sociedad

El verano más extraño del mundo

La vida siempre aflora en verano, incluso con pandemia, en un país sostenido por prestaciones sociales que impiden un colapso total

Fran Pallero

Cuando tenía 16 años, mi madre, que era profesora de inglés, andaba obsesionada con que tenía que irme a algún sitio de Gran Bretaña para aprender el idioma. Como no quería que me fuera a uno de esos cursos carísimos donde los pibes se pasaban todo el día hablando en español con otros colegas y no aprendían nada, escribió a un amigo de la familia, Michael Dyson, un cura casi sesentón de Liverpool que vivía en un pequeño pueblo del noroeste de Inglaterra llamado Church Stretton, en el condado de Shropshire. Dyson, que escribía un diálogo filosófico en el periódico local entre sus dos perros, Gilbert y George, era uno de esos hispanistas ingleses absolutamente convencidos de la superioridad intelectual del raciocinio anglosajón, definido por un profundo sentido del humor, pero estaba fascinado al mismo tiempo con las culturas que forman España: la lenguas, la literatura, la comida, Lorca, Machado, la música, la parranda, la cofradía de pescadores de Arguineguín… Había venido a dar clases durante los veranos en los jesuitas de Las Palmas, en la época de Franco. Y ya nunca se desvinculó de España. Vino durante muchos años. Y muchos españoles, entre ellos, muchos jesuitas, iban a visitarlo a su casa.

Me imagino el coñazo que supondría para Dyson que apareciera por allí un pibito canario resabido y respondón, pero, extrañamente, hicimos buenas migas. Solo nos pidió una cosa, que le lleváramos tres cartones de tabaco Fortuna. Así que nos pegábamos tardes y noches fumando en su destartalado salón tomando té y café con leche, mientras leíamos, charlábamos y veíamos la televisión. Él intentaba practicar su español. Pero yo volvía rápido al inglés, porque se me aparecía el fantasma de mi madre diciéndome que me había pagado el billete hasta allá para aprender el idioma, no para perder el tiempo. Me llevó a los pubs de la zona, pura Inglaterra rural, a las casas de los parroquianos, a los canales, que recorrimos en barco, a algunos barrios obreros de Merseyside, en la zona de Liverpool, donde la gente lo apreciaba muchísimo por el curro que había hecho y por sus bromas. Y me buscó un trabajo en el Ozanam Centre, un centro donde los católicos británicos organizaban vacaciones para colectivos con problemas socioeconómicos, jóvenes, grupos con diversidad funcional, etc. A cambio de alojamiento y comida, me pasé allí dos veranos limpiando platos y baños y aprendiendo inglés, mientras escuchaba historias de gente hablando sobre los bombardeos de la II Guerra Mundial, preguntaba sobre el laborismo británico, recién llegado Tony Blair, paseaba por las viejas minas de pizarra del Norte de Gales, zona agreste, bella y deprimida, o descubría a Dylan Thomas, poeta virtuoso y bebedor hasta la muerte.

Sin aquel verano, yo no habría empezado a hacer Filología Inglesa, años después, en la Universidad de La Laguna. Y es posible que tampoco me hubiera dado por vivir fuera durante años. Porque a mí me daba angustia salir de mi casa. Pero el verano estira el cuerpo, lo desencaja y lo vuelve a encajar. Y a veces, sale otra cosa diferente. ¿Cuánta gente no maduró un verano y ya no volvió a ser exactamente la misma?
Te cambia el calor, las tardes en la playa, un golpe de Estado en la URSS, un agosto de 1991, las Olimpiadas, en 1992, las empanadillas de carne, los whiskys de tu tío, los besos en las verbenas, las caricias abuhardilladas, la romería de Chinamada, , la primera novela de Hanif Kureishi, la fiesta del agua, las terrazas de Madrid, la redacción del periódico, el primer Malibú con Coca Cola en las Fiestas del Cristo, compartido entre cinco adolescentes fascinados por su primer combinado. Y te cambia el coronavirus…

Porque las primeras vacaciones con pandemia me tocaron en julio. Y fueron extrañas, pero relajantes y baratas. Contenidas, en círculos pequeños, con mucha mascarilla. Unos días a La Gomera: hay gente en San Sebatián, la terraza de la plaza principal, donde están los laureles de Indias, ha recuperado la vida. No veo a Casimiro Curbelo tramando una moción de censura a Torres en ninguna mesa. Voy de la casa de mi madrina y su familia a la playa. Ya solo me apetece descansar en verano. Sacamos una mesa de la cocina al patio, que es un sitio más aireado. “Ha hecho falta una pandemia para salgamos a comer aquí fuera, con lo bien que se está”, dice su sobrina Eva. ¡Qué bonito es Agulo!

De vuelta al trabajo leo un tuit de David de la Hoz, diputado de CC, donde enlaza una entrevista en el diario argentino ‘La Nación’ , al economista Jacques Attali, miembro del Consejo de Estado Francés, asesor de Mitterrand, uno de los valedores de Macron. “La humanidad aún no comprendió la profundidad de la crisis que se avecina y el costo de la resurrección”, dice el titular. “Quiero decir, todos los países de Occidente y muchos otros de diversas partes del mundo inyectaron tanto dinero en el mercado a través de sus bancos centrales que están ‘escondiendo’ la realidad de la crisis. Eso permitirá ‘disfrazar’ la crisis, en una primera etapa, posponer sus consecuencias y llevar a las personas a pensar que será de fácil solución, con la mera impresión de dinero, pero eso no es verdad”. Attlali habla de la necesidad de una “economía de guerra”, de impulsar desde el Estado los cambios en los sectores productivos. Dice que hay sectores, como el turístico, el aeronáutico o el del automóvil que están catatónicos. Y apuesta por lo que llama “economía de la vida”: salud, educación, higiene, alimentación, agricultura, cultura digital…

Somos como un zombi con terrazas llenas. La economía española se desplomó el 18,5% del PIB -unos cinco puntos más en Canarias, según estimaciones- en el segundo semestre del año, pero la calle no es un erial ni un polvorín. Ahí están los ERTEs y el Ingreso Mínimo Vital. Escucho a los nacionalistas canarios poner el grito en el cielo por que el Estado tome prestado una parte de los ahorros de los ayuntamientos, que no han cobrado en los últimos años por las leyes de estabilidad presupuestaria, y me pregunto sinceramente si lo dicen en serio o es una pose, un relato, en medio de toda esta odisea de prestaciones sociales que está pagando el Estado.

Y entonces me acuerdo de Michael Dyson, de su humor escéptico. Del norte de Gales. Y me entran ganas de charlas en salones destartalados.