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Fallece don Damián Iguacen, obispo emérito de Tenerife

Con 104 años, era el prelado más longevo de la Iglesia Católica
Damián Iguacen Borau

Al paso de los años, la voz pausada de don Damián se resistía a perder su fortaleza maña, el ímpetu que cultivaba con humor mientras trataba de esquivar la tormentosa pandemia. El inevitable quiebro, su muerte, llegó ayer a las puertas del Adviento para que su luminosa luz, de brío sencillo, entrega generosa y firme alegría, contara con el sereno espacio que le ha permitido rubricar el diálogo definitivo con Santa María Madre de Dios. Con 104 años, cumplidos el pasado febrero, que le otorgaban el rango de ser el prelado más longevo de toda la Iglesia Católica, y tras rebasar en octubre sus bodas de oro episcopales, el obispo emérito de Tenerife, “al último de todos, el servidor de todos”, ha querido entregarnos la postrera y más amplia felicitación de Navidad, saludo que suma a la que año tras año, con puntual alegría, ha ido resumiendo su atento “diálogo, oración y conversación con María y con Jesús”.

Al escribir estas líneas se hace inevitable recordar la llamada incesante que nos hacía llegar el teletipo en una tarde estival, con el nervio informativo sintiendo a flor de piel la proximidad de la Hora punta, que hacíamos en Radio Club Tenerife. Nuestro empeño era incesante para tenerle en antena y poder establecer a través del teléfono una conexión. Queríamos disponer de sus palabras, de su voz unida a la referencia que señalaba su nombramiento como obispo de Tenerife.

Han pasado 36 años de aquel, su primer saludo a los fieles de la Diócesis, a todos los ciudadanos de las Islas, a las que aceptaba llegar con afán de servir. Antes de tenerle al teléfono nos atendió una de sus hermanas, que con afecto y visible pesar, sin ocultar preocupación, nos pidió “trátenlo bien. De aquí se nos va un ángel y no saben ustedes la suerte que Dios les envía. Cuídenlo mucho”. De fondo percibíamos el eco de muchos que sentían perderle.

Iguacen Borau nació en Fuencalderas (Zaragoza), en 1916. Entre sus recuerdos imborrables situaba un lugar preminente el trabajo de su padre, peón de caminos, las medidas de autoprotección que, como otros muchos, puso en marcha su familia ante la gripe que acompañó a la Gran Guerra Europea y la llamada que sintió para al sacerdocio “que me invitó a hacer más fácil el camino de todos, siendo un peón en los caminos de Dios”. Le tocó vivir en primera línea la guerra española, como telegrafista, y fue en 1941 cuando recibió la orden sacerdotal. Tras ejercer como párroco en varias localidades de Huesca y como vicerrector del Seminario de esa diócesis, pasó a estar al frente de las diócesis de Barbastro y de Teruel-Albarracín. El nombramiento como obispo de San Cristóbal de La Laguna se produjo tras el fallecimiento de monseñor Luis Franco Gascón.

Recordaba Damián Iguacen hace unos meses que recibió aquella noticia en el transcurso de la visita que el nuncio Antonio Innocenti le hizo mientras dirigía unos ejercicios a jóvenes. “El papa Juan Pablo II le traslada de Teruel a Tenerife”. Cuando llegó a Tenerife no faltaron especulaciones con afán de establecer causas y efectos, que recordaba con su ocurrente humor: “Algunos decían que obedecía al hecho de que me había ocupado de los limites diócesis, entre Barbastro y Cataluña, y creían que me lo impusieron como castigo. Yo les decía que si venir a las Islas Afortunadas es un castigo, pues bendita Gracia Divina”. A su toma de posesión de la Sede Catedral de La Laguna, el 28 de septiembre de 1984, asistió un amplio grupo de fieles y religiosos aragoneses.

El obispo Bernardo Álvarez ha mantenido un diálogo continuado con don Damián, señalando que “su llegada representó para la diócesis el impulso hacia con una renovada primavera”. Ha estado especialmente al tanto de su salud, como lo han hecho otros muchos religiosos y seglares, visitándole o mediante llamadas telefónicas. En las conversaciones, era constante las muestras de ánimo a los sacerdotes: “Les pido que sigan adelante, dando buen ejemplo, como siempre han hecho. Que no se cansen de entregar su vida por la salvación de las almas. Que sean fieles al Señor, que los quiere contentos, alegres, fomentando las vocaciones y siguiendo la doctrina de la Iglesia”.

A don Damián le acompañaban un cúmulo de añoranzas, en especial por sus trabajos entre los jóvenes y con los matrimonios. Fue en nuestra diócesis donde se iniciaron los curso prematrimoniales, que se han extendido en todo el Estado. No han cesado durante estos años los saludos telefónicos que recibía directamente o a través de las hijas de Santa Teresa Jornet, de la residencia Padre Saturnino López Novoa, de Huesca. “Al terminar el saludo con los canarios- recuerda una de las religiosas- siempre nos decía: “Me parece que me siguen queriendo mucho”. En 2005 asistió, junto a su sucesor en la diócesis Felipe Fernández, a la ordenación episcopal del actual prelado Bernardo Álvarez, al que en 1989 llamó para crear la Asamblea Diocesana, antesala del Sínodo.

Don Damián seguía con interés la evolución de su Diócesis Nivariense, en la que deja una huella indeleble: la Casa de Acogida de El Sauzal, el Hogar Santa Rita, el inicio de las obras de la Casa Sacerdotal en La Laguna, la puesta en marcha del Proyecto Hombre, del Instituto de Teología de la Diócesis y, en especial, la ordenación de 21 sacerdotes.

Su sólida preocupación por preservar el patrimonio eclesiástico le llevó a presidir la Comisión sobre esa materia dentro de la Conferencia Episcopal, tarea a las que sumó su participación en las comisiones de Liturgia y de Vida Religiosa, asistiendo activamente a comunidades y en la dirección de ejercicios espirituales en España, Cuba, Argentina, Brasil, Italia y Francia.

En uno de sus Diálogos, en concreto, en la oración que sostiene con la advocación que titula Santa María del Buen Humor, deja el siguiente saludo: “Gracias, Señor, porque he caído en la cuenta de que el humor es la mejor manera de tomarte en serio. Dame sentido del humor, compañero inseparable del amor cristiano, señal de madurez. Dame sentido de la proporción, lucidez para jerarquizar los valores, inquebrantable fe en la eficacia de los medios pobres. No me importa hacer el ridículo ante la gente; me importa no hacer el ridículo ante ti que has puesto al revés los valores del mundo”. Nuestro Obispo Emérito quiso estar “alegre siempre, siempre de buen humor y, además, contagiarlo a los que están a mi vera. Dame humor, buen humor, sentido del humor”.

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