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La última ferocidad del franquismo en Tenerife

Se cumplen 45 años de la brutal muerte de Antonio González Ramos, trabajador tinerfeño vinculado a la Oposición de Izquierda, a manos del comisario José Matute, durante un interrogatorio en los calabozos del Gobierno Civil de Santa Cruz de Tenerife
Antonio González Ramos murió en la madrugada del 31 de octubre de 1975. DA
Antonio González Ramos murió en la madrugada del 31 de octubre de 1975. DA
Antonio González Ramos murió en la madrugada del 31 de octubre de 1975. DA

En la madrugada del 31 de octubre de 1975 seis miembros de la Delegación Especial de la Dirección General de Seguridad, acompañados de cinco guardias civiles del Servicio de Información, llamaron a la puerta de una vivienda en La Laguna. Antonio González Ramos, un trabajador de la empresa tabaquera Philips Morris vinculado a la Oposición de Izquierda (OPI) -germen del Partido de la Unificación Comunista de Canarias-, abrió la puerta y los agentes se abalanzaron sobre él.

Tras un minucioso registro de la casa, fue detenido en presencia de su mujer y sus cuatro hijos, de 3, 9, 11 y 12 años, y trasladado a los calabozos ubicados en el sótano del edificio del Gobierno Civil (actual Subdelegación del Gobierno), en la calle Méndez Núñez de Santa Cruz de Tenerife, donde le esperaba el temido comisario José Matute Fernández, jefe de la Brigada de Investigación Social, un matón cinturón negro de judo, tercer dan, con un historial cargado de denuncias por malos tratos.

El real decreto 10/1975 de prevención de terrorismo permitía entonces prolongar las detenciones en dependencias policiales hasta los 10 días (cinco inicialmente, más una prórroga de otros cinco) y se le aplicaba también a quienes hicieran propaganda contra el propio real decreto.

González Ramos, al que la Policía llegó a acusar de tenencia de explosivos, sufrió una brutal paliza durante el interrogatorio por la obsesión del inspector en conocer los nombres de quienes le acompañaban en la lucha contra un régimen que se apagaba como la vida de su dictador. Según el sumario judicial, “estando con las muñecas en la espalda y tan fuertemente esposadas que luego aparecerían erosionadas, el inspector Matute le golpeó repetidamente con la mano abierta en el cuello, propinándole rodillazos en el estómago, y, una vez derribado en el suelo y en posición decúbito supino, se dejaba caer con las rodillas sobre la caja torácica y boca del estómago, ocasionándole, según reveló la autopsia, fractura de la segunda a la séptima costillas izquierdas, así como la quinta, sexta y séptima costillas derechas, fracturándole, asimismo, el esternón, con hemorragia en el mediastino anterior, y produciéndole asimismo múltiples lesiones, con hígado desgarrado y con hematomas en celda renal derecha, alcanzándole la columna vertebral, en la que se dio una ligera infiltración sanguínea”.

El ensañamiento contó con la complicidad de un cabo primero de la Guardia Civil, que sería acusado como presunto encubridor. Ante la gravedad de las heridas se avisó a un médico de la clínica Santa Águeda, próxima a la plaza Weyler, que solo pudo certificar la defunción a las 03.45 horas. El informe médico desmontó la versión de Matute, que ideó un supuesto lanzamiento del trabajador para escapar del coche policial cuando circulaba por la autopista camino del Gobierno Civil.

Sobre Matute recaía previamente una condena de cinco meses de arresto, seis años de destierro de la provincia y el pago de 75.000 pesetas por un delito cometido el 20 de septiembre de 1975 (40 días antes de la muerte de González Ramos) por lesionar durante otro de sus interrogatorios al estudiante tinerfeño Julio Trujillo Ascanio, de 21 años. Según el sumario, Matute “le golpeó en repetidas ocasiones con la mano en el cuello y en los oídos, haciendo uso de técnicas de judo, que el procesado domina en su calidad de cinturón negro y profesor nacional de defensa personal, propinándole, además, varias patadas en los testículos”.

