tribuna

Unión Europea y refugiados

Hoy quisiera compartir con ustedes unas reflexiones en las que verán que no dejo de mirar hacia el continente africano pese a que la atención del mundo se centra ahora casi exclusivamente en la brava resistencia ucraniana y en tratar de adivinar hasta donde es capaz de llegar Vladímir Putin.
La evolución de la invasión rusa en Ucrania indica que estamos no solo ante un conflicto que será largo y cruento, sino que marca claramente el inicio de un cambio enorme en las relaciones de poder en el mundo, en las que Rusia (o su presidente) ha decidido lanzar un órdago imperialista que, lamentablemente, nos ha devuelto de un plumazo la realidad de que en este mundo hay armas nucleares capaces de destruirnos, y que hay gente capaz de apretar el botón y hacer uso de ellas.

Al fin, europeos:
Llevaba un tiempo escéptico con la capacidad de la Unión Europea para ponerse de acuerdo y reaccionar de forma unánime ante la bravuconería rusa, primero, y la agresión después. Debo decir que me he sentido orgulloso del hecho de que ninguno de los 26 países entrase en la trampa del ‘divide y vencerás’ que pretendían los rusos al ningunear a la UE como interlocutor válido. Las sanciones promovidas por la UE (desde el acceso al sistema de pagos SWIFT al cierre del espacio aéreo para las compañías rusas, o el fin del pasaporte dorado para los millonarios y oligarcas) están causando un importante daño a la economía rusa y a quienes sostienen a Putin, y eso es fundamental.
Qué orgullo, permítanme decirlo, fue escuchar el lúcido y apasionado discurso de Josep Borrell en español en la sede del Parlamento Europeo en un momento que todos reconocían como histórico: “nadie puede mirar de lado cuando un potente agresor ataca sin justificación alguna a un vecino mucho más débil (…) y nadie puede poner en el mismo pie de igualdad al agredido y al agresor”. Esta sí es mi Unión Europea.

La llave (y clave) del gas
Mi escepticismo con la UE en un momento como este venía, por un lado, porque soy consciente de la importancia que la geopolítica de la energía ha adquirido estos días. La Unión Europea, que en gran medida depende del gas que le compra a Rusia, ha entendido que esa no puede ser la moneda de cambio con la que juegue Vladímir Putin. El proyecto del gasoducto Nord Stream 2, una construcción que garantizaba la llegada de gas ruso para estar abastecido durante muchos años, fue inmediatamente paralizado por Alemania, lanzando un contundente mensaje a Putin y la señal al resto de Europa de que había que empezar a buscar alternativas.
Y ahí es donde entra en juego España, un país que (en península, porque en Canarias no tenemos capacidad regasificadora, algo que creo lamentaremos pronto) dispone de una capacidad regasificadora (es decir, de convertir en gas utilizable el que llega por barco o por las tuberías de conexión con el norte de África) única en Europa. Nos falta capacidad para la distribución, a través de un proyecto que hace años fue paralizado: el enlace con Francia, que permitiría llevar hacia el este y norte de Europa todo el gas argelino. Debemos ser ambiciosos, y como dijo esta misma semana el presidente Pedro Sánchez, en su entrevista a TVE, hay que retomarlo y reactivarlo, no solo para transportar gas, sino para tener la base sentada para el transporte del combustible que en el futuro será más utilizado: el hidrógeno verde.
Es evidente que, en estos momentos, mantener el suministro a Europa de gas ruso conduce a una paradoja muy difícil de sostener: pagarle en euros o dólares a Putin para seguir teniendo gas es seguir alimentando el incendio provocado en Ucrania. En este sentido, España y África están siendo protagonistas en este juego geopolítico, en el que también aspira a entrar Italia.

Geopolítica Saheliana
La invasión rusa ha sacudido a la geopolítica del planeta. En África, en un momento en que muchos países estaban en un proceso de acercamiento claro hacia Rusia, la noticia de la invasión ha tenido que ser muy incómoda, algo como asomarse al abismo.
La muestra de esto pudo verse en Nueva York: 17 países africanos se abstuvieron en la importante votación sobre la invasión rusa en la Asamblea General de las Naciones Unida, exactamente la mitad menos uno de los 35 países que decidieron abstenerse alegando “neutralidad” en el mismo. Entre los países abstencionistas están algunos de los más importantes para nuestro país, como Senegal, Mali, Sudáfrica o Mozambique. Otros países del continente, 8, entre ellos Marruecos o Etiopía (también en conflicto), decidieron no participar en la votación.
Sin duda, algunos de los mapas que tanto han proliferado en estos últimos años mostrando el crecimiento de presencia militar rusa en África ayudan a comprender algunas de las abstenciones y algunas de las ausencias.
Veremos cómo evoluciona la invasión y si estos países son capaces de mantener esta neutralidad ante una agresión de este calibre, que sin duda amenazan (en caso de que Rusia prospere, afiance la su presencia en Ucrania e incluso vaya más allá en su ansia imperialista) con la vuelta a la Guerra Fría en un mundo perpetuamente amenazado por el desastre nuclear.

Refugiados, sí… rubios y de ojos azules
El titular de portada de El País en la mañana de este pasado jueves era tremendo: “El asedio ruso empuja al mayor éxodo de refugiados en 75 años”. ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, estima en cuatro millones de personas las que podrían escapar de Ucrania por la ofensiva de Putin. De ellos, ya un millón de personas ha salido del país.
Celebro y apoyo que la Unión Europea esté siendo sensible a este éxodo masivo, y que se habiliten mecanismos para poder acoger y ayudar a los ucranianos, pero si bien empecé este artículo celebrando, por fin, que haya acuerdo unánime en la Unión Europea, no puedo dejar de pensar la eterna doble vara de medir que tenemos con las migraciones que llegan del sur y que nos toca vivir a nosotros, y de la cuasi utopía que supone en estos momentos alrededor del Pacto Europeo sobre las Migraciones.
En los dos últimos días, precisamente, hemos vivido dos grandes escenas de salto a la valla en Melilla (desgarradoras imágenes, por cierto), al mismo tiempo que vemos este año como en Canarias batimos récords de llegada de pateras.
Es, en cierta manera, establecer escalas de sufrimiento y solidaridad y dar por hecho que un refugiado ucraniano puede ser aceptado y regularizado (lo cual comparto), pero no se puede hacer lo mismo con un maliense que huye del yihadismo o un senegalés que viene porque se ha agotado la pesca y su barrio se lo come el crecimiento del nivel del mar (lo cual no comparto).
Hemos llegado, incluso, a ver el ejemplo en la propia Ucrania, un país hasta ahora conocido por la cantidad de estudiantes de todo el mundo que se instalaban en el país para obtener grados universitarios. Muchísimos de ellos son (o eran) africanos. Incluso ahí, en el momento de permitirles subir al tren para abandonar una ciudad ya víctima de los primeros ataques, se dieron casos de racismo. Refugiados, pues, sí, pero ¿solo si son rubios y de ojos azules?
Ojalá, pues, aprendamos tras esta lección a cambiar nuestra mirada. Ojalá esta Unión Europea firme y decidida que hemos visto con Ucrania aparezca también en la gestión migratoria y que, por fin, seamos igual de solidarios con todos.

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