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Juan Carlos Mateu: “La principal conclusión es que se confirma que somos más fuertes de lo que pensábamos”

Le llamaban demasiado la atención esas historias humanas surgidas a partir de unos sucesos inesperados que aún seguimos sin terminar de digerir. Noche tras noche, lo que él mismo define como “terapia” fue cogiendo una vida propia y acabó transformándose en un libro que la Fundación DIARIO DE AVISOS facilita ahora gratuitamente a través de la página web del Decano de la prensa de Canarias
Juan Carlos Mateu SERGIO MÉNDEZ

Cada noche, al llegar a casa, le restó tiempo al descanso para plasmar sobre el papel ese carrusel de sensaciones que le provocaba el día a día de la pandemia. Le llamaban demasiado la atención esas historias humanas surgidas a partir de unos sucesos inesperados que aún seguimos sin terminar de digerir. Noche tras noche, lo que él mismo define como “terapia” fue cogiendo una vida propia y acabó transformándose en un libro que la Fundación DIARIO DE AVISOS facilita ahora gratuitamente a través de la página web del Decano de la prensa de Canarias. Porque, gracias a la piel fina propia de un excelente periodista como es Juan Carlos Mateu (Santa Cruz de Tenerife, 1966), aquellas emociones se tradujeron en 99 madrugadas de alarma.

-¿Cómo se le ocurrió la idea de escribir sobre una experiencia que nos ha marcado a todos?
“Sinceramente, nunca escribí este diario con la idea de publicarlo. Me lo planteé como una terapia personal, un ejercicio de desahogo que practicaba cada noche cuando me metía en la cama, pero también con la intención de que toda esa avalancha de información y ese universo de emociones que estábamos viviendo no cayera en el olvido. ¡Todo era tan fuerte, tan desmedido y tan desconocido que me parecía injusto dejar pasar de largo la esencia de todo aquello!”.

-En el libro relata historias humanas que reflejan la magnitud del drama en los días más duros. ¿Con qué criterio eligió?
“No tenía un método definido. Trataba de ordenar las tres o cuatro ideas del día de camino a casa cada madrugada a través de una autopista solitaria, sin rastro de vida, excepto cuando me encontraba algún control policial o militar. En esos 15 o 20 minutos repasaba las historias humanas que publicaríamos al día siguiente en el periódico y otras que contaban los medios de comunicación nacionales y que destapaban acciones solidarias y hasta heroicas en medio de aquel clima terrible de aturdimiento general”.

– Pero en estas páginas no solo hay información, también se refleja la montaña rusa en la que viajaban las emociones en aquellas fechas.
“Es verdad que en estas páginas hay información, porque se incluyen cifras que reflejaban la evolución de la pandemia, las muertes que producía y también se cuenta el avance contrarreloj de las investigaciones en busca de la vacuna, con esa frenética carrera desatada en los laboratorios de medio mundo. Pero, sinceramente, en lo que más me fijaba era, en efecto, en el contexto de todo lo que ocurría en la atmósfera emocional, donde los sentimientos estaban a flor de piel: lo que pasaba en los balcones, las conversaciones en las colas de los supermercados, las miradas que percibía en los hospitales…”

-¿Qué ejemplos destacaría de esas historias que provocaban un calambre emocional colectivo desde que saltaban a los medios de comunicación?
“Hay muchos y no sabría con cuáles quedarme. Vivencias como la de ese paciente que recibe el alta y que al salir de un hospital de Madrid se encuentra con un enfermo de COVID que ingresa en ese momento y le grita un ‘vamos, compañero, se puede salir, es difícil, pero se puede salir’, a la frase de un médico abatido que el periódico El País llevó a su portada: “Le dije que todo saldría bien, pero le fallé, y bajé a la calle a llorar”. Pero tampoco podemos olvidarnos de los testimonios del personal sanitario de las UCI que acudían los primeros días a sus puestos de trabajo entre lágrimas como quien iba a una trinchera de guerra o las videollamadas que realizaban enfermeras para que las personas mayores ingresadas pudieran ver y hablar con sus familiares, y que a todos nos ponía un nudo en la garganta”.

-Durante el confinamiento, la vida estaba en los balcones, que se convirtieron en un escaparate de sensaciones de todo tipo. Ese era uno de los blancos permanentes de los medios y así se contaba en DIARIO DE AVISOS.
“Así fue. Los balcones y las ventanas eran un semillero de noticias con sus aplausos, pancartas, banderas, miradas perdidas, gritos, ánimos, cumpleaños, lloros y hasta actuaciones musicales. Recuerdo que en el edificio enfrente de mi casa, cada tarde salía un vecino que, cuando comenzaba la salva de aplausos, empezaba a gritar ‘¡venga! ¡Vamos! ¡A por ellos! ¡De esta salimos!’ La verdad es que el hombre merecía un monumento por su ímpetu y constancia. Era como un hincha incansable animando a su equipo para que remontara un resultado. Comportamientos así eran dignos de agradecer”.

