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Un Domingo de Resurrección que llama a la transformación

La vuelta paulatina a la normalidad ha permitido la celebración de los actos religiosos que la pandemia obligó a suspender durante dos años y que los fieles han retomado con renovada fe

“Que la fuerza de Cristo resucitado nos alcance y, renovándonos por dentro, trasforme nuestras tristezas en alegría”. Así se expresaba ayer el obispo Bernardo Álvarez en el transcurso de la eucaristía que presidió en la Catedral en el Domingo de Resurrección. En el transcurso de la misma se realizó, conmemorando el bautismo, la aspersión con el agua que se bendijo durante la celebración de la Vigilia en la noche del sábado al domingo.

“No hay solo una resurrección del cuerpo, hay también una del corazón”, la cual es para el día a día. La misma es la que “depende concretamente de nosotros, desde ahora” sostuvo el obispo, fortaleciendo la esperanza y la novedad nacidas de la Pascua, puesto que “no es cierto que no haya, para nosotros, nunca nada nuevo bajo el sol”.

Álvarez expuso también en la homilía la experiencia de encuentro con Jesús vivo tanto del apóstol San Pablo, como de Paul Claudel, como dos ejemplos del poder de la resurrección, cuyos efectos alcanzan a las personas.

Al término de la misa, el prelado felicitó la Pascua a los fieles y dio gracias a cuantos hicieron posible la Semana Santa para que, en este año, también pudiera celebrarse en las calles.

La procesión con el Santísimo Sacramento se dirigió, posteriormente, de la Catedral a la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción. Allí, concretamente desde la torre, el obispo impartió la bendición con el Santísimo.

En Santa Cruz también tuvo lugar la procesión del Resucitado desde la iglesia de San Francisco, mientras que por la tarde hizo lo propio el paso del Santísimo Cristo desde la parroquia de Santiago Apostol

Taganana

Ayer también fue un día para recuperar tradiciones que se han mantenido, a pesar de los años, en Domingo de Resurrección como es la quema del Judas, en Taganana, donde el muñeco que representa al apóstol que traicionó a Jesús, volvió a recorrer las calles del pueblo a hombros de sus vecinos, en la noche del sábado, para ser quemado en el día de ayer tras la celebración de la misa de Pascua. Esta tradición data de 1630, fecha en que está registrada por primera vez. El ritual comienza con la confección de un muñeco, representación de Judas, uno de los doce apóstoles del cristianismo que traicionó a Jesucristo. Se trata de un personaje muy controvertido, despreciado y rechazado, convertido en símbolo del mal. El Domingo de Resurrección el muñeco se coloca en las afueras del pueblo, en una zona despejada, pero destacada para que todo el mundo pueda contemplarlo. Allí se le hará un juicio figurado en el que se le coloca un cartel con su sentencia: ¡por traidor!

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