Inmigración

El padre Pepe, el ‘salvador’ de los inmigrantes que llegan a Tenerife

Seis jóvenes inmigrantes explican a DIARIO DE AVISOS la odisea que atravesaron para llegar a las Islas, hasta dar con su ‘salvador’

Algunos de los inmigrantes han logrado, gracias a donativos de la comunidad cristiana, trasladarse a la Península u otros países, donde residen sus familias. Fran Pallero
Algunos de los inmigrantes han logrado, gracias a donativos de la comunidad cristiana, trasladarse a la Península u otros países, donde residen sus familias. Fran Pallero

El leve susurro de las olas del mar, que habitualmente relacionamos con sensaciones como la tranquilidad y la calma, se puede convertir, en un abrir y cerrar de ojos, en una auténtica pesadilla; en fuertes embates que te sacuden y hacen que temas por tu vida. Todo depende del lugar donde nazcas. Para un habitante de las Islas, es posible que resulte un ambiente ideal para pasar las tardes veraniegas, pero para un africano que parte de su tierra natal rumbo al Archipiélago con el único propósito de trabajar para sacar adelante a su familia, se transforma en un campo de minas que recorre con una única certeza: la muerte siempre le va a estar pisando los talones, acechando en cada legua.

Así lo cuentan a DIARIO DE AVISOS Philippe, Mamadou, Boubacar, Ibrahim, Ly y Malán, seis inmigrantes de Guinea, Gambia y Senegal que llegaron en patera a Canarias en octubre del año pasado, y que relatan su ruda travesía de nueve días a bordo de un cayuco. Cerca de 200 horas en las que se quedaron sin suministros y confluyó una mezcla de sentimientos; entre miedo, hambre y, finalmente, esperanza. En ese orden.

“Cuando era niño pensaba mucho en ir a Europa, me gustaba. Había amigos que me decían cómo era, que era difícil. Pero yo seguía queriendo ir”, destaca Boubacar en un claro castellano, aprendido a lo largo de los últimos meses. En su cultura, los varones, al cumplir los 11 o 12 años, deben buscar un oficio para llevar dinero a casa. Y él, siguiendo la tradición, se dedicó a la pesca, empleo con el que aportaba sustento al hogar. Pero sabía que en el continente vecino le podía aguardar una vida mejor, alejada de la pobreza o, al menos, eso era lo que le contaban sus conocidos.

Aunque para viajar, en primer lugar debía reunir el dinero que el patrón de la embarcación le pedía: de 400 a 500 euros. Una cifra que los miembros del grupo entrevistado por el DIARIO tardaron, de media, tres años en reunir, teniendo en cuenta los bajos salarios de sus países de origen. Además, deben hacerlo a espaldas de sus familias, ya que, según explica Boubacar, “piensan que vas a morir en el agua” e intentan disuadirlos de la idea de irse. Sin embargo, aclara que “cuando los llamas [al llegar al destino], están muy felices porque saben que estás bien”, dado que ven en nuestras islas una tierra de oportunidades.

La incertidumbre no cesa en ningún momento. A partir del pago al responsable del trayecto, pueden transcurrir hasta tres y cuatro meses para que, con un plazo de antelación de 48 a 72 horas, este les indique el enclave al que tendrán que ir, de noche, para zarpar en busca de ese mejor porvenir. Salen en medio de la oscuridad para no llamar mucho la atención. En este caso, lo hicieron desde Bakau, localidad a unos pocos kilómetros de Banjul, Gambia. Y allí les deparaba una verdadera odisea, pero ellos no eran del todo conscientes de lo que se les venía encima.

Boubacar describe un terror inmenso que se apoderó de ellos desde el minuto uno, pues pasaron muchas horas hasta que comenzaron a ver los primeros rayos de luz; navegaban en la penumbra, desorientados, sin saber a dónde se dirigían. “Dentro del barco no había dónde dormir”, explica sobre lo apelmazados que se encontraban en la embarcación. Es más, confiesa que “orinábamos en una botella”. Esa fue la dinámica que siguieron durante cuatro eternas jornadas: por el día, observaban a lo lejos buques que les costaba diferenciar; por las noches, los movimientos del cayuco se hacían más violentos, y había un temor general a naufragar.