-A esos balcones de toda España se asomaba para aplaudir al personal sanitario, pero más allá de los hospitales iban apareciendo otros héroes anónimos en ventanas, balcones y azoteas.
“En los balcones y ventanas descubrimos, y así lo publicamos en el periódico, historias formidables protagonizadas por esos otros héroes del confinamiento, como Olga, una vecina de Los Cristianos que por la mañana hacía la compra a la gente mayor o con problemas de movilidad en su urbanización y por las tardes conectaba un altavoz para jugar al bingo en los balcones y luego ponerse a cantar y a bailar para sacar la carcajada de sus vecinos. O Samuel, un joven ilusionista de Guargacho, que cada día a la hora de los aplausos salía disfrazado de diferentes personajes para hacer reír a los niños. Pero en los balcones también nos topamos con imágenes terribles que lo decían todo sin necesidad de escribir una palabra, como la de un balcón en Madrid con todas sus flores marchitas porque sus inquilinos, un matrimonio de avanzada edad, fallecieron por COVID”.

-El miedo fue el denominador común de la mayoría de historias humanas. Y en el libro subraya la terrible experiencia que vivió un grupo de muchachos uruguayos en Los Andes hace casi 50 años y que dio la vuelta al mundo.
“El miedo fue nuestro compañero de viaje durante el confinamiento, el hilo conductor que entrelazaba una historia con otra. En aquellos días releí la entrevista que tuve la oportunidad de hacerle para DIARIO DE AVISOS a Gustavo Zerbino, superviviente de la tragedia de Los Andes, en 1972, en la que cada reflexión suya era un titular. Nunca olvidaré su respuesta a la pregunta de cómo se gestiona el miedo en las condiciones más adversas que puede afectar a un ser humano: aislado en una cordillera, rodeado de cadáveres, sin alimentos y con temperaturas de hasta 40 grados bajo cero. Me dijo: ‘Cuando estás rodeado por completo por el miedo, porque todo es miedo, tú formas parte de él. Es ahí cuando no tienes nada que perder. En ese momento eres libre. Allá arriba, en la montaña, para morir solo tenías que quedarte quieto, para vivir había que luchar sin descanso’. Me impactó aquella confesión”.

-¿Qué aprendizaje nos ha quedado después de aquellas 99 madrugadas de alarma?
“Se pueden extraer conclusiones de todo tipo. En los días más críticos, donde se contabilizaban más de 900 muertos diarios y el horror atenazaba al país, recuerdo escuchar en la radio una frase del padre Ángel García, fundador de la ONG Mensajeros de la Paz, que se me quedó grabada: ‘Somos más fuertes de lo que creíamos’. Esa es una de las lecciones que aprendimos en aquellas fechas durísimas en las que no veíamos más que un túnel muy oscuro sin fin. Otra es la de valorar esas pequeñas cosas en la que ni nos fijábamos antes del estado de alarma, desde expresar los sentimientos de afecto y cariño a algo tan sencillo como disfrutar de un paseo, de un café en una terraza o de una tertulia entre amigos. El miedo nos ha abierto los ojos para descubrir que la vida es otra cosa. Me hizo gracia, en pleno confinamiento, lo que nos dijo una vecina del Puerto de la Cruz. Confesaba que jamás pensó que sacar la basura cada noche tuviera tanto encanto. Tanto, que era su momento del día”.

-En la segunda parte del libro, gran parte del protagonismo lo acapara el proceso de desescalada, donde Canarias adquirió un notable protagonismo.
“Cierto. Paradójicamente, la COVID entró en España por Canarias, primero en La Gomera y después en el hotel confinado de Adeje, y la desescalada también se inició en el Archipiélago. Las islas de La Gomera, donde se estrenó la aplicación Radar-COVID, El Hierro y La Graciosa fueron, junto a Formentera, la punta de lanza nacional con el adelanto de las fases a modo de laboratorio de ensayo. La ‘descompresión’ llegaría después al resto del Archipiélago y esa alegría que se abría paso se empezó a notar en las terrazas, donde la gente brindaba y reía, y en imágenes que dieron la vuelta a España, como aquella de casi un centenar de surfistas sobre las olas en la playa de Las Canteras. La vuelta del fútbol, aunque con estadios vacíos, contribuyó al acercamiento de lo que llamábamos entonces nueva normalidad, aunque en aquel momento nadie sospechaba que hasta tres olas volverían a golpear con fuerza el siguiente año”.

-Aunque pareciera increíble al principio de esta pandemia, seguimos con la vida marcada por este mal. ¿Cuándo saldremos de esta?
“Hoy, un año después, a la espera del ansiado acelerón de las vacunas que se anuncia en el segundo trimestre y tocando madera para que las variantes no se disparen, toca mantener la prudencia. Nos queda el arreón final de aquí al verano. Esa es la clave. Así que a vivir con cabeza. Ya habrá tiempo de aplicar la filosofía que defiende el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, que sostiene que la vida no es trabajar de lunes a viernes y el sábado ir al supermercado”.

Puedes descargar aquí el libro.

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