El inspector José Matute Fernández. DA
El inspector José Matute Fernández. DA

ley de amnistía

El policía jefe de la Brigada Social huyó a Venezuela y tras la muerte de Franco regresó a España, convencido de que la llegada de la democracia le eximiría del delito. Fue procesado por homicidio y permaneció un año en prisión provisional en Madrid a la espera de un juicio (debía comparecer ante la Audiencia Provincial tinerfeña el 9 de noviembre de 1977) que nunca se celebró, porque, tal como preveía, la Ley de Amnistía lo dejó en libertad en octubre de 1977, reincorporándose a sus tareas como policía en la capital de España. También resultaría amnistiado el cabo primero de la Guardia Civil procesado en grado de complicidad en la misma causa.

Se dio la circunstancia de que, durante la tramitación del procedimiento judicial, el Ministerio Fiscal intentó renunciar a su competencia para que el caso pasara a manos de la jurisdicción militar, con el argumento de que uno de los detenidos, el cabo primero, tenía condición militar, pero el Tribunal Supremo lo rechazó.

Una de las víctimas de las técnicas interrogatorias de Matute fue Arcadio Díaz Tejera, actual juez de control de los Centros de Internamiento de Extranjeros de la provincia de Las Palmas, que a sus 21 años ya formaba parte de una de las células de izquierdas que operaba en la clandestinidad.  “Me detuvieron y durante cinco días recibí dos sesiones diarias de palizas por parte de Matute en el mismo lugar donde pocos días después moriría Antonio González Ramos. Me daba golpes por todos lados, a veces de frente y a veces por la espalda, cuando yo no tenía posibilidad de preverlo. Me pedía información y, sobre todo, el nombre de compañeros”, recordaba a este periódico Díaz Tejera en el 40 aniversario de la muerte de González Ramos.

De izquierda a derecha: Santiago Pérez, Arcadio Díaz Tejera y Andrés Doreste, en una imagen de 1975, meses antes de la muerte de Franco. DA
De izquierda a derecha: Santiago Pérez, Arcadio Díaz Tejera y Andrés Doreste, en una imagen de 1975, meses antes de la muerte de Franco. DA

El juez grancanario, que en aquel momento esperaba su primer hijo, subrayó que “el resto de agentes no me tocaron”. En su mente aún perdura el aspecto siniestro de Matute, con bigote recortado, actitud chulesca y sus comentarios machistas: “Cada mañana llegaba y contaba sus conquistas amorosas de la noche anterior con prostitutas. No tenía escrúpulos”. Díaz Tejera también reveló por primera vez las secuelas que arrastra de los interrogatorios del policía torturador: “Aquellas palizas me marcaron. Los golpes a traición por la espalda me han dejado secuelas psicológicas. Hoy sigo sin poder sentarme en una silla que esté de espaldas a la gente. No lo he podido superar”.

Santiago Pérez, actual concejal de Urbanismo de La Laguna, era uno de los nombres que perseguía Matute. Jamás olvidará la imagen que le contó un testigo presencial en los calabozos del Gobierno Civil: “Dos policías arrastrando por los pasillos tras cada sesión de tortura a Arcadio, a quien llamábamos King Kong porque pesaba 90 kilos y era muy fuerte. Uno de los nombres por los que preguntaba Matute era por el mío y jamás me delató. Eso nunca lo olvidaré”.

El edil lagunero, entonces con 20 años, escapó por los pelos. “Uno de aquellos días, llegando a casa de mis padres, me percaté de que había un coche policial camuflado, que conocía porque me llegué a aprender hasta las matrículas. Algunos compañeros ya me habían advertido de que los agentes iban enseñando por ahí una foto mía. Hui y estuve 15 días escondido, primero en Las Canteras y después en Santiago del Teide. Posteriormente, me fui a Barcelona, donde estuve casi dos meses. Vivía como un espartano”.

“Antonio González Ramos, en cambio, no corrió la misma suerte, porque él no podía huir como nosotros, era un padre de familia, tenía cuatro hijos y estaba obligado a ir todos los días a trabajar. Lo tenían localizado”, manifestó Pérez, que atribuyó las detenciones de sus compañeros activistas a la “incorporación al círculo de un joven peninsular, aparentemente un activista contra el régimen, que resultó ser un infiltrado de la Policía”. Tanto Santiago Pérez como Arcadio Díaz Tejera recordaron el “gran nerviosismo” del régimen en los meses previos a la muerte de Franco, “lo que hizo que sus últimos coletazos fueran especialmente duros”.

José Matute Fernández falleció hace 20 años. Su último destino conocido fue la comisaría del barrio del Pilar, en Madrid.

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