san juan de la rambla

La historia de una niña que muy pronto conoció la guerra

La hija de Antonio Montes, 'el rojo', como lo conocían en San Juan de la Rambla, relata con una memoria pasmosa a DIARIO DE AVISOS algunos de los episodios más duros de la vida de su padre
Rosita, hija de Antonio Montes. | Fran Pallero
Rosita, hija de Antonio Montes. | Fran Pallero
Rosita, hija de Antonio Montes. | Fran Pallero

“En agosto de 1930 se colmó de alegría mi hogar. ¡Qué dicha tan grande! Fifa, con la mayor felicidad, había dado a luz a una preciosa niña”. Con estas palabras, el rojo Antonio Montes (1901-1961), cuya vehemente biografía ya relatamos en este periódico, daba la bienvenida al mundo en sus memorias a su tercera hija. Rosa Cándida Montes Hernández, o Rosita, como la llamaba cariñosamente su padre, nació un 29 de agosto en el municipio tinerfeño de San Juan de la Rambla. Ahora, 90 años después, esta ramblera de memoria pasmosa cuenta algunos de los episodios más sombríos en la vida de su progenitor. “Era muy cariñoso y detallista”, declara la protagonista de esta entrevista, quien recuerda que “por las noches nos animaba a mis hermanos y a mí a interpretar personajes de teatro”. “Estábamos muy unidos”, recuerda.

Una mañana cualquiera, después de que un alzamiento militar dividiera España en dos, Rosita, con tan solo seis años, se quedó sin poesías ni funciones nocturnas. Antonio Montes, concejal republicano de su Ayuntamiento, fue detenido y trasladado a la prisión de Fyffes, en Santa Cruz de Tenerife, donde fue torturado. “Mi padre estuvo unos tres años encarcelado y, aunque es solo un ligero recuerdo, estoy segura de haber ido a visitarlo”, explica la casi nonagenaria. Lo que sí evoca con claridad es el ímpetu de Josefina, su progenitora, que removía cielo y tierra para demostrar que su marido era un buen hombre. “Todas las eminencias del pueblo por aquel entonces firmaban los documentos que avalaban las palabras de mi madre, excepto una que prefiero guardármela para mí”, indica.

Fueron tres largos años de miseria y penuria para esta familia ramblera que, gracias a unas pequeñas huertas que poseían, pudieron salir adelante. “Desayunábamos siempre lo mismo: un revoltijo de café, gofio y leche; a mí me encantaba pero era lo único que había”. De aquella niñez, marcada por la Guerra Civil, también menciona cómo solía bajar el brazo disimuladamente cuando le obligaban a cantar el Cara al sol en la escuela. Durante ese periodo, en el que Rosita apenas entendía de bandos republicanos o nacionales, sí tenía clara una cosa: su padre merecía ser libre.

Anotnio Montes fue concejal de la Agrupación de Izquierda Republicana e, incluso, llegó a ser alcalde durante varios meses. | Fran Pallero
Anotnio Montes fue concejal de la Agrupación de Izquierda Republicana e, incluso, llegó a ser alcalde durante varios meses. | Fran Pallero

Tras un golpe celestial -Antonio Montes fue liberado por un íntimo amigo suyo que, casualmente, era el cura que lo iba a confesar antes de su ejecución-, el republicano volvió a su pueblo, pero ya no era el mismo. La ramblera ya tenía 9 años. “Aunque con sus hijos nunca comentó nada de su experiencia en prisión, solía tener pesadillas y pasaba muchas noches en vela”, afirma la entrevistada, quien sabe gracias a Josefina, o Fifa, como la llamaba su marido, que “lo martirizaban metiéndole astillas por las uñas y pinchándole los testículos”. El rojo logró salir vivo de Fyffes con una serie de condiciones. A continuación, cito algunas recogidas textualmente en el documento original:

  • No podrá ausentarse sin permiso del Juez Instructor Provincial de Responsabilidades Políticas de Santa Cruz de Tenerife de su residencia habitual.

