la palma

Confinados, pero tranquilos: “El olor no es tanto como parecía”

Una familia residente en el barrio de la Marina Alta, en Tazacorte, cuenta al DIARIO cómo viven desde el domingo con las puertas y ventanas cerradas por el riesgo de gases tóxicos
Antonio relata que desde la azotea de su casa, en el litoral del valle de Aridane, se ve la boca del volcán en activo | KIKE RINCÓN (EUROPA PRESS)

El domingo 19, en la Marina Alta de Tazacorte se vivió con sobresalto, al igual que en el resto de la isla de La Palma, la erupción del volcán de Cumbre Vieja (El Paso). En una de las viviendas de este barrio del litoral del Valle de Aridane, Antonio, Ana Teresa, Javier y Diego veían con estupefacción las imágenes en televisión. No parecía real. Los enjambres sísmicos podían ser la antesala de un fenómeno natural como este, pero también el magma podía estar años moviéndose en las profundidades de la tierra sin salir a la superficie. Sin embargo, pasó, y no ha dejado a ningún palmero indiferente.

Tampoco a esta familia bagañeta, que una semana más tarde, de nuevo por los medios de comunicación, se enteraba de que iba a ser confinada. La lava, en contacto con el agua, desencadena un proceso químico que puede desprender gases nocivos para la salud. En cada comparecencia pública, la directora del Instituto Geográfico Nacional (IGN) en Canarias, María José Blanco, repetía una y otra vez que podía suceder. Y, cuando se puso sobre la mesa la posibilidad de que las rocas calientes y el agua salada se dieran cita, se optó por decretar medidas especiales para San Borondón, Marina Alta, Marina Baja y La Condesa.

Desde la distancia, teniendo en cuenta la insistencia de los expertos en seguir las pautas con escrupulosidad, pareciera que se trata de una situación extrema, en la que la salud está pendiente de un hilo. No obstante, lo cierto es que el perímetro se ha trazado en los 2,5 kilómetros; distancia que, salvo eventos imprevistos, garantiza la seguridad de los residentes. Es solo a modo de precaución, y así se lo toma este núcleo familiar de la localidad costera. Cuentan que, aparte de la televisión y la radio, “también pasó un furgón por la carretera que le decía a la gente que se mantuviese en sus casas”.

Una vez se tenían que enfrentar a los posibles riesgos, relatan que cerraron las puertas y las ventanas. “En principio, con eso ha sido suficiente; el olor no es tanto como parecía que iba a llegar”. Así lo constatan los técnicos que asesoran al Gobierno de Canarias, que, tras efectuar análisis de la calidad del aire, por el momento apuntan a que este se mantiene dentro de los márgenes que recoge la normativa vigente, y, por tanto, es considerado “bueno”, aunque con el matiz de estos barrios, en los que se desaconseja no salir sino para lo estrictamente necesario.

Y dentro de esa definición entra, por ejemplo, el trabajo. “Mis hijos y yo hemos seguido yendo a trabajar. No podemos faltar”, confiesa Antonio, al tiempo que recalca que, igualmente, han estado atentos a cualquier cambio de viento u olor anómalo, por si pudiera ser síntoma de que se aproxima una nube tóxica. “Seguimos los consejos que nos han dado”, afirma.

Sobre la erupción, aseguran que la han vivido entre el miedo y la incertidumbre. “Se asoma uno a la azotea y ve la boca del volcán en activo. Impresiona”, explican. Y es que desde la costa de Tazacorte gozan de una perspectiva amplia del Valle, que si bien en otros tiempos se podría considerar incluso privilegiada, ante un hecho de este calado resulta agonizante.

“Aquí, el que más y el que menos conoce a alguien que está evacuado o que ha perdido casi todo, tanto casas como fincas de plátanos. Gente de Todoque y Las Manchas, por ejemplo”, dicen. Y preguntados acerca de lo que se avecina, su visión de cómo afrontarán los habitantes de la Isla Bonita el escenario posterior a cuando el volcán se pare definitivamente y deje una estampa de centenares de hectáreas arrasadas, aseveran que “el palmero, con tiempo y con calma, tiene que salir de esta. Tenemos esperanza”.

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