Cultura

Viajar a una librería argentina es buen plan para una vida

Hace años, cuando todavía era un pibe, me fui a hacer el Interrail con mis amigos de toda la vida por Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo

Hace años, cuando todavía era un pibe, me fui a hacer el Interrail con mis amigos de toda la vida por Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Fue nuestro primer gran viaje fuera de España. Visitamos capitales como Ámsterdam, París o Bruselas, fuimos a algún museo y nos dejamos caer por varios monumentos y edificios históricos. Sin embargo, lo que yo más recuerdo de aquel mes intenso son los ratos compartidos en los destartalados trenes regionales franceses donde aún se podía fumar, las noches durmiendo en las estaciones y las tardes de albergue o camping en un pequeño pueblo, donde nos preparábamos siempre un kilo de pasta para cinco, carbonara o boloñesa, que comíamos del mismo caldero, metiendo el tenedor con la voracidad de un felino hambriento. Estoy seguro de que si hubiéramos organizado más detenidamente el viaje, habríamos visitado más sitios. Pero no lo hubiéramos pasado mejor.

Hay mil maneras de viajar. A veces, sin ni siquiera salir de casa: la periodista Saray Encinoso tenía pensado visitar en 2020 Argentina, pero la pandemia le alteró los planes. En su lugar, escribió un libro estupendo que he leído en verano, ‘El año que no viaje a Buenos Aires’ (Editorial Menguantes), una crónica en primera persona donde reflexiona sobre el sentido del viaje y reivindica una forma de entenderlo libre y gozosa, sin demasiadas ataduras. También se adentra en su biografía familiar, explora momentos históricos y personajes relevantes y comparte numerosas referencias culturales que forman parte de su vida. Sin perder nunca la mirada de la buena periodista que es, utiliza los datos cuando es preciso para hablar de temas como el fenómeno migratorio o la pérdida de la idea del futuro para las generaciones más jóvenes, anegadas por la sensación de que la historia se ha acelerado de forma brutal, dejando un presente plagado de inseguridad.

Hay en el libro anécdotas de un simbolismo conmovedor, como la de ese padre, el suyo, que desempolva, ya separado, la camiseta de un concierto de Charly García, años atrás, como si allí permaneciera, quizás, una antigua sensación de plenitud y libertad, una identidad esencial. Y también están los anhelos románticos, los de Saray Encinoso: esa librería, ese pequeño teatro, esa cafetería bonaerense del barrio de Palermo en donde sentarse a leer la prensa, rozando la bohemia que buscamos en los libros y las películas y a veces nos asalta como oportunidad para liberarnos de las rutinas.

Un viejo amigo inglés me decía un día en Madrid que notaba cierta falta de generosidad en los círculos intelectuales en los que se movía: “La gente no va a las presentaciones de libros de los demás. Si solo somos unos pocos… En vez de ayudarnos, los actos se deslucen”. Creo que no ha ocurrido eso en el caso del libro de Saray Encinoso, celebrado por muchas personas en las redes, en diferentes medios y entre algunos notables compañeros de oficio. A mí también me apetece hacerlo, porque creo profundamente en el valor de estas crónicas heterodoxas, mestizas, escritas desde aquí, reflejando algunos ejemplos de las texturas con las que se construye la modernidad cultural en Canarias, en relación permanente con el resto del mundo y no siempre bien retratada en los medios ni en los discursos políticos e institucionales.

Hace unos meses, mientras escribía unos diarios navideños, el periodista Juan Cruz me recomendó que leyera las crónicas que Francisco Pimentel publicó a finales de los 50 en el periódico ‘El Día’ bajo el título de ‘Santa Cruz la nuit’, que se utilizó también para dar nombre al libro donde están recopiladas y que encontré en una biblioteca pública. Sorprende tanta vida nocturna y parrandera en la noche santacrucera de finales de los cincuenta. Fascina ese estilo moderno y tanta ambición literaria. Ahí, contando los matices de la vida y sus márgenes hay todavía mucho espacio para el oficio. Rebuscando en las miles de historias que nos da la vida. También en la propia, como hace Saray en este libro.