  • En el plazo de ocho días, deberá presentar una relación jurada de todos sus bienes, de los de su cónyuge, de los que tuviere en su poder propiedad de terceros y de todas sus deudas.

  • No podrá realizar actos de disposición de bienes, bajo apercibimiento de ser procesado por los delitos de alzamiento de bienes o desobediencia grave a la autoridad.

“La intimidación en el pueblo era tal que cuando mi padre iba a la iglesia, muchos observaban si se arrodillaba con la pierna izquierda o derecha”. La presión política hizo que la familia Montes se trasladara un año a la parte alta del municipio, donde el exconcejal de la Agrupación de Izquierda Republicana era muy querido. “Los vecinos de San José estaban muy agradecidos a mi padre porque durante su faceta como político había hecho mucho por ellos”, narra Rosita. Antonio Montes fue uno de los impulsores que consiguió que se instalara chorros de agua, proveniente de la Fuente de Pedro, por todos los barrios de la localidad norteña donde, hasta la fecha, los vecinos tenían que andar varios kilómetros para obtener tan preciado bien.

Los años de posguerra y el primer periodo franquista sumergieron al país en una profunda crisis económica. El padre de familia, como otros muchos canarios, viajó en 1948 a Venezuela para buscar un futuro mejor, y lo encontró. Allí estuvo unos cinco años junto a su primogénito hasta que en 1953 el resto de los familiares, en concreto, su mujer y otros ocho retoños -entre ellos, Rosita-, pudieron mudarse a la conocida como la octava isla canaria. “Para Caracas no, ¡para China!”, solía decir Josefina, su madre, porque no veía la hora de comenzar una nueva vida lejos de la represión y la pobreza. “Mi padre y mi hermano José Manuel eran comerciantes en Caracas: tuvieron un negocio de víveres, trabajaron en las oficinas de un hipródromo y en el Banco Provincial de Venezuela”, donde, con el tiempo, su hermano jugó un papel fundamental en el desarrollo de la institución.

Rosita, junto a sus padres, Antonio y Josefina, en su vivienda en Caracas. | DA
Rosita, junto a sus padres, Antonio y Josefina, en su vivienda en Caracas. | DA

Con una carta bajo el brazo, escrita por su padre y dirigida a su tía que decía “ahí te mando un pedazo de mi corazón”, Rosita regresó a la Villa de San Juan de la Rambla con el propósito de contraer matrimonio y formar una familia. De hecho, en 1956, cuando nació su primer hijo, José María -responsable de recopilar las memorias que dejó su abuelo-, se encargó de enviarle numerosos regalos que, por aquel entonces, escaseaban en el país -traje de bautizo incluido-. “Su gran ilusión era conocer al niño”, dice.

Antonio Montes falleció en Venezuela de un infarto con tan solo 60 años. “Durante los últimos años de su vida era un hombre triste y pensativo porque se vio impedido en sus proyectos e ideas”, cuenta la entrevistada, quien reconoce que “siempre quiso volver a San Juan de la Rambla”. Un pueblo que tanto le dio y tanto le quitó pero que siempre quiso. Hoy, los restos de Antonio Montes descansan en el cementerio del casco histórico de la Villa y ahora es su hija quien, a punto de soplar las 90 velas, recuerda los pasos de un hombre que siempre formará parte de la historia de San Juan de la Rambla.

Pueblo pequeño, infierno grande

Rosita hace hincapié en una anécdota que tanto le ha hecho reflexionar estos últimos años. Y es que, según ella misma afirma, “la vida da muchas vueltas”. El padre de Antonio Montes, que era muy creyente, trajo de Cuba un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y lo donó al Ayuntamiento. Allí estuvo más de 70 años hasta que un día, un vecino allegado a su familia leyó el siguiente mensaje: “No descansamos en paz desde que entró esta maldita república y el cabecilla de todo esto es A. Montes”. Obviamente, su hija pidió al Consistorio el lienzo de forma discreta, sin revelar las duras palabras que este escondía. Hoy en día, ese cuadro cuelga de la pared de unos de los hijos de la escritora.

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