefina ver a su sobrina Lali, con quien se volvió a encontrar ayer después de tres meses en la Casa de los Mayores de La Matanza, donde vive hace casi cuatro años

Josefina Pérez Delgado nació en El Escobonal, Güímar, “pero ahora es de La Matanza de Acentejo”, donde se siente muy cómoda. Desde diciembre de 2016 vive en la Casa de los Mayores, una residencia del Ayuntamiento que ha confiado su gestión a la Fraternidad de la Divina Providencia al frente de la cual está el sacerdote Julián Libreros Cabrera y no tiene más que palabras de agradecimiento para todo el equipo. Sobre todo después de los complicados tres últimos meses, en los que la pandemia de la Covid-19 la ha obligado a estar encerrada y sin poder ver a sus seres queridos.

Ayer se volvió a encontrar con Candelaria (Lali), la esposa de su sobrino Jose, su único familiar ya que es viuda y no tuvo hijos. Se quieren con locura y se nota. Fue su madrina de bodas.

Durante todo este tiempo se comunicaron por videoconferencia y sabía que estaba bien, “pero tenía unas ganas enormes de ver a su tía”, comentó Lali antes de entrar y cumplir con el protocolo exigido. A las 9.40 horas estaba en la puerta del centro aunque la cita estaba programada a las 10.00. Toma de la temperatura, lavado de manos y la firma de una declaración responsable con todos los pasos que se debían seguir en la visita, que se realizó con cita previa y fue supervisada por el personal.

A pesar de que se preparó previamente, no sabía cómo iba a reaccionar su tía porque Josefina es muy “besucona y tocona”, además de “muy coqueta”.

El encuentro fue en el exterior del edificio, un lugar cálido con unas vistas impresionantes al Valle que preserva la intimidad y con el asiento de cada una señalizado con un cartel.
Josefina llegó caminando muy rápido con ayuda de su andador. Estaba nerviosa y se notaba. Al principio no paraba de hablar y le temblaban ligeramente las manos. Quería contar un montón de cosas y la mascarilla, que usaba por primera vez, se lo impedía. A medida que iban pasando los minutos, la conversación comenzó a tornarse más pausada.

Sus elogios para el centro y Óscar, su director, fueron constantes. “Nos dio una charla para explicarnos lo que teníamos que hacer durante la visita. Nos dijo que ni manos y ni besos y por ganas no será”. Pese a su deseo contenido de abrazar a Lali, cumplió el protocolo a rajatabla, una exigencia difícil para alguien que es “muy achuchona hasta con el alcalde, cuando va a visitar la residencia”, confesó Lali.

“¿Salgo guapa en la foto?”, preguntó Josefina. Ella misma eligió su ropa para un día especial: pantalón y abrigo negro y una blusa roja que hacía juego con el color de sus uñas.

Lali definió a su tía como “una castañuela” y no se equivocó. Transmite alegría en todo momento. “Tú pregunta que a mí me encanta hablar contigo”, repetía. Resultaba imposible no hacerlo pese a querer dejarlas en la intimidad para que hablaran tranquilas de sus cosas.

Contó que fue a todos los viajes organizados por el centro. Conoció Francia, Roma y este año el destino planificado era Portugal pero se suspendió. “Quiero ir a Nueva York y ya se lo pedí al hermano Julián”, declaró.

El centro también planifica casi todas las semanas excursiones a diferentes sitios de la Isla. Lo primero que quiere hacer Josefina cuando pueda salir es ir a Candelaria a ver a la Virgen. “Vamos a ir todos los que podamos, una guagua llena”.

En los últimos tres meses y pese a formar parte de uno de los colectivos más vulnerables a la Covid-19, Josefina nunca sintió miedo. Estuvo siempre con Pilar, su mejor amiga “y una señora muy buena”, cumpliendo a diario con su rutina de actividades, ya que la dinámica del centro nunca se rompió: gimnasia, fisioterapia, manualidades y comidas comunes, pero “sin besarse ni tocarse”. El Día de Canarias también lo celebraron, “salimos a la terraza y bailamos pero más lejos unos de otros”, precisó.

Quizás en ello resida la buena salud y el bienestar de los 32 residentes, los 20 usuarios del centro de día y los 34 trabajadores, entre los que no se registró ningún contagio ni sospecha de haber padecido el coronavirus.

Los primeros días del Estado de Alarma el equipo multidisciplar constituido al efecto se planteó suprimir personal y servicios no esenciales. Finalmente, se llegó a la conclusión de que todos eran importantes para que los mayores “tuvieran la cabeza ocupada” y se apostó por continuar con la misma línea de trabajo pero con un horario reducido, divididos por grupos de acuerdo a las características y patologías de cada usuario y protocolos específicos.

“Nos hemos organizado bastante bien. Obviamente que hubo mucha incertidumbre y preocupación, pero se tomaron decisiones acertadas, como limitar el tiempo de las noticias porque llegó un momento en que solo se escuchaba hablar de las residencias de mayores y eso nos iba a afectar psicológicamente a todos y nos iba a costar salir adelante.”, explicó el director del centro, Oscar González Gutiérrez.

Fue él quien les prometió que no les iba a ocultar nada, que la información sería de primera mano, solo que había noticias que le podían hacer daño y en cierto modo, era mejor evitarlas.

Cuando Josefina llegó al centro casi no podía caminar debido a una fuerte subida de azúcar. Y aunque no puede comer chocolate ni mucho dulce, el 7 de diciembre, no le faltará la “espectacular” tarta que le preparan en el centro. Ese día celebrará con todo el equipo y su familia sus 80 años y será “por todo lo alto”. Motivos no le faltan.

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