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Los selfies molestan ante tanta tragedia en La Palma

La afluencia de curiosos en los primeros días de la erupción provocó importantes retenciones e interfirió en las labores de los equipos de emergencia

Por Jorge Morales

Muchos vecinos de El Paso o de Los Llanos no lo dicen, pero se les nota, y otros no se callan, porque si no revientan: que los turistas saquen fotos del volcán es lógico, pero que se hagan selfies, sonrientes, posando familias enteras, duele ante tanta tragedia.

La carretera principal que conecta estos dos municipios, los más afectados por la erupción junto con el de Tazacorte, está jalonada de carteles de prohibido aparcar en el arcén.

La afluencia de curiosos en los primeros días de la erupción provocó importantes retenciones e interfirió en las labores de los equipos de emergencia.

La situación más crítica se dio cuando hubo que evacuar de emergencia a más de 200 vecinos de Tacande y se formaron largas caravanas en la carretera de la Cumbre.

Pero ninguna restricción disuade a los turistas -y también algún que otro vecino de la isla- ávidos de retratar el volcán con sus cámaras, móviles o tabletas, y que hacen de todo aparcadero, terraplén o terraza que encuentran a su paso un improvisado mirador.

Entre los lugares más frecuentados por los curiosos está el aparcamiento, elevado varios metros sobre la carretera, de una tienda de muebles.

Allí dos de sus empleadas no se contienen al ver a parejas, familias, algunas con abuelos y nietos, posar sonrientes con el volcán de fondo.

“¡Qué falta de empatía, por favor!”, comentan entre ellas en voz alta, para que se les escuche, para que, quien quiera y lo entienda, capte su mensaje y su queja.

Una de estas trabajadoras es Yurena, quien comenta a Efe que estas personas “parecen ajenas a la desgracia”, quizá porque “lo ven desde fuera”.

“Reconozco que -el volcán en erupción- es un fenómeno de la naturaleza, es impactante, pero cuando conoces todo el daño que ha hecho…”.

Lo que más llama la atención y duele es verlos haciéndose selfies sonriendo, tercia su compañera Victoria, quien contrasta esta actitud con la de los afectados directamente por el volcán, que cuando se acercan a la tienda “no vienen a pedir, vienen a comprar” porque lo perdieron todo. “Son las dos caras de la moneda”.

“Esta clase de turismo no sé qué beneficio le da a la isla. No lo veo. Este de ahora no. No digo que en un futuro, sí, pero ahora no”, esgrime Victoria, quien lanza otra reflexión: “cuanto más turismo, menos viviendas” habrá para los que se han quedado sin la suya.

Yurena, que tiene un primo cuya familia, de nueve miembros, lo perdió todo bajo la lava, cuenta que su casa da al volcán y es el volcán lo primero que ve cuando mira por la ventana.

Cierra las cortinas para no verlo, porque le “invade la tristeza”, aunque luego cuando va a trabajar lo vuelve a tener de frente. Se siente “psicológicamente agotada”.

Por eso se indigna, igual que su compañera, cuando ve cómo se arremolinan los curiosos en el aparcamiento del establecimiento y a veces los trabajadores no tienen sitio para estacionar. “Esto ya es demasiado”, proclama.

Tal es la situación que en uno de los carteles luminosos del Ayuntamiento de El Paso se podía leer: “El volcán de mi isla no es una atracción turística ni un espectáculo. No estamos contentos ni emocionados como dicen en las noticias. Por nuestras familias, amistades y nuestros hogares ¡¡Sea consciente de la situación!!”.

Pero hay quien no se da por aludido. Ni por este mensaje ni por lamentos más discretos como el de una señora que al caer la noche, mientras barre la ceniza de la terraza de su casa, en Tajuya, se acerca hasta la verja y, dirigiéndose al volcán le pregunta en voz queda: “¿Todavía te parece poco? Otra noche más de sufrimiento. ¡Dios mío!”.

A escasos metros, decenas de coches en el arcén y sus ocupantes, cámara en ristre, no dejan de fotografiar al volcán y una lava de color rojo intenso que destruye todo lo que encuentra en su camino hacia el mar. 

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