Según la Biblia, al quinto día de la creación Dios dijo: “Quiero que los mares se llenen de seres vivos”. Estos jóvenes subsaharianos, navegando en alta mar y con edades comprendidas entre los 16 y 20 años, son musulmanes, y por ello se encomendaron a su deidad cuando, precisamente en su jornada número cinco, se quedaron sin suministros. “Cuando se acabó el agua, bebimos la del mar”, cuenta Boubacar, que tuvo en aquellos instantes una consigna cristalina: “Si Alá quiere que lleguemos, bien; si no…”.

Únicamente les restaba confiar en que un poder divino les salvara. “Pensábamos que solo nos quedaba morir”, admite. Y sus plegarias fueron escuchadas: “Un día vimos un barco grande y le hicimos señas con las manos, movíamos los brazos”, recuerda por su parte Ly. Se trataba de un buque de pesca árabe que les dio un poco de agua, pero que en seguida prosiguió su camino. No sería hasta el noveno día que volvieran a avistar otra embarcación -presumiblemente española-, que se aproximó, les facilitó líquidos para combatir la deshidratación, y esperó a que llegara un equipo de Salvamento Marítimo. Estaban a un paso de tocar tierra. “Subimos al barco rojo y nos despedimos de la patera: ¡Adiós! Había sido mucho tiempo en ella”, confiesa Boubacar.

A pesar de que su situación era mucho más favorable que al principio, la pesadilla no había acabado. Les aguardaba un viacrucis por distintos puntos de la geografía tinerfeña: dos días en Los Cristianos, 13 en La Esperanza, otros tres en Los Cristianos y, el resto de los 60 que, obligatoriamente, han de estar retenidos, los pasaron en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Hoya Fría. Luego, una vez transcurrido el plazo estipulado, y tras someterse a pruebas médicas que concluyeron que todos eran mayores de edad -aunque, en realidad, había jóvenes de 16 y 17 años-, se vieron en la calle y acabaron afincados en el entorno del Pabellón Pancho Camurria de Santa Cruz, que por su cercanía al Centro Municipal de Acogida (CMA), es frecuentado por inmigrantes y sintecho.

En un parque próximo a este enclave, se cruzaron con José Félix Hernández -más conocido como Padre Pepe-, párroco de la Iglesia de San Alfonso María de Ligorio, en Los Gladiolos, y del templo de Añaza, quien les invitó a formar parte de un proyecto de la Fundación Canaria el Buen Samaritano, de la que es presidente y fundador. Inicialmente, explica el sacerdote, eran de 15 a 17 chicos, pero, gracias a las contribuciones desinteresadas de la comunidad cristiana, algunos de ellos han podido costearse los pasajes para reunirse con sus familias, residentes en la Península y otros países de Europa.

Los restantes, que ya han iniciado los trámites para obtener asilo político en España, permanecen en las instalaciones de la entidad. Cuentan con un área de esparcimiento, duchas, sala de ordenadores -donde reciben clases de informática-, comedor, salón para estudiar o ver la televisión y terrenos anexos en los que cultivan tomates, berenjenas, lechugas, sandías, melones calabazas, entre otros, pues algunos de ellos, como Ly, se dedicaban a la agricultura. Aparte, aprenden español, una tarea que no les resulta fácil, pero en la que se esmeran para adaptarse y, una vez regularicen su documentación, zambullirse en la búsqueda de un trabajo. De hecho, afirman que esa es una de sus mayores preocupaciones: no poder enviar dinero a sus familias.

El más hábil en el idioma es Boubacar, de ahí que actúe casi de portavoz del grupo, aunque, tímidamente, Ibrahim y Malán también cuentan detalles sobre su vida, como que sus profesiones estaban relacionadas con la pesca; o Philippe, que era panadero. “Son súper educados, con valores muy buenos de respeto, de escucha, de saber vivir”, resalta el párroco, con el que los jóvenes se sienten en deuda. “Es muy buena persona”, dicen. Muestra de la moralidad que siguen los chicos, son los consejos que la familia de Boubacar le traslada cuando hablan por teléfono: “Ten cuidado, no tienes que robar ni hacer cosas malas”.

La diferencia de credo no ha sido un problema, según expresa el sacerdote. “Ellos rezan sus cinco veces al día y convivimos en paz”, reconoce. Y es que lo primordial es que tienen fe. La misma que les guió para luchar por lo que soñaban y lograrlo.

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Algunos de los inmigrantes han logrado, gracias a donativos de la comunidad cristiana, trasladarse a la Península u otros países, donde residen sus familias. Fran Pallero