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El embajador del corcho blanco

Raúl Pérez Méndez es el joven artesano que construyó el belén de la plaza de Garachico con figuras a tamaño real que son admiradas a diario por vecinos y visitantes
Raúl Pérez cuida cada detalle en las piezas que realiza, desde el movimiento de las partes del cuerpo hasta la vestimenta.
Raúl Pérez cuida cada detalle en las piezas que realiza, desde el movimiento de las partes del cuerpo hasta la vestimenta. Sergio Méndez

Raúl Pérez Méndez tiene solo 25 años y un gran futuro por delante. Este joven de Garachico, vecino del barrio El Volcán, es el creador del belén de la plaza de La Libertad, que empezó haciendo el pasado año y que este año completó con Sus Majestades, figuras de gran tamaño elaboradas en corcho blanco, un material que domina a la perfección.

Le gusta ir a diario a la plaza a ver su obra y escuchar los comentarios de la gente que no lo conoce. Quienes sí saben quien es, lo saludan, lo felicitan y alaban su arte.

Apenas se inauguró, se le acercó un médico para decirle que admiraba las manos de los Reyes Magos, porque se le veían las venas y los nervios, como si fueran reales. “A mí me gusta que se fijen en esas cosas y más si te lo dice un profesional, porque significa que anatómicamente está bien hecho”, confiesa.

Además, las manos es una de las partes del cuerpo que más le gusta crear. Le gusta estudiar su anatomía, “porque si son de personas mayores, como la cara, tienen que tener sus arrugas y la musculatura tiene que estar en su sitio”, explica.

Sin embargo, Raúl siempre empieza trabajando la cara porque su mirada, su expresión, ya le indican cómo tiene que ir colocada la figura. “Me gusta jugar con los movimientos y en el caso del Belén, todas tienen uno distinto”, explica.

Desde pequeño cogía distintos materiales para construir cosas. Hasta que él llegó a la familia, en su casa no se hacía el portal por Navidad pero sus padres le fueron comprando poco a poco figuras y consiguió montarlo con piezas diferentes cada año. Con apenas 17 años diseñó una carroza de manera autodidacta para las fiestas lustrales de su pueblo puesto que ni siquiera había empezado sus estudios en la Escuela de Arte y Superior de Diseño Fernando Estévez.

Al finalizar cursó un ciclo superior de escultura pero su especialización llegó hasta ahí porque inmediatamente empezó a trabajar y desde entonces no ha parado. Pocos tienen esa suerte y las ideas claras de querer seguir formándose porque sabe que la tecnología también está metida en el arte.

Comenzó haciendo un trabajo para el Ayuntamiento de Santa Cruz, una mula y un buey para la plaza de España. Le siguieron piezas de Carnaval y sus obras ya invaden otros municipios del Norte, como Los Realejos o Santa Úrsula.

Los Reyes de Garachico están diseñados desde el año pasado porque la idea del Ayuntamiento es que el portal se vaya aumentando y cada año se añadan figuras a los pequeños jardines de la plaza.

Hasta que el cuerpo aguante

En agosto comenzó a esculpirlos en su taller, ubicado en el garaje de su casa, desde donde disfruta de unas vistas maravillosas al mar y donde tiene cientos de herramientas, latas de pintura y barniz, y los dibujos de sus vírgenes colgados que enseña con orgullo. No puede calcular cuánto tiempo tardó en terminarlos porque cuando trabaja no tiene horarios: “es hasta que el cuerpo aguante”, apunta. Tampoco explicar cómo surge el proceso creativo porque “le sale solo”. No cabe duda, es innato.

Su trabajo es su hobby. No escatima el tiempo que le dedica, disfruta tallando las piezas, eligiendo la decoración, perfeccionando cada detalle.

Primero traza un boceto, luego un dibujo a escala y por último, otro en el material que va a trabajar, que casi siempre es corcho blanco, que no se arruina y tampoco se deteriora con la lluvia pero que requiere de una gran paciencia y meticulosidad.

“Lo más lento es el acabado porque el corcho hay que cortarlo, cepillarlo y lijarlo varias veces para lograr que quede lo más liso posible”, explica.

Raúl esculpe pieza por pieza, que une con espuma de poliuretano y que necesita un lijado diferente al no tener la misma densidad. Además, cada una lleva tres capas de pasta que también hay que lijar de forma individual y por último, se le añaden las pinturas impermeables.

La decoración corre por su cuenta y le gusta hacerla lo más real posible. Por eso las telas, borlas y accesorios que elige sean de calidad y hay pajes que en su vestimenta llevan seda. Le gusta imitar que vienen de Oriente, “no de un Carnaval” y por lo tanto, intenta que los materiales que compran parezcan de allá, pese a que le cuesta cada vez más conseguirlos porque intenta comprar todo lo que puede en Canarias. “Quizás no todas las personas se den cuenta de estos detalles, pero la obra queda mejor terminada”, recalca.

Lo más admirado de su obra por los vecinos de Garachico es que los Reyes Magos son una copia exacta de los que se ven el día de la Cabalgata, vestidos exactamente iguales. Y lo que parece tela, está pintado a mano, un trabajo que cuesta reconocer a simple vista.

Su obra llega al Valle de La Orotava

Este año, las esculturas de este embajador del corcho blanco han traspasado las fronteras de la Villa y Puerto y han llegado a otros puntos del Norte de la Isla, en concreto, al Valle de La Orotava.

En la plaza de San Agustín, en Los Realejos, hay tres camellos diferentes a tamaño real con un diseño “muy fallero”. El de Melchor está agotado, dejándose dormir, el de Baltasar está echado en el suelo y el de Gaspar, de 3,30 metros de alto, se encuentra de pie. A su lado está el buzón donde los más pequeños depositan la carta para pedirle a los Magos de Oriente que hagan realidad sus sueños.

El joven artesano asegura que “sufrió transportándolos” hasta Los Realejos, sorteando cables y los puentes que hay entre ambos municipios, “pero llegaron enteros”, asegura sonriendo.

En Santa Úrsula, el tren de la fantasía y la ilusión de la Navidad tiene su parada junto a la plaza del casco, frente al Consistorio. Mide 5,30 metros de largo y atrae la atención de grandes y pequeños desde hace dos semanas. Es de madera con detalles en corcho, copia fiel de uno que le regalaron cuando era pequeño y en este caso, para construirlo, Raúl contó con la ayuda de un carpintero.

No se cierra a hacer nada. Trabaja para diseñadores de Carnaval, murgas, moldea nacimientos y figuras para clientes particulares, pinta carteles, le encanta la imaginería y tiene una Dolorosa que hizo a los 18 años que sale en procesión el Domingo de Ramos.

Apenas si tiene tiempo de descansar. En estos días tiene que entregar un belén y trabajos para las Carnestolendas que tienen que estar listos a mediados de enero.

Su próximo reto es entrar a un taller de fallas de Valencia. Sabe que es muy complicado porque los grupos “tiran” de artistas de allí pero aun así, quiere intentarlo. “Es uno de mis sueños y aunque trabajo muy parecido a ellos, no es lo mismo estar un taller y que te enseñen sus técnicas. Esa gente se pega un año haciendo solo una falla y me encantaría conocer esa forma de trabajar”, apunta.

Allí donde va, su trabajo deja huella porque tiene magia. Quizás lo sabe, pero se sonroja cuando le vaticinan que le espera un gran futuro en el arte. “Yo espero seguir teniendo los pies sobre la tierra, que es lo más importante”, contesta.

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