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Vázquez-Figueroa: “Era lógico que Robert Maxwell muriera en el mar”

El escritor canario habla de la novela que está a punto de publicar, 'El sueño de Texas', que presentará este mes en Madrid acompañado del magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena, y también de la que está escribiendo, un relato en torno a la erupción volcánica de La Palma
El escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa. Carmen Suárez (El Español)

El 5 de noviembre de 1991 apareció flotando junto a las costas canarias un cadáver. Era el de Robert Maxwell, el magnate de la prensa británica, de origen checoslovaco, que había viajado a Tenerife en su yate Lady Ghislaine. Aparentemente, se cayó por la borda y murió ahogado. Sin embargo, la controvertida biografía del dueño del Daily Mirror y las extrañas circunstancias que rodearon a ese supuesto accidente fatal dieron paso a todo tipo de especulaciones. Jamás se han llegado a responder -al menos, de forma convincente- las múltiples preguntas que surgieron. Poco después, en 1992, el escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa (Santa Cruz de Tenerife, 1936) publicó ‘Ciudadano Max’, una novela de intriga en torno a estos hechos en la que Robert Maxwell pasa a llamarse Max Campbell. Justo 30 años después, la misteriosa muerte de Maxwell y esa novela son el punto de partida de esta conversación del autor de ‘Cienfuegos’ con DIARIO DE AVISOS. Una charla en la que Vázquez-Figueroa habla de la novela que está a punto de publicar, ‘El sueño de Texas’, que presentará este mes en Madrid acompañado del magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena, y también de la que está escribiendo, un relato en torno a la erupción volcánica de La Palma.


-Hace 30 años fallecía el magnate de la prensa Robert Maxwell, supuestamente ahogado tras caer al mar desde el yate con el que había viajado a Tenerife. En 1992 usted publicó ‘Ciudadano Max’, una novela donde Maxwell se convierte en Max Campbell. ¿Qué fue lo que le llevó a escribirla?
“Era un tema interesante. Maxwell había robado y zascandileado mucho. Era dueño de periódicos sensacionalistas, como el Daily Mirror, con los que hizo daño a mucha gente. En aquel tiempo, yo era habitual del Hotel Mencey, en Santa Cruz. Vivía en Lanzarote, pero iba con frecuencia a Tenerife. Uno de esos días en el hotel hablé con el responsable del restaurante, un hombre muy simpático del que no recuerdo su nombre, y me dijo: “La noche antes de su muerte, Maxwell cenó aquí y ocupó la mesa en la que está usted ahora. Se le veía nervioso, por momentos se quedaba pensativo y se fue muy agitado”. Al día siguiente se halló su cuerpo en el mar. Empecé a hurgar en su vida, como periodista que fui, y decidí escribir la novela. Ciudadano Max es bastante mala, pero muy apropiada para convertirla en película”.


-Incluso ya se había pensado en quién la protagonizaría: Robert Mitchum.
“Estuvo a punto de rodarse. Sin embargo, llegaron presiones de la familia Maxwell y también de gente muy poderosa que no quería que el proyecto saliera adelante. De manera que quien iba a ser su productor, un norteamericano, me dijo que lo mejor sería que lo dejásemos estar. Y ahí se quedó la cosa. Fue una novela de tantas entre el centenar largo que he escrito”.


-Y ahora la familia Maxwell ha vuelto a ser noticia.
“Sí. Un día leo que su hija Ghislaine Maxwell estuvo mezclada con otro magnate, Jeffrey Epstein, el depredador sexual que hace dos años se suicidó en la cárcel donde cumplía condena por tráfico de menores. Incluso tenía un avión, conocido como el Lolita Express, con el que trasladaba a las menores víctimas de abusos sexuales. Por lo visto, había mucha gente importante, como Bill Clinton o el príncipe Andrés de Inglaterra, relacionada con este pedófilo. La hija de Robert Maxwell era una de las celestinas que trabajaban para Epstein. Engañaba a las chicas y las enviaba al burdel de lujo que tenía este tipo montado. Con lo cual, en los Maxwell de tal palo, tal astilla. Es una familia rodeada de mucho lujo. Y también de mucha mierda”.


-De Robert Maxwell se llegaron a decir muchas cosas. Desde que era un empresario feroz e implacable a las turbias relaciones que supuestamente mantenía con la Unión Soviética o su también supuesto vínculo con el Mossad israelí.
“Se había buscado muchos enemigos. Entre ellos, el otro gran magnate de los medios de comunicación, Rupert Murdoch, su mayor rival. Pero también estaban sus tratos con la URSS y con Israel. Estaba metido en todos los charcos. Hasta cierto punto era lógico que lo arrastrase la corriente y acabase muerto en el mar. Era un gran candidato a ocupar un sitio en el cementerio”.


