conversaciones en los limoneros

Marta Von Poroszlay: “Cuando llegué a Canarias sentí el retraso infinito que sufrían las Islas”

En medio, una larga serie de pinturas y esculturas, con diversos estilos y tendencias, pero en ocasiones con mucho éxito. Marta, además, es una excelente ebanista, una conversadora entusiasta y una mujer que parece feliz. Ahora ha hecho una incursión en la literatura histórica, seguramente influenciada por su marido, que es un gran historiador, cuya trayectoria ha quedado reflejada en esta misma sección: José Luis Machado Carilla

Tras la reacción de las fuerzas y la policía pro-soviéticas contra un grupo de patriotas húngaros que ansiaba un régimen político democrático y, por tanto, libre y sin influencia comunista, un día de octubre de 1956, comenzó la segunda vida de Marta Von Poroszlay. Tenía cuatro años. La familia tuvo tiempo de tomar un tren desde Budapest, donde Marta había nacido en 1952, hasta la frontera austriaca, huyendo de la tiranía soviética. La cruzaron y la Cruz Roja, que distribuyó a los 200.000 exiliados de la revolución húngara, los mandó a Suecia. Marta habla correctamente español, inglés, sueco, húngaro y hasta puede que entienda algo de lapón, porque fue a la Laponia sueca donde la familia fue a parar. Su padre era arquitecto. Un día lo invitaron a que viniera a Canarias; seguramente, viviendo en Laponia, lo que lo enamoró fue el sol. Se trajo a toda la familia, que eran cuatro. Así empieza la historia de esta mujer vitalista e inquieta, que me clavó en un busto y que ha moldeado las esculturas de personajes como Agatha Christie, Marianne North, el Monumento al Turista (las tres en el Puerto de la Cruz), la del arquitecto Machado en Santa Cruz y la escultura al Caballo de Dala (el Caballo Sueco), en la vía principal de San Agustín (Gran Canaria). En medio, una larga serie de pinturas y esculturas, con diversos estilos y tendencias, pero en ocasiones con mucho éxito. Marta, además, es una excelente ebanista, una conversadora entusiasta y una mujer que parece feliz. Ahora ha hecho una incursión en la literatura histórica, seguramente influenciada por su marido, que es un gran historiador, cuya trayectoria ha quedado reflejada en esta misma sección: José Luis Machado Carilla. Tienen un hijo, Maxi, que les ha dado una nieta. Y viven en el monte, en una casa preciosa diseñada por un arquitecto con excelente gusto: Andrés Ascanio, compañero mío de colegio y al que hace un siglo que no veo.


-Vamos a empezar por la literatura.
“Bueno, he hecho mis incursiones en ella, como sabes”.


-¿Lo último?
“Hay una historia que todavía no ha salido, pero lo último publicado es una novela histórica sobre el viaje de Gerónima Van Dale, una crónica desde La Palma a Flandes, pasando por Lisboa. Como se dice en el libro, una extraña alianza de tiempos, figuras y costumbres. Todo discurre en el siglo XVIII”.


-Tras una larga trayectoria artística, ¿por qué te has pasado a la literatura?
“Porque me entretiene mucho y porque disfruto ante un ordenador, igual que disfruto ante un cuadro de El Bosco, por ejemplo”.


-¿Por qué El Bosco?
“Porque es uno de mis ídolos”.


-¿Y cuál es ese proyecto del que me has hablado antes de que empezáramos la entrevista?
“Sí. Tengo en la cabeza un proyecto sobre El Bosco, pero no te voy a adelantar nada para que no me llames pretenciosa. Y también tengo fama de que consigo lo que me propongo. Pregúntale a José Luis”.


(José Luis Machado, su marido, asiste a la entrevista. Y hablamos un rato del escaso nivel de comprensión del lector español, a la cola de Europa. José Luis es autor de obras importantes de la historiografía canaria, investigador del origen de las familias isleñas, mantiene una relación muy importante con instituciones culturales portuguesas, ha estudiado el poblamiento de Canarias muy a fondo y ha sido y es embajador cultural de Portugal en foros internacionales).

