Santa Cruz

Cuando los emigrantes clandestinos eran canarios

José González fue uno de los 130 palmeros que viajó en 1950 a bordo del Doramas, uno de los 30 navíos que en los años 50 del siglo pasado cruzaron el Atlántico hasta Venezuela

José González, en su casa de Radazul. / Fran Pallero

A los dos días de navegación se quedaron sin motor, y a los 13 sin agua. Apenas podían moverse en un barco que no estaba preparado para las 130 personas que iban a bordo. La llegada de un navío inglés que les dio agua y comida les salvó la vida. Después de aquel encuentro pudieron seguir camino a Venezuela. Y es que ese barco era el Doramas, que zarpó de La Palma en 1950, y que cruzó el Atlántico prácticamente a vela. Este fue uno de los 30 navíos que salió de Canarias ese año, y que engrosa la lista de los 120 denominados barcos fantasma de la inmigración ilegal, la de los canarios que partían de las Islas a buscar una vida mejor en Venezuela, huyendo del hambre unos, de las represalias otros, y algunos como José González, del servicio militar, que en aquel entonces duraba unos tres años. A sus 17 años, este palmero pagó las 5.000 pesetas que le costó el pasaje, y se embarcó en el Doramas por la playa de El Porís, un barco en el que iban a ir 80 personas y en el que, al final, viajaron esas 130. Cuenta José que “desde los 15 años conducía camiones y me ganaba mi dinero, por eso me pude pagar el pasaje”. Cuando le toco ir a la mili, no se lo pensó; no estaba dispuesto a pasar tres años de su vida en el ejército. “Mi padre le consultó al maestro si me dejaba ir, y este le dijo que estaba preparado para el viaje, así que dejo que fuera”, cuenta un José de 83 años en el salón de su casa en Radazul, donde recibe a DIARIO DE AVISOS, con la tranquilidad de estar ya vacunado contra la COVID.

La historia de José González es tan parecida a la de los miles de migrantes que estos días llegan a las costas canarias que es imposible no establecer paralelismos, con una diferencia que apunta este emigrante retornado: “Venezuela era un país rico, grande, en el que ganarse la vida. Esto es una Isla pequeña, y encima no hay trabajo, deberían dejarlos seguir su camino”, asevera este hombre inquieto que recuerda a la perfección aquella travesía llena de imprevistos que inició el 28 de julio de 1950.

“El motor duró dos días, y a los 13 días ya nos quedamos sin agua. A mi me dijeron que nunca bebiera agua salada, pero un compañero, desesperado, lo hizo. Se le partió la lengua, empezó a sangrarle por todas partes”, recuerda José. En cuanto a la comida, “todos llevábamos algo en la maleta pero lo que más había era gofio. Nos los comíamos amasado con el agua, pero cuando se acabó, lo amasamos con agua salada”. Confiesa que el gofio tenía gusanos. “Ahora lo puede decir, pero sí, se los tenías que quitar para comértelo, pero era lo que había”. Admite que, cuando el barco inglés que los socorrió apareció, el Arkove, y les ofreció agua y comida muchos lloraron. “Nos remolcaron hasta ellos porque sin motor y solo con las velas no podíamos acercarnos así que nos atrajeron y nos dieron la comida y la bebida, incluso nos dijeron que si hubieran ido rumbo a Venezuela nos habrían remolcado”. Los invitaron a subir a bordo y allí, durante horas, pudieron estirar las piernas, comer galletas, plátanos y beber café. A sus 17 años, José, junto con otro chico de la misma edad, era el más joven del barco, pero eso no le libró, como recuerda, de achicar agua noche y día para evitar hundirse. “Podíamos tocar el agua con las manos, imagínese lo bajito que era el barco”, recuerda.

Tras el encuentro salvador, siguieron viaje, y 32 días después de haber partido de La Palma llegaron a la isla inglesa de Barbados. “Cuando por fin vimos tierra empezamos a gritar como locos”, confiesa José. Allí estuvieron ocho días. Las autoridades los atendieron proporcionándoles agua y comida, los ayudaron a reparar el motor, incluso el médico de sanidad del puerto les atendió. Recuerda José que “nos dejaban ir a venir al barco sin ningún tipo de problema”, los periódicos locales de la época recogen imágenes de esos días en Barbados.
Se despidieron rumbo a Venezuela a la que llegaron otros ocho días después. “Allí nos recibió la Guardia Nacional. A pesar de que entramos al puerto, ellos nos alejaron hacia la costa, pero nosotros por la noche, con la lanchita que teníamos a bordo, volvimos a remolcar el barco, a remo, hasta el puerto”, cuenta don José con media sonrisa.

En esa fecha, el 11 de septiembre, y después de 48 días de haber zarpado desde La Palma, en la bahía de La Guaira, junto al Doramas, estaban el Telemáco que había salido de La Gomera y el Anita, que lo hizo también desde La Palma. En total, más de 300 canarios estaban en ese momento a la espera de lo que decidieran las autoridades.

Tal y como recoge Jesús Triana Pérez en la recopilación de los datos de este viaje en el que su padre fue uno de los compañeros de José González en el Doramas, estos 300 canarios fueron quizá los últimos emigrantes clandestinos de esta época, puesto que poco tiempo después, la emigración a Venezuela acabó siendo legalizada. Don José cuenta como desde La Guaira fueron a la isla de Orchilla. “Nos llevaron a una isla en la que se hacía la cuarentena del ganado antes de venderlo. Dormíamos donde las vacas”, detalla, y también que solo había dos personas para cuidar a las 300 que allí estaban.

Jesús Triana cuenta como su padre le relató los escasos víveres que periódicamente les llevaba una falúa desde el continente, y que no eran suficientes, por lo que se vieron obligados a cazar con trampas una especie de gaviotas que habitaba en la isla y cuya carne parecía pescado, cocinándose con arroz blanco. “En la isla estuve unos dos meses. Los iban sacando en tandas de 30-40 personas. Nos preguntaban qué sabíamos hacer y todos decíamos que agricultores, porque sabíamos que era lo que demandaban allí”, explica este palmero emigrante.
El lugar al que se lo llevaban era al Centro de Recepción de Inmigrantes El Trompillo, donde cabían unas 2.500 personas indocumentadas, lo que hoy en Canarias son Las Canteras o Las Raíces. Allí les proporcionaban los papeles y un trabajo.

“A mi me llevaron a cortar caña”, cuenta José González, aunque, “nunca llegué”. Y es que este palmero avezado sabía perfectamente las condiciones de semiesclavitud en la que se trabajaba en aquellas plantaciones. “Te pagaban un bolívar por una tonelada de caña cortada y picada. Yo llegué por la noche y ví las condiciones en las que estaban, negros de la tierra que tenían encima, sin baños, ni agua para bañarse. Otro compañero y yo nos escapamos hasta la carretera, y allí pasó una guagua, la paramos y preguntamos cuánto nos costaba ir a Caracas, nos dijo que 50 bolívares, los tenía, así que me subí y me fui”.

Doce años pasó José en Venezuela, donde prosperó hasta hacerse con una flota de camiones, que vendió cuando se volvió a Canarias, donde, paralelamente había ido invirtiendo en la construcción. A sus 83 años recuerda perfectamente las penurias que pasó para llegar hasta donde está hoy, por eso, cuando se le pregunta por los inmigrantes que están llegando a las Islas, cabecea, y solo dice, “yo sé lo que es eso”.