la palma

Las fincas “que desaparecían bajo el implacable tachón negro de la lava”

Ricardo Hernández Bravo dedica uno de sus poemas a las víctimas del volcán; él perdió las plataneras que su padre “levantó piedra a piedra”
Un agricultor, retirando una piña de plátanos | KIKE RINCÓN (EUROPA PRESS)

El cultivo del plátano representa el 50% del Producto Interior Bruto (PIB) de La Palma. Ha sido el sustento de los palmeros a lo largo de décadas, y, como consecuencia de la erupción del volcán de Cumbre Vieja, comienza a peligrar. Una de las zonas en las que más plataneras se han sembrado, el litoral de Los Llanos de Aridane y Tazacorte, está siendo golpeada de lleno por la lava. De hecho, ya han sido varias fincas las que han quedado sepultadas por las rocas calientes, y con ellas, la supervivencia económica de centenares de hogares.

Una de las damnificadas fue la familia del poeta pasense Ricardo Hernández Bravo, que quiso expresar por medio de redes sociales su impotencia ante un fenómeno natural tan destructivo e inclemente: “La finca de plataneras de mi padre fue borrada del mapa, corriendo así la misma suerte de tanta gente querida que ha visto cómo sus casas y propiedades, su medio de vida y el paisaje de su memoria, desaparecían irremediablemente bajo el implacable tachón negro de la lava”.

Sobre las tres fanegas de extensión a las que hace referencia, el artista palmero describe que “fueron la vida de mi padre, que las levantó piedra a piedra, barreno a barreno, volquete a volquete de tierra fértil traída desde lo alto del Valle [de Aridane] y tendida sobre el malpaís para convertirlo en un espejo de sí mismo, de su amor al trabajo en el campo y a las cosas bien hechas”.

El también docente indica que “de ese pedazo de tierra plantada sobre el volcán salió el sustento de una familia, los estudios de sus cuatro hijos y lo más valioso que mis hermanos y yo poseemos: el ejemplo de tesón y entereza ante la adversidad, que lo hacía levantarse una y otra vez y empezar de cero cuando las sequías o las plagas amenazaban la cosecha o los temporales acababan con todo”. Y es que su progenitor, señala, “fue uno más en esa gran sorriba colectiva que ha sido la riqueza de este valle y de nuestra isla”. “Esas fincas, las de tantos, salieron del volcán, fueron habitadas, dieron la vida y ahora el volcán se las lleva de nuevo”, concreta.

“Es nuestro destino, pero junto a la humildad para aceptar lo inevitable, siempre nos ha caracterizado una voluntad firme de resistir que nos hace rellenar una y otra vez esa bucia por la que se va la tierra que nos mantiene en pie en este frágil equilibrio sobre la piel del volcán”, dijo, al tiempo que relató que ayer, “sin poder dormir por tantas emociones”, escuchó “a muchos amigos y convecinos, llevados por la desesperación de tanta pérdida, decir que no quieren volver a vivir aquí”.

Es por ello que les dedicó un poema que, “al igual que todos los de mi libro La piedra habitada, se lo debo a mi padre y es un símbolo para mí de esa determinación torrontuda del pequeño de no dejarse tumbar por el grande. Va por él y por todos a los que este volcán nos ha unido en una causa común: seguir aquí, volver a echar raíces sobre este paisaje que tanto sufrimos y que tanto queremos”.

“Cesaba el vendaval / y aún caían los frutos de mi padre, / caían de su sangre magullada, / de sus manos venidas a mis manos, / llamándome a palpar por él, / a adentrarme en el daño, / medirme en la criba de los vientos. / En sus ojos hincados / vi de cerca la sombra aniquilada / y, cada vez, erguido ante el estrago, / vi su pulso creyente / afirmarse en la pega, doblegar / en la eterna sorriba / la memoria del hambre / los tercos malpaíses del origen”, rezaba la poesía.

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