-Marta, ¿quién te enseñó a pintar y a esculpir? Y a grabar, porque también has sido grabadora.
“Yo me he formado en distintas academias y en diferentes escuelas, como la Fernando Estévez en Santa Cruz. También trabajé con Alfonso Maertens, un gran grabador que falleció hace poco tiempo. Y en Budapest he seguido cursos de realización artística en los que he aprendido muchísimo. Por eso digo que mis maestros han sido varios, no uno solo”.


-¿Y ahora qué haces, además de la literatura, en la que has hecho incursiones?
“¡Estoy investigando en temas de cocina! Como lo oyes. Recupero recetas, experimento y consigo resultados sorprendentes, a juzgar por las opiniones de quienes prueban mis platos. Pero no renuncio al arte, ni tampoco a la literatura. Lo quiero todo. Cualquier cosa antes de estar quieta”.


-Y hasta recoges castañas en la finca de La Orotava.
“Ya no me da tiempo; esa tarea es muy sacrificada. Pero antes sí que lo hacía”.


-Yo recuerdo una serie tuya muy buena de grabados, basadas en fotos que tú misma hacías, después las ampliabas con un plotter. Te quedaban de lujo.
“Sí, como el retrato que tú me compraste, un retrato tuyo con tu perra Mentecata. Hice muchas obras con este sistema. Alfonso Maertens había traído de Flandes unos viejos rodillos y conseguimos con ellos, y con un papel italiano de determinada textura, crear la belleza de esos retratos. Teníamos una hora para modificar y corregir los originales antes de que se secaran. Hice como cuarenta obras con este sistema”.


-Cuando llegaste a Canarias, desde Suecia, ¿qué te parecieron las Islas?
“Bellísimas, pero muy atrasadas. Me metieron en una residencia de monjas en Santa Cruz y nos hacían duchar vestidas con un camisón. Era terrible. Yo venía de una educación más liberal y de Suecia, que era cuna de libertades. Imagínate el cambio. Me quedé impresionada”.


-Supongo que la huida de Hungría tuvo que ser dramática.
“Lo conseguimos por los pelos, creo que el último día en que la frontera con Austria seguía abierta. Tomamos un tren desde Budapest, ayudados por la familia, sobre todo por un tío mío que era pediatra. Mi padre era profesor ayudante de la Escuela de Arquitectura de Budapest, que fue protagonista de la revolución de octubre, porque allí derribaron la primera estrella roja soviética de la revuelta contra la represión. Imagínate si nos cogen los rusos, nos hacen papilla”.


-Budapest era entonces una maravilla. Y lo es hoy, supongo.
“Sí, ahora han construido hoteles a lo largo del curso del Danubio y la zona ha quedado preciosa. Y, además, tiene una actividad cultural muy intensa, lo mismo que Praga. Los húngaros son buenas gentes, que han sufrido mucho y que quieren mucho a España. Budapest es como un pequeño París, pero más tranquilo. Los últimos años han sido cruciales para el cambio de la ciudad, que parece otra, mucho más moderna, pero que conserva todas sus bellezas tradicionales. Es decir, que no renuncia a su pasado”.


(Le cuento a Marta que tengo una idea: un monumento a los tres Beatles que visitaron el Puerto de la Cruz: Ringo, George y Paul. Y que como John se quedó en Torremolinos, pues puede formar parte lejana de ese monumento. A Marta le entusiasma todo: “No lo cuentes, que aquí siempre están pisando las ideas”, me dice. “Pero me parece bonita”. También Churchill tiene que tener su monumento en el Puerto, una ciudad dormida en el tiempo en la que hace mucho tiempo que no se hace absolutamente nada. Sólo colocar banderas ¡del Polisario! en la Plaza de Europa. Lamentable).

-Marta, ¿es muy difícil modelar? A mí me parece una misión imposible.
“Tiene su técnica, que no siempre es la misma. Si conoces a la persona es más fácil: le tomas fotos de todos los lados posibles, modelas en arcilla y luego conduces el proceso hasta conseguir que la obra termine en bronce. Los artistas somos muy observadores y de una persona viva lo podemos saber todo. Pero si se trata de un personaje histórico, ya fallecido, como la mayor parte de las obras que he esculpido, es más difícil”.