-¿En ese proceso de escritura de la novela llegó a encontrarse con alguna clave hasta ese momento desconocida?
“No lo recuerdo, ha pasado mucho tiempo desde entonces. No obstante, Ciudadano Max fue para mí una crónica periodística y una de las cosas buenas de este tipo de novelas es que quedan ahí, como el relato de un momento histórico. Y 30 años después la gente sigue interesándose por el tema, no es algo que se haya diluido. Ahora, por ejemplo, escribo una novela sobre la erupción en La Palma. Desde la editorial me han dicho que igual no es el mejor momento para escribirla, pero yo creo que sí que lo es, porque los escritores debemos ser notarios de nuestro tiempo”.


-Sería entonces entender la novela, una ficción, también como testimonio de la realidad.
“Cuando se produjo la erupción del Vesubio, quienes dejaron constancia de ella y de la desaparición de Pompeya y Herculano, en el año 79 d. C., fueron Plinio el Joven y Plinio el Viejo. Por eso las erupciones de esas características se denominan plinianas. Plinio el Joven cuenta cómo su tío decidió investigar la erupción, se acercó a ella y murió víctima de los gases que emanaban del volcán. Luego relata todos estos hechos. La destrucción de Pompeya y Herculano la conocemos gracias a lo que escribió. Así que pienso que escribir ahora una novela acerca de lo que está pasando en La Palma es oportuno. Además, para contarlo adopto en buena parte del relato un punto de vista diferente: el de un perro. Un perro que camina por la isla y de repente comienza a ladrarle a una montaña. La gente empieza a tirarle piedras para que deje de hacerlo, pero al rato la montaña revienta. En mi relato hay otra parte mucho más seria, la que tiene que ver con la solidaridad que se vive en la isla, frente a la insolidaridad de los bancos”.


-Acaba de publicar ‘El sueño de Texas’, una novela sobre las familias canarias que viajaron a América y fundaron en el siglo XVIII San Antonio de Texas.
“Es un relato auténtico. Principalmente, cuento la historia de María Curbelo, una joven de Lanzarote. A un grupo de familias canarias les ofrecieron colonizar Texas y se fueron a América. Pasaron muchas calamidades hasta que al fin se establecieron en San Antonio de Texas. María Curbelo, una niña entonces, trajo tiempo después a Canarias la cochinilla, el insecto del que se extrae el colorante a partir de su cultivo en tuneras. Eso generó una gran prosperidad en las Islas durante varias décadas, al ser el único lugar cercano a Europa donde se producía este tinte”.


-El libro lo presenta el día 24 en Madrid, en un acto en el que le acompañará otro canario, el magistrado del Tribunal Supremo Manuel Marchena.
“Sí, de Las Palmas de Gran Canaria. Es un gran amigo mío. Un día vino a casa con su mujer, que me pidió que le dedicase un libro. En lugar de eso, le firmé el original, lleno de correcciones, de la novela que estaba terminando entonces: El sueño de Texas. Se quedó muy contenta y, además, luego, al leer el libro, le encantó. Tiempo después me llamó por teléfono Manuel Marchena y me expresó su deseo de acompañarme en la presentación de la novela. Una vez le gané una apuesta. Le dije que había una isla que llevaba su apellido. Él me dijo que no, que estaba el pueblo andaluz de Marchena, pero que no existía ninguna isla que se llamase así. Pues bien, en uno de mis viajes estuve en las Galápagos, en el Pacífico, y una de las islas más lejanas de ese archipiélago se llama justamente Marchena. Creo que salvo yo y tres o cuatro más nadie lo sabe”.


-¿Por qué cree que un episodio histórico tan relevante como ese, la fundación de San Antonio de Texas, es tan poco recordado en Canarias?
“Pues, qué quiere que le diga. Precisamente, hace pocos años, el cronista oficial de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Ledesma, relató estos hechos en una pequeña crónica. En la historia de Canarias se encuentra ese capítulo y la historia es una de las principales fuentes de inspiración para un escritor. Además, la novela histórica ha servido y sirve a muchos lectores para aprender historia. Yo mismo he escrito mucha novela histórica. A través de mi personaje Cienfuegos recorro la historia de América, de su conquista. A mí me gusta mucho documentarme para escribir este tipo de libros. Pero mi interés se centra en unos lugares muy concretos. Mi mundo literario siempre es África, Latinoamérica y el océano, las zonas que mejor conozco. No podría ambientar un relato en Noruega, porque lo que único que sé es que allí hace mucho frío”.


-A raíz de la pandemia de la COVID-19 ha escrito dos novelas: ‘Cien años después’ y ‘La vacuna’. ¿Cómo se planteó estos relatos?
“Son dos novelas muy malas. Las escribí sin saber lo suficiente sobre la pandemia, porque, además, en esos días nadie sabía nada. Ahí me metí, como suelen decir en Venezuela, de asomao, y salió un churro. La primera novela ya lo fue y encima decidí escribir una segunda parte. Son infumables, no tienen nada que ver con la pandemia real y quien las lea se va a confundir”.


