la palma

En El Paso lloran los sicólogos

La historia de un loco que no podíaentrar en el Psiquiátrico en 1983
Manuel Ángel (a la izquierda), testigo de la historia de un loco y un guardia en 1983. DA

Existen dos islas de La Palma. Una, en la que no pasa nada, la vida transcurre igual que siempre, los negocios están abiertos, se venden rapaduras y se prepara la Navidad. Y otra isla en El Paso, Los Llanos y Tazacorte, en la que sus gentes viven con el corazón encogido y con la esperanza de que todo acabe pronto.

Esa gente quizá todavía no sepa que la recuperación ya no sólo material sino mental de los efectos del volcán va a ser muy difícil. O si lo sabe, se lo calla. Conozco a una joven profesora que llegó a Tenerife desde Los Llanos para asistir a la gala de este periódico, a la entrega de los premios Taburiente, y estaba aterrada. Hasta te saludaba con miedo. Y lloró en la gala.

El pasado sábado, en El Paso, sicólogos, educadores y trabajadores sociales que asistían a una charla del doctor José Miguel Gaona, una autoridad mundial en psicología médica y psiquiatría forense, se echaron a llorar. Estaban contando sus vivencias al doctor y se rompieron. El profesor Gaona les recomendó que no sobrepasaran los límites, que es imposible que una persona asuma el dolor de miles. Sus sosegadas palabras provocaron el aplauso de los profesionales de los servicios sociales del Ayuntamiento, sobre los que cae gran parte del peso de la desesperación de tanta gente.

Cuando caía la noche del viernes, tras participar yo en el programa La reunión secreta, que se escucha en el mundo entero de habla hispana, a través de Internet, fuimos a tomar algo a La Barbanera, un bar que está en la calle principal de El Paso.

Mientras charlaba con el doctor Gaona y con Bea Medina, la joven ejecutiva de una multinacional, nacida en Los Llanos, y que ha acudido a su isla a ayudar en lo que pueda, se acercó un señor. El propietario del bar. Se llama Manuel Ángel. Resulta que yo, en 1983, escribí un artículo en este periódico contando la aventura de un guardia municipal de El Paso que conducía a un pobre loquito pasense hasta el Hospital Psiquiátrico de Tenerife, que entonces dependía de la Mancomunidad de Cabildos.

El guardia condujo hasta el centro al enfermo psiquiátrico, pero el médico de servicio le dice que no puede admitirlo porque El Paso le debe dinero a la Mancomunidad. El celoso municipal insiste en que él cumple órdenes y que el loco se queda allí. El médico amenaza al agente, el agente llama a sus compañeros del 091, los nacionales dan la razón al guardia, el paciente ingresa y el guardia se va. Le pregunto a Manuel Ángel: ¿Y que tiene usted que ver con todo esto? “Es que yo estaba presente”, responde. ¿Y usted quién era, el loco, el médico o el guardia? “No, ninguno de los tres, yo acompañaba al municipal en la entrega”. Lo cierto es que mi artículo de 1983 está allí, en el bar, dentro de un marco.

Tuve suerte, ni demasiada ceniza, ni temblores -hubo uno de 5,0 y no me enteré-, ni olor a azufre. La labor de los voluntarios es fantástica. En El Paso, los concejales de la oposición han huido pero los de Coalición Canaria, con el alcalde Sergio Rodríguez al frente, se ocupan de cada línea de auxilio: reparto de ropa y alimentos, en almacenes perfectamente clasificados; del refugio de animales, donde los burrillos detectan la presencia de sus dueños; de los servicios sociales. Un poni negro, gordito y enano, bosteza aburrido; los gallos de pelea se mueven nerviosos en sus jaulas; y los cochinos se empujan por la comida, tirándolo todo a su paso. Están a salvo, cuidados por veterinarios. Una pareja de ancianos viene todos los días desde el hotel de Fuencaliente, en su coche, para dar de comer a sus cabras. Por la mañana y por la tarde, a una hora y media por trayecto. Lo han perdido todo, menos a ellas.

En La Palma la pregunta que queda en el aire es qué pasará después. El volcán no ha provocado víctimas mortales directas. Los dos fallecidos (un suicidio y una muerte accidental) han sido colaterales. El éxito ha estado ahí, en la rapidez con la que se actuó desde el principio. Jorge, un joven empresario de Los Llanos, que me invita a comer pescado en Casa Goyo, junto al aeropuerto, se conoce de memoria la isla y también me habla de lo que puede ocurrir. Él tampoco lo sabe. Los palmeros recelan de los políticos que prometen. Y ha comenzado a desatarse la envidia entre líderes locales, ¿eh, Zapata?

Yo viví el Teneguía demasiado de cerca. Y demasiado de lejos, desde aquel bar de Fuencaliente. He pedido a José Luis Zurita que rescate mis crónicas para La Tarde. Esto es muy distinto: más medios, muchos damnificados. Lo que me parece brutal es la corriente de lava, aparentemente fría. Un diez para la joven ingeniera que inspecciona las gasolineras de la isla, que vació de combustible y llenó de agua los depósitos de la estación de servicio que se llevó el volcán. Anduvo lista.

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