erupción en la palma

La lenta agonía de los afectados por la erupción en La Palma

Residentes de Los Llanos de Aridane y Tazacorte cuentan a DIARIO DE AVISOS cómo abandonaron sus casas con una trágica certeza: la lava del volcán de Cumbre Vieja iba a hacer desaparecer todo lo que habían construido durante años y no podían remediarlo
Consuelo y su madre, de 88 años, ayer, en una instalación aledaña a la residencia de mayores de Tazacorte. | F. Pallero

En los aparcamientos frente a las canchas de pádel del Puerto de Tazacorte, ayer por la tarde merendaban, fuera de su caravana, Yosimar, Cristina y Aday -padre, madre e hijo-. En el interior del alojamiento móvil, Primitiva, la abuela, veía la Televisión Canaria. Hablaban del volcán de Cumbre Vieja, pero, aun con dolor, quería saber lo que estaba ocurriendo. Y es que esta familia residente en el barrio de Todoque (Los Llanos de Aridane) fue desalojada súbitamente cuando, el domingo al mediodía, la intrusión magmática bajo la isla de La Palma desembocó en una erupción. “Estaba en casa, escuché el estampido y luego vi la humareda”, confiesa Yosimar con la mirada perdida, intentando asimilar todo lo que sucedió posteriormente y que les marcará de por vida.


Sacó a su suegra, que tiene movilidad reducida, y la desplazó hasta Triana, zona que creyó segura, para más tarde regresar a su casa con el objetivo de “coger el Jeep, la caravana y lo que pudimos”. Ya entonces comenzaba a estar limitado el acceso a la zona debido al riesgo que suponían las coladas de lava para la población, sin embargo, le fue posible acopiarse de pertenencias básicas. No lo sabían, pero estaban a punto de empezar irremediablemente desde cero. “Menos mal que la Policía Local fue amable y nos dejó soltar a las gallinas y los pájaros. Si no, habrían muerto seguro”, cuentan. De las últimas veces que trataron de acercarse para continuar sacando cosas, no les permitieron el acceso, era tarde: “Tenía toda la casa cubierta. Ahí quedó una vida, y gracias a que pude sacar algo, que si no, nos quedamos en la calle”.


La primera noche fuera de casa la pasaron en el mirador de El Time, donde aparcaron su vehículo. Desde allí, un enclave del que siempre se ha dicho que cuenta con unas vistas privilegiadas hacia el Valle de Aridane, con una hemeroteca fotográfica para enmarcar, observaron los ríos de magma bajar hacia su barrio. “Creo que fue peor, todavía no me lo creo. En el Jeep no cabe ni un alfiler; lo llenamos de ropa, pero aun así… ¿y las fotos de la comunión? ¿las de la familia? ¿los muebles? Todo eso se quedó ahí y no lo podemos recuperar”, confiesa Cristina.


En lo referente a apoyo por parte de las instituciones, explican que el Ayuntamiento bagañete les tendió la mano desde el primer momento, toda vez supieron que habían emplazado la caravana en el Puerto. “La concejala de Servicios Sociales [Nieves Yoli Acosta] se puso en contacto con nosotros y nos ofreció que mi madre fuera a la residencia de mayores, pero ella no quiere; prefiere quedarse con nosotros”, continúa Cristina mientras su hijo, Aday, asiente con la cabeza. Finalmente, el Consistorio les ha facilitado alimentos para poder subsistir durante esta coyuntura, si bien en su caso se trata de un problema complejo.

Yosimar, Cristina y Aday, vecinos de Todoque, no daban crédito ayer a lo que había ocurrido. La primera noche fuera de su hogar la pasaron en el mirador de El Time, y desde allí observaron cómo la lava devoraba todo a su paso


En este sentido, Yosimar afirma que tiene dudas acerca de las líneas de ayudas que pueda habilitar la Administración, dado que, según dice, nunca podrán sustituir lo que han perdido. No obstante, se aferra a la idea de que, de una manera u otra, saldrán adelante. Eso sí, no puede evitar recordar los ocho años que estuvo construyendo su vivienda. “Y todavía me quedaban por arreglar más cosas”, matiza.


Quienes sí se quedaron en la residencia de la Villa de Tazacorte fueron Consuelo y su madre de 88 años, que padece Alzheimer. Ambas viven en la zona de La Costa y, como parte de la evacuaciones a personas con movilidad reducida, que iban a tener lugar el domingo únicamente con carácter preventivo, al mediodía les sonó el teléfono. Eran los Servicios Sociales, que conocían las diversas patologías que presenta la madre de Consuelo, unidas a su demencia, y les comunicaron que las iban a desalojar.


Como recursos provisionales para su estancia les ofrecieron, o bien el acuartelamiento militar de El Fuerte (Breña Baja), o bien la residencia bagañeta, y optaron por el segundo, para seguir estando en el mismo municipio y ocasionar los menores trastornos posibles. Cuál fue su sorpresa cuando, tras empaquetar sus enseres, vieron en la televisión la columna de humo del volcán. “Le expliqué a mi madre, que procede de La Laguna, que había una erupción, y tuvo un momento de lucidez. Dijo: ‘Ese llega aquí abajo”, cuenta Consuelo. Llegó el vehículo especial del Ayuntamiento y las extrajo de la zona.


Mientras conversa con este periódico, Consuelo hace una pausa. Una de las trabajadoras de la residencia le da un par de toallas y una revista. “A mi madre le gusta mucho leer, sobre todo las letras grandes. Ve casi más que yo, porque con la presbicia… a veces me cuesta”. Y prosigue detallando que el departamento municipal les ha dado un “buen trato”. “Nos están dando comida y tenemos esa cama para dormir”, dice señalando al colchón en el que pernoctan. Se acerca de nuevo a su madre, sentada en el sillón, y comienzan a leer. Saben que la suerte está echada y viven una lenta agonía.

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