Por qué no me callo

El ‘trump’ bajo la máscara y el adiós de Iñaki

Cada año tiene su lado oscuro. Pero desde que 2020 se quitó la careta y nos la tuvimos que poner nosotros, la cuestión es reivindicar el lado oculto de nosotros, el que se esconde tras el retal, que decía Levy, para no sucumbir a la apariencia de las cosas y poder ser quienes somos, gente […]

Cada año tiene su lado oscuro. Pero desde que 2020 se quitó la careta y nos la tuvimos que poner nosotros, la cuestión es reivindicar el lado oculto de nosotros, el que se esconde tras el retal, que decía Levy, para no sucumbir a la apariencia de las cosas y poder ser quienes somos, gente de bien, la gran mayoría silenciosa, en absoluto histérica, como simulan los que se han echado al monte. Seguimos siendo los mismos, aunque ahora nos tapemos la cara y pasemos inadvertidos como una misma persona clonificados bajo la máscara. Pues salta a la vista el trastero de los asuntos turbios, y cabe buscar dependencias más agradables en la casa de cada cual. Vamos a vivir en 2021, el hogar de los meses que vienen tras este enero que casi ya se acaba a zancadas entre los delirios de Trump y estas nevadas intempestivas. Así que indaguemos bajo todo lo aparente, para dar con los buenos propósitos del año más anhelado de los últimos tiempos.
La experiencia de esta travesía del desierto hasta los días más árticos en medio siglo nos enseña a ser prácticos y resolutivos. Si Trump es un político inestable, como dice Nancy Pelosi, pues alguien tiene que retirarle los códigos nucleares o la arma, como ha pedido al Alto Estado Mayor la presidenta de la Cámara de Representantes, tras ver irrumpir la turba en el Capitolio que le usurpó el atril. Si alguien entra en el despacho de la veterana política demócrata y profana su correspondencia, pone las botas sobre la mesa y garabatea mensajes ultras en sus papeles, lo detienen y cumplirá condena por los delitos. Del mismo modo que el chamán de los cuernos de bisonte trasladará ahora a la cárcel el púlpito de las prédicas conspiranoicas de la secta QAnon que profesa. El mundo ha podido disparatarse con la pandemia y, desde antes, con el loquinario Trump, pero, como toda tormenta, al cabo, se restablece la calma. Y Biden es la vacuna de ese lado oscuro del año americano, el psiquiatra de las mentes descarriadas que desintoxique políticamente al país tras cuatro años de sobredosis del orate de la Casa Blanca..
Ahora, Madrid es la otra Casa Blanca. Y cunde el pánico de nuevo, lo que desentierra los peores fantasmas del año ya sepultado. La ola de frío de esta semana pone a prueba, ya no solo el sistema sanitario, sino, a su vez, el eléctrico, el aeroportuario, el asistencial… Si la tormenta perfecta es el signo de estos años apocalípticos que se estilan tras el Fin del Mundo (eso ya pasó en 2020), pues hagamos virtud de la necesidad y empecemos a hacer las cosas bien. El momento es clamorosamente drástico, de cambio, de renovación y de ajustes internos. Los elementos nos están alertando de algunos peligrosos desarreglos. Los vimos en la sanidad cuando estalló el coronavirus y ahora en los transportes, la luz y hasta en las cadenas para la nieve de los coches. Cuando el cambio climático lanza un SOS como este hay que ser muy tarugos para no verlas venir.
Si creíamos que todos los males se reducían al virus, incluso a Trump, no habíamos entendido nada, pues son los síntomas, estos, de un problema de salud y de degeneración política, como ahora la nevada peninsular es la alerta de los grandes problemas a que nos enfrentamos para preservar el estado de bienestar mientras regeneramos el medio ambiente, como hemos de regenerar la política si no queremos morir de una helada tras otra de populismo como en una pandemia de asaltos a los capitolios de las democracias del mundo. El adiós de la tribuna diaria de Iñaki Gabilondo es por “empacho” de la crispación nacional. No es el virus, ni la nevada. Sino el trump que muchos llevan debajo de la máscara.