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Un villero en el monte sagrado de Armenia

La pandemia de COVID-19 obligó a Antonio Pérez a cambiar sus planes y llevar la bandera de Pichón Trail Proyect a Turquía al no poder cumplir su sueño de ser el primer tinerfeño en subir los 8.163 metros del Manaslu, la octava cima más alta del mundo, en Nepal
ANTO ILLIMANI MERA
ANTO ILLIMANI MERA
Antonio subió al monte Ararat con la bandera de Pichón Trail Project con el lema ‘corremos por la esclerosis múltiple’, una iniciativa que apoya y que busca dar visibilidad a las personas que sufren esta enfermedad. CEDIDAS POR ANTO ILLIMANI MERA

Fue en febrero de este año cuando Antonio Miguel Pérez Rodríguez, vecino de La Orotava y montañista, comenzó a buscar patrocinadores para poder conseguir su siguiente reto: ser el primer villero y tinerfeño en subir los 8.163 metros del Manaslu, la octava cima más alta del mundo, en Nepal.

La pandemia de COVID-19 truncó su sueño que terminó en el Ararat, el monte sagrado de Armenia pese a que está ubicado y pertenece a Turquía tras el Tratado de Lausanne firmado en 1923, una vez finalizada la primera Guerra Mundial.

El Ararat es un volcán de 5.137 metros de altura que es parte de la Armenia Histórica -de hecho su silueta aparece en el escudo nacional- y según la propia Biblia, fue allí donde se posó el Arca de Noé después del diluvio universal.

Allí subió Antonio los días 18, 19, 20 y 21 de septiembre, después de varias cancelaciones de vuelos y una organización de viaje improvisada y “relámpago” Y lo hizo con la bandera de Pichón Trail Project con el lema ‘Corremos por la esclerosis múltiple’, una iniciativa que apoya y que busca dar visibilidad a las personas con esta enfermedad.

Llegó al extremo oeste de Turquía, a un pueblo perdido llamado Dogubayazit, sin tener siquiera la certeza de que su contacto vía redes sociales y del que solo conocía el nombre de pila, Orhan, iba a estar allí.

Subir no fue sencillo porque los mejores meses para hacerlo son los de verano. Fuera de esta época, comienza el mal tiempo y un frío intenso del que no escapó. Se encontró con nubes permanentes que le hicieron temer el éxito de la ascensión.

El trayecto no fue lo cómodo que esperaba pero al final todo salió bien. Técnicamente el ascenso no es complicado. Le llevó poco más de dos días y uno entero la bajada. Las nubes lo acompañaron en todo el trayecto y pasados los 4.800 metros ya estaban metidos dentro de ellas y con un frío profundo, 20 grados bajo cero, según marcaba el reloj de uno de sus compañeros, que, agravado por el viento, hacía que la sensación térmica fuera todavía menor. “Hubo ratos incómodos y duros antes del amanecer”, confiesa Antonio por teléfono a este periódico.

De hecho, una de las chicas que iba en el grupo -eran seis personas, cuatro de nacionalidad polaca, una china y él-, tuvo que regresar porque le era imposible continuar.

La última ascensión, casi a 5.000 metros de altitud, tiene una parte rocosa con un glaciar que requiere equiparse con crampones pero que no es tan exigente en cuanto al nivel de elevación. “Lo hizo difícil el frío y el viento que azotaba en la cumbre. Había que estar muy bien aclimatado pero yo subí cómodamente porque tenía una buena base con el Teide, donde me preparé varias veces los últimos fines de semana”, afirma. La mayor molestia para él fue en las manos, que tiene afectadas de fríos anteriores, pero “disfrutó muchísimo de la montaña y de la cima, donde tuvieron suerte porque allí el cielo era completamente azul y la nube no estaba encima de ellos sino rondando”.

Además, al estar fuera de la temporada habitual estaban completamente solos, tanto en los campamentos como en la montaña y eso, para Antonio, “hace que aproveches todavía más el momento”.

De regreso a Turquía, Antonio cuenta que hay algo místico en el Ararat que hace que abras tus ojos y ya nunca mires como antes. Una sensación difícil de describir con palabras y que seguramente es la misma que sienten los armenios para considerarlo un lugar sagrado y la que sintió Noé al elegirlo como refugio tras el diluvio universal.

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