-Como Marianne North.
“Una alta dirigente del Kew Garden, el famoso jardín británico en el que existe una estatua en mármol de Marianne North, que como sabes vivió en el Sitio Litre portuense, en el primer cuarto del XIX, me dijo que le gustaba más la mía, que se conserva en los jardines de la famosa mansión de Molly Abercrombie. Marianne North tiene abierta una galería en el Kew Garden, que homenajea acaso a la mejor artista de pintura botánica del mundo, con más de 800 obras suyas expuestas en esa colección”.


-Has aparcado tu proyecto sobre El Bosco para dedicarte a la literatura histórica. ¿Por qué?
“Tú me dices que a mi edad es muy bonito tener tantos proyectos. Yo estoy llena de vida, al final de la década de los sesenta años. Claro que me quedan muchas cosas por hacer. Pero te dije antes que la literatura, que he descubierto, me apasiona tanto que ahora no puedo dejarla. Mantengo muchas ideas como proyectos, sin renunciar para nada a mi faceta de escultora y de pintora. Ni a la cocina. Cuando llegué a Canarias me hinchaba de lentejas, aunque tuvieran piedras mezcladas entre ellas. No sé por qué me apasionaban las lentejas. A lo mejor ahí está el origen de mi afición por la cocina”.


-La escultura tuya del ‘Caballo de Dala’ (Dala hästen) en la avenida principal de San Agustín es como un homenaje a Suecia, ¿no?
“Tú sabes lo que significa el turismo nórdico para Gran Canaria. Fue una iniciativa muy bonita. Y está colocada en un sitio de mucho tráfico de personas. Fue inaugurada con la presencia de la embajadora y la cónsul de Suecia, en un acto muy entrañable”.


-¿No te has planteado escribir sobre tu salida de Hungría?
“No sé, yo era muy pequeña. Tenía cuatro años. Recuerdo toda aquella odisea por lo que me contaron mis padres. Para ellos fue muy traumático. Pero tuvimos la suerte de que nos expatriaran a Suecia, un país tan acogedor. Mi padre trabajó como arquitecto en Laponia, pero Canarias era otra cosa”.


-¿Lo has contado alguna vez?
“Bueno, la Fundación Ramón Areces me invitó a participar en una mesa redonda, en la que los ponentes hablamos de la revolución de octubre y de todo lo que ocurrió”.


(La revolución de estudiantes y otros patriotas contra la represión comunista en Hungría costó unos 3.000 muertos. Fueron torturadas miles de personas y se registraron unos 13.000 heridos, en el periodo comprendido entre el 23 de octubre y el 10 de noviembre de 1956. La AVH, la policía secreta controlada por los soviéticos, cometió miles de atentados contra los derechos humanos y asesinó a cientos de personas. Hungría no quería ser comunista, pero Rusia lo impuso por la fuerza. Una agresión más del terror totalitario contra una nación que sólo pretendía ser libre y consecuente con su historia).

-Y hablaste de ello.
“Sí, conté mi experiencia y la de mi familia, había gente interesante en la mesa, desde un Habsburgo, descendiente de esta familia imperial, hasta el periodista monárquico español Alfonso Ussía, una persona simpática, culta y extremadamente educada. Fue muy interesante, creo que era el año 2016 o por ahí”.


-¿Pasaste mucho tiempo sin regresar a tu país?
“Cuando logramos el pasaporte sueco ya nos dejaban entrar y salir libremente, sobre todo en los últimos años de menor influencia soviética, así que íbamos los veranos, ya sin tanto miedo a represalias. Sí, pero estuve mucho tiempo sin pisar mi país de nacimiento, es verdad. Y lo echaba mucho de menos”.


-Eso de la ducha con camisón, el invento de las monjas, me ha impresionado hasta a mí, que soy más viejo que tú.
“Las islas estaban muy atrasadas con respecto a mi mundo. Yo me preguntaba, ¿pero esto qué es? No era normal para nada, pero había que aceptarlo”.


(Y entonces José Luis Machado interviene, con mucho acierto: “Más que la dictadura de Franco, quien retrasó un montón de años a España durante su mandato fue la Iglesia y su influencia en el Estado. Franco tiene sus luces y sus sombras, pero la Iglesia, durante esa época, no tiene sino sombras”. Y yo añado que fue una reacción lamentable, penosa, insensata, de la derecha a los errores de la República, que quiso cargarse a la Iglesia con el método del tiro en la sien. Ahí fue donde se le escapó al Estado republicano fallido de entonces el control del país).

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