Claves para ser brillante

La nueva comunicación

Distancias, miradas y sonrisas enmascaradas

Que atravesamos tiempos difíciles, más que una conjetura es una realidad. Para muchos la pandemia también se ha llevado por delante un estilo de vida y nuestra forma habitual de relacionarnos, dejando paso a una casi penitenciaria fase de distanciamiento social.
Buscamos nuevos puntos de anclaje en una comunicación dificultada por mascarillas, pantallas, guantes y demás complementos sanitarios, para entablar conversaciones más o menos fluidas y vínculos sociales más agradables. ¿Misión imposible?

LO QUE EL VIRUS SE LLEVÓ
Lo cierto es que el mecanismo para descifrar al otro se ha tornado algo más complejo, desvelando la importancia y alcance de la conducta no verbal facial que tanto facilita nuestras comunicaciones. En su defecto, la mirada, la voz y los gestos acaparan el protagonismo, asistiéndonos en la difícil tarea de dar sentido al mensaje de nuestros interlocutores. Buena muestra de ello es el recién incorporado saludo con los codos, los besos volados o los abrazos al aire. Un repertorio gestual que casi nos ha convertido en una especie de emoticonos andantes.

Las mascarillas alcanzan a cubrir hasta dos tercios del territorio facial, reduciendo notablemente la capacidad de transmitir emociones y causando un profundo impacto en nuestra comunicación. Quizás saber que los seres humanos somos capaces de efectuar más de 3.000 combinaciones de expresiones faciales para comunicar diferentes emociones, de acuerdo con las investigaciones realizadas por el psicólogo Paul Ekman de la Universidad de California, nos permita hacernos una idea de la importancia del rostro a la hora de relacionarnos.

SONRISAS “ENMASCARILLADAS”
Nuestra expresión facial, ahora oculta bajo estas máscaras, ve coartada su portentosa fuerza comunicativa, impidiéndonos ofrecer algo tan esencial para la conexión humana como una sonrisa. La señal más visible y destacada de la que disponemos para denotar simpatía, amabilidad, calidez, cooperación o empatía hacia los demás.

La ciencia que hay detrás de una sonrisa es asombrosa. El extenso estudio de sus beneficios psicológicos nos revela fascinantes hallazgos, como el descubrimiento de que observar caras sonrientes activa la región del cerebro involucrada en el procesamiento de las recompensas sensoriales. Una especie de deleite inconsciente para nuestros sentidos que explicaría, en buena parte, la razón por la que las personas que sonríen establecen vínculos más positivos y una conexión más inmediata en sus interacciones, viven más años y gozan de un sistema inmune más robusto. Tanto es así que, hasta uno de los cuerpos de enfermería más grandes del mundo, el Royal College of Nursing del Reino Unido, tiene una sección en su sitio web dedicada a la importancia del lenguaje corporal en el entorno sanitario.

MIRADAS AL DESNUDO
Pero ahí no acaba la cosa. Las mascarillas también han puesto de manifiesto la importancia de la mirada. Nos miramos más, quizás con más atención y curiosidad que de costumbre, ya que se ha convertido en el método más eficaz para detectar rostros conocidos. Y es que el mensaje de los ojos es difícil de camuflar. Tiene el poder de emanar la desconfianza, miedo, inseguridad, picardía, soberbia, tristeza, simpatía o bondad que hay detrás de una persona. Y, junto a las cejas, muestran uno de los rasgos más definitorios de un individuo.

Curiosamente, en el caso de las sonrisas los ojos también tienen mucho que decir, ya que nos permitirán identificar las más genuinas. ¿Cómo descubrirlas? Resulta que al articular el mecanismo facial que las dispara, no sólo accionamos la musculatura de la boca, sino que además se produce la contracción de las mejillas y del músculo orbicular alrededor de los ojos, haciendo que los ojos también sonrían a través de las características patas de gallo. Así que ahora más que nunca, es el momento de las sonrisas sinceras. Las que no lo son, tienen una función más social, son la puesta en escena para la foto, o el disimulo hábil ante el desacuerdo o el rechazo, pero que sin remedio dejan al descubierto la insalvable inexpresión ocular.

Las normas sanitarias y el miedo al contagio también han afectado de manera monumental a nuestro canal de comunicación táctil, la proxémica. Las distancias nos impiden el contacto físico al que, en mayor o menor medida, estamos tan acostumbrados. Nada de apretones de manos, palmaditas en la espalda, mimos o arrumacos. El espacio personal, nuestra burbuja de seguridad, ha ampliado su radio. Las barreras invisibles nos mantienen en un constante e incómodo estado de alerta, alterando nuestro movimiento corporal natural, con frecuencia esquivando obstáculos como si fuéramos personajes de un videojuego.

¿Volveremos a ser “normales”? Quizás, pero no estoy tan segura de que volvamos a ser los mismos.

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