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31-M: el día que llovió un año entero en dos horas y media

Hoy se cumplen 19 años de la mayor tromba de agua que se recuerda sobre Santa Cruz, debida a una tormenta anclada que causó ocho muertos y destrozó 700 viviendas y 1.000 vehículos
Los efectos de la tromba de agua se dejaron sentir en el área metropolitana. En la imagen, una calle de La Cuesta. Sergio Méndez
Los efectos de la tromba de agua se dejaron sentir en el área metropolitana. En la imagen, una calle de La Cuesta. Sergio Méndez

La tormenta perfecta irrumpió por sorpresa en la capital tinerfeña en plena operación retorno de Semana Santa. A primera hora de la tarde del domingo 31 de marzo de 2002, hace hoy 19 años, comenzó a llover sobre el área metropolitana. A pesar de que los modelos meteorológicos apuntaban un día normal pasado por agua, en cuestión de minutos una espectacular tromba sin precedentes comenzó a descargar.

Cayeron hasta 224 litros por metro cuadrado en apenas dos horas y media, según la medición realizada por la Agencia Estatal de Meteorología (antes Instituto Nacional de Meteorología), un registro sin precedentes en tan corto espacio de tiempo equivalente a la lluvia que suele caer en un año sobre Santa Cruz.

El desnivel convirtió a las calles de la capital en ríos furiosos que arrastraron todo lo que encontraron a su paso: coches, árboles, mobiliario urbano y, desgraciadamente, vidas humanas. Ocho personas murieron a causa de la riada provocada por la acción de una borrasca de cumulonimbos (nubes de desarrollo vertical). La última de las víctimas fue localizada en la costa de El Médano tras desaparecer una semana antes en San Andrés. Treinta personas resultaron heridas.

La tormenta anclada, con aparato eléctrico, sobre el Macizo de Anaga desfiguró Santa Cruz de arriba a abajo. Los daños fueron cuantiosos, especialmente en los barrios de La Alegría, Valleseco, María Jiménez, Cueva Bermeja, San Andrés, Igueste e Ifara. Más de medio millar de vecinos de estos núcleos fueron evacuados de sus casas y pasaron la noche en el Recinto Ferial, habilitado como un campamento de emergencia.

Varios vehículos en la zona del barrio de Salamanca tras el paso de la tormenta. S.M.
Varios vehículos en la zona del barrio de Salamanca tras el paso de la tormenta. S.M.

Las cifras de los daños reflejaron la magnitud de la tormenta: 700 viviendas destrozadas, 500 establecimientos comerciales afectados y más de 1.000 vehículos siniestrados. Una primera evaluación cuantificó los desperfectos en casi 100 millones de euros, cantidad que se incrementaría con el paso de los días. Hasta 60.000 escolares del área metropolitana se quedaron sin clases varios días.

El 80% de la capital tinerfeña perdió el suministro eléctrico y casi la mitad, el agua. La estructura nubosa multicelular provocó el colapso de los servicios de urgencias y el 1-1-2 quedó incomunicado durante un par de horas. 100.000 líneas telefónicas se cayeron y solo la radio aguantó el tipo mediante grupos electrógenos que permitieron mantener a la población informada de la catástrofe. Paradójicamente, a la hora en la que la borrasca descargaba toda su furia, el sol lucía en el norte y sur de la Isla.

El Gobierno de Canarias decretó tres días de luto oficial y el Ayuntamiento de Santa Cruz suspendió las Fiestas de Mayo. El Estado aprobó con carácter urgente un real decreto de ayudas para los damnificados, mientras que el Cabildo entregó, seis días después de la tragedia, 2.000 euros a cada familia afectada. Posteriormente, llegarían más fondos desde el Ejecutivo regional, Ayuntamiento de Santa Cruz y de la propia institución insular. Un mes después del suceso, el rey Juan Carlos visitó las zonas más afectadas.

En las 48 horas posteriores a la tromba de agua, se detectaron fisuras en un estanque ubicado en los altos de Residencial Anaga, lo que obligó al desalojo de tres edificios, aunque finalmente la presa pudo ser vaciada sin mayores consecuencias.

Aquel fatídico episodio permanecerá para siempre en la memoria de los tinerfeños. El día que el caos abrazó la ciudad y el silencio se abrió paso entre un paisaje de destrucción y dolor.

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