Erupción en La Palma

Vecinos de Mazo hacen la maleta por miedo ante una “improbable” erupción

El mensaje de las autoridades y de los responsables frente al Plan de Emergencias Volcánicas es claro: no existe evidencia de que pueda aparecer un nuevo centro emisor alejado del cono principal

Las vecinas de Mazo permanecen intranquilas pese al mensaje de las autoridades.

Muchos vecinos de Mazo tienen la maleta hecha. Pese al mensaje de tranquilidad que les llega de las autoridades locales, en base a los informes del Comité Científico y de los responsables del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias (Pevolca), recuerdan que “no podemos correr riesgos; entendemos que no podemos volvernos histéricos, pero sabemos que los vecinos de Alcalá y El Paraíso se fueron con lo puesto, porque la boca del volcán se abrió más al norte de lo que pensaban y ahora no tienen casa”. Nuria asegura que no tiene miedo, pero sí una intranquilidad que no puede mitigar por los recurrentes movimientos sísmicos en el pueblo.


Sus medidas de precaución, entiende, están más que justificadas. Su amiga y vecina de Mazo, Begoña, es la única de toda la familia que aún tiene casa. Los abuelos y hermanos de Begoña perdieron todo el mismo domingo 19 de septiembre. Todas sus propiedades y recuerdos quedaron sepultados bajo la lava mientras celebraban, apenas a unos kilómetros, el bautizo de un nuevo miembro de la familia, una bebé que era el centro de atención de la reunión familiar cuando el volcán erupcionó. La columna de humo a la altura de las casas que habían dejado apenas unas horas antes para celebrar el bautizo, les advertía que sus domicilios estaban en riesgo.


Además, Begoña, con su hermana e hijos realojada ahora en un pequeño apartamento del complejo turístico Las Olas, en Los Cancajos, tiene una maleta hecha por lo que pudiera ocurrir en Mazo. Begoña ha metido dentro las fotos en las que se recrea el pasado en entornos y rincones del hogar que ya no volverá. La lava también arrasó, apenas cuatro días después de aquel fatídico domingo, los pedazos de terreno de los abuelos, donde la hermana de Begoña imaginaba comenzar de nuevo. Todo ha desaparecido. Begoña habla arrullando un sollozo que quiere controlar, mientras recuerda que “mis hermanos y yo, justo el mes pasado, hablábamos de subir a Montaña Rajada, a Cabeza de Vaca y hacer el mismo recorrido que cuando éramos niños”. “Ya no volveremos, porque ya no existe”, afirma. A unos kilómetros, Virginia cuida de su bebé en el apartamento “de acogida” y nos atiende con un mensaje de esperanza: “El volcán parará cuando quiera hacerlo, y yo tengo que vivir y salir adelante como sea, porque no hay otra solución. Tendremos que seguir y luchar”.