Cuando telefoneo a Jorge Zurita, uno de los hijos de don Víctor Zurita, que trabajó conmigo en La Tarde cuando la modernización del periódico, Jorge me dice: “En La Tarde pasaban cosas muy raras, ¿no crees tú eso?”. Aquel rotativo, que fue una auténtica escuela de periodismo, vivió peligrosamente desde 1927 a 1982, que fue cuando cesó su actividad, víctima de sus penurias económicas. Yo recuerdo a la gente, en las estaciones de guaguas, esperando la llegada del periódico, cuya distribución insular estaba en cierta manera ligada a Transportes de Tenerife: eran los choferes y los cobradores los encargados de custodiar los paquetes de periódicos, mientras que, a la puerta del periódico, una legión de indigentes esperaba la entrega de los ejemplares para venderlos por las calles de Santa Cruz. Recuerdo a dos, que estaban liados: el Papito y Carmita. Daba pena verlos.
Jorge coincide conmigo en que Francisco Pimentel Santana, escritor, corrector de pruebas, estrafalario y ocurrente, ha sido el gran olvidado de la historia de La Tarde y de la crónica. En principio no recibió el carné de periodista, como otros como Juan González, Vicente Borges, José Alberto Santana, Luis Ramos, Óscar Zurita Molina, que sí accedieron a él por una vía que abrió el Ministerio de Información y Turismo de Fraga a los que llevaban años ejerciendo la profesión con cierto prestigio.
Paco Pimentel llegó a La Tarde en 1968. Don Víctor, que era el director del vespertino, corregía todos los textos que salían de las linotipias, pero le empezó a fallar la vista, apenas veía por uno de sus ojos. Entonces pidió a aquel caballero llamado José Alberto Santana, un gentleman, un viajero que trabajaba como redactor, que le buscase a alguien para que le ayudara en la tarea de la corrección de pruebas.
Y fue entonces cuando apareció Paco Pimentel, un personaje que había escrito crónicas inolvidables sobre la noche de Santa Cruz, tituladas Santa Cruz la nuit. Posteriormente, las mejores fueron incluidas en un volumen que el Ayuntamiento editó y que yo no he encontrado en las hemerotecas que he consultado, aunque sé que en alguna deben quedar ejemplares.
POLICÍA LOCAL
Pimentel, cuando entró a trabajar en el periódico, conocía de sobra a los redactores de La Tarde, que también, como diría un autor refiriéndose al diario Pueblo, era un nido de piratas. Había trabajado en el Ayuntamiento de Santa Cruz como policía local, pero como era totalmente inútil para actuar como tal en la calle, se le encargó el cuidado de los presos en el calabozo situado en la planta baja de la casa consistorial. Les llevaba la comida y antes los conducía a la mazmorra con voz firme, fingiendo autoridad. Lo enchufó allí el hijo mayor de don Víctor, Mario, que era abogado, amigo de mi padre y técnico y jefe de Personal del Ayuntamiento, por oposición. Un hombre de profundo amor por Tenerife. Quién iba a decir que años después, en 1970, el propio Mario me recