política

El trumpismo no era flor de un día, sino señal de una época

Es posible que gane Biden, pero queda por delante mucho camino para desactivar el malestar que produce esta ola ultraderechista
Foto de un grupo de seguidores de Trump. Reuters
Foto de un grupo de seguidores de Trump. Reuters
Foto de un grupo de seguidores de Trump. Reuters

Al caer la noche, cuando acabo de trabajar y ceno algo, me subo a fumar dos cigarros a la azotea. Son los dos únicos del día, salvo si salgo a tomar unas copas, que es algo que no hago desde el verano, en los mejores momentos de la pandemia. Creo que los mantengo como parte de un ritual personal, un momento de hedonismo en medio de un montón de obligaciones diarias. Pero, aunque me sigue resultando placentero, nunca puedo evitar sentir una punzada de culpa, como si algo profundo en la conciencia me estuviera diciendo que ya es hora de dejarlo. Al caer la noche también, Donald Trump se pone a ver la televisión hasta altas horas y tuitea sin pudor mientras se come una hamburguesa. Casi cada noche. Sin sentimiento de culpa.

Ser un demócrata, en el siglo XXI, exige un esfuerzo permanente. Ya no se trata de reconocer el derecho al voto para todo el mundo o una cierta igualdad de derechos. Hay que vivir en una sociedad cada vez más compleja y diversa, con múltiples intereses y demandas que vienen de colectivos de todo tipo. En una reflexión permanente sobre las relaciones de poder, el lenguaje, el género, etc. Y las injusticias, discriminaciones o excesos son inmediatamente señalados en redes y medios donde las críticas son, a veces, muy virulentas.

Trump es un inmenso corte de mangas a todo eso, un “me importa un bledo que no te guste lo que digo, que te ofenda o que me critiques”. Y cuatro años después de ganar a Hillary Clinton, feminista de larga trayectoria y miembro del establishment progresista estadounidense de cultura refinada y casas caras, hemos comprobado que no era un accidente coyuntural, sino una ruptura política histórica que ya ha arraigado en la sociedad estadounidense. Aunque finalmente gane Biden, Trump y lo que representa, están ahí. No se van a marchar de repente. Tienen mucha base.

Por un lado, Trump ha conseguido conectar con el espíritu capitalista estadounidense, que no es solo una cosa de grandes corporaciones, sino también de la ambición individual que habitaba en los pioneros americanos que ampliaban la frontera del país hacia el Oeste, a lo John Wayne, sin demasiadas normas, sin controles de armas. Y que se manifiesta también en ese ánimo empresarial de ser dueño de tu propia vida, de la nada al éxito, como las novelas de Horacio Alger en el siglo XIX. Sin intervención del Estado, sin impuestos, sin controles medioambientales; trufado todo con ese aroma nacionalista y popular del Make America Great Again que entusiasma a la clase obrera blanca depauperada por la deslocalización de empresas. Pero al que se suman también los emigrados cubanos y venezolanos de Florida, alérgicos a todo lo que les huela a socialismo; contentos con la política económica de Trump, que llevó el paro al 3%; ajenos a sus excesos verbales con los hispanos. Al fin y al cabo, las deportaciones de emigrantes durante la época de Obama no pararon. Por muy progresista que se dijera.

Trump, como decía ayer el politólogo canario Ayoze Corujo, “ha cumplido con sus promesas electorales: nacionalismo económico, lucha contra la inmigración y retirada de organismos, y crítica a instituciones internacionales”. Lo votaron para eso. Aunque pueda no gustarnos nada de nada. Ni a Corujo. Ni a mí. Ni a usted.

Pero Trump conecta bien también con ese anti-intelectualismo contemporáneo y transversal que corre como un tiro por Internet mientras se desvanecen las viejas jerarquías del conocimiento y las aspiraciones ilustradas. En vez de información, info-entretenimiento o fake-news. Aunque suponga ignorar una pandemia, a pesar de los muertos. Que es como comerse una hamburguesa todas las noches, a pesar del colesterol: no me amargues la vida, déjame vivir tranquilo.

Y frente a la élite progresista, cada vez más desvinculada de las penurias y precariedades de la clase obrera, Trump ha conseguido aparecer como un tipo cercano, capaz de conectar con sectores populares.

El escritor Jim Goad, que lo votó en 2016 -no sé esta vez- y que es autor del Manifiesto Redneck, un retrato de la clase obrera estadounidense más pobre, descalificaba así a los sectores progresistas.
“El hirviente asco progresista que despierta la basura blanca [the white trash, así se denomina despectivamente a este sector de la sociedad] se evapora bajo la elevada fricción de la vehemencia de su propia ilógica. El análisis de la clase progresista se desmorona en el mismo instante en que se observa bajo la luz de… bueno, del propio análisis de la clase progresista. Este análisis comprende de buena gana los imperativos económicos que existen tras las bandas callejeras, pero no tras los destiladores ilegales de las zonas rurales. […] Celebra la diversidad, aunque frunce el ceño sistemáticamente ante la experiencia de la clase obrera blanca. De algún modo, el obrero blanco siempre parece quedar excluido de la ecuación multicultural, se ve que posee una tez demasiado pálida para formar parte de sus coaliciones multicolores”. Y ahí está el malestar, acumulado, resentido, doloroso, dando síntomas, con el populismo de derechas ganando espacios que antes fueron de izquierdas o de otros partidos democráticos.

Ayer, las redes sociales en España bullían con mensajes de Vox reivindicando a Donald Trump y la América popular y rural donde ha concentrado un apoyo importantísimo, frente al voto más progresista de las zonas urbanas. Porque EE.UU. tiene capacidad para irradiar a todos lados.

Y mientras, los medios de comunicación más importantes de EE.UU. han sido incapaces de detectar la magnitud del arraigo político del actual presidente del país y de su populismo. Quizá para no dar eco a mensajes que no nos gustan, no somos siempre capaces de retratar las sociedades que estamos contando. Es un tema para reflexionar bien.

Al caer la noche, cuando me subo a fumar y me asalta esa punzada de culpa por el placer prohibido, me sale instintivamente un miedo, como si necesitara protección ante tanta incertidumbre. El abismo es siempre individual, evidentemente, y nadie lo puede afrontar salvo uno. Pero quizá hubo otra época en la que la gente se sintió más segura. Al menos, con la certidumbre de que había un horizonte claro por donde construir. Si Biden finalmente gana, EE.UU. habrá vuelto un poco hacia atrás para tomar reposo.

Pero a los demócratas les queda la enorme tarea de construir un nuevo marco político, un salto adelante.

Nosotros también tenemos que construir esa sociedad con expectativas de seguridad y cuidados para que el populismo ultraderechista no nos arrase.

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