-¿Y cómo se siente en esas ocasiones, cuando contempla que ha sido fallido el resultado de su trabajo?
“Todos los seres humanos cometen errores. Yo me he casado dos veces. He escrito ciento seis libros y la mitad son infumables. Pero hay 10 o 12 que no están mal, y uno o dos que son realmente buenos”.


-Tras ese más de un centenar de novelas publicadas, ¿cómo es hoy su relación con la literatura? ¿Qué le mueve a seguir escribiendo?
“Mi relación es mala. La literatura reniega de mí. Empecé a escribir cuando tenía 15 o 16 años. Comencé a relatar la historia de mi vida en el desierto. Me crie en África, pasé toda mi infancia allí y de esa experiencia surgió Arena y viento (1953), que se publicó cuando ya había cumplido los 17 años. Desde entonces no he parado. Después de Arena y viento escribí catorce o quince novelas a las que nadie les hizo ningún caso, hasta que publiqué Ébano (1975), Ashanti, que tuvo un gran éxito. Inmediatamente la compraron para hacer una película [en 1979], en la que aparecen Michael Caine, Peter Ustinov, Omar Sharif, Rex Harrison, William Holden…


-¿Fue en ese momento cuando ya pudo dedicarse de forma plena a escribir novelas?
“A partir de ahí empecé no solo a ganarme el pan, sino incluso a ponerle mantequilla. Después llegaron Manaos (1975), Tuareg (1980), la serie de Cienfuegos (1987-2006), Coltán (2008)… Algunas novelas son malas y otras son buenas. Creo que todo escritor llega a saber en su momento, una vez que toma cierta distancia con respecto a sus obras tras ser publicadas, si son realmente buenas o no”.


-Y eso, supongo, no tiene nada que ver con que le gusten más o menos a los lectores.
“Claro. Por ejemplo, a mí me llega gente diciéndome que les ha encantado tal o cual novela mía y yo en cambio pienso sobre ese libro en concreto: ¡qué horror! Tengo una novela que se titula Palmira (1987), sobre la que si yo bebiese alcohol o consumiera drogas, que no lo hago, diría que la escribí mientras estaba borracho o drogado. Pero no fue así. Simplemente, estaba atontado cuando me puse a escribirla. Y salió un desastre, por supuesto. Pero uno tiene que apechugar con lo que hace. Si sale con barbas, San Antón, y si no, la Purísima Concepción”.


-Usted es periodista y escritor. ¿Cómo era la época en la que se dedicó al periodismo?
“Cuando estudié periodismo y comencé a ejercerlo no existía en España eso que llaman cuarto poder. Estaba Franco, por lo que ¿qué coño cuarto poder? El día que escribí un reportaje sobre la guerra civil en la República Dominicana y se me ocurrió mostrarme a favor de la revolución en ese país, el señor Manuel Fraga Iribarne, que era en ese entonces ministro de Información y Turismo, me quitó el carné de periodista y me tuvo cerca de dos años sin dejarme ejercer la profesión. O sea, que en aquel entonces no había cuarto poder y menos libertad de prensa. Había un solo poder y el resto a callarse. Esto era así. Hasta el punto de que decidí marcharme y emigrar a Venezuela, donde sí había libertad de prensa. Allí escribí Ébano. Cuando regresé a España, ya lo hice como escritor. No volví a ser periodista. Aunque, pensándolo mejor, algunas de las novelas que he escrito son periodísticas. Un periodismo, podríamos decir, encuadernado”.

El viaje no se interrumpe y la ruta siempre cambia

“A mis 85 años, no me apetece nada ir a los aeropuertos. Subirme a un avión no me importa, pero los aeropuertos son un coñazo”. Pese a esta confesión, mientras uno habla con Alberto Vázquez-Figueroa no deja de pensar que está guiando a su interlocutor en un viaje, lleno de riesgos pero también de aventuras. Y es inevitable que vengan a la memoria Julio Verne, Emilio Salgari o quizás el mismísimo Robert Louis Stevenson. Un itinerario que no es en línea recta, ni tampoco se publicita en Internet o en las agencias de viajes. A poco que uno revise esta charla, aparecen lugares como Lanzarote y Tenerife, la desaparecida Unión Soviética e Israel, la erupción de La Palma que comenzó el 19 de septiembre de este año y la del Vesubio, frente a la bahía de Nápoles, que arrasó Pompeya y Herculano en el 79 d. C. También entre las palabras se puede avistar la isla de Lanzarote o, algo más lejos, San Antonio de Texas. Del mismo modo que tras Gran Canaria se divisa la isla de Marchena, en las Galápagos. Y después Venezuela, o a lo mejor el continente africano. El viaje no se interrumpe. La ruta siempre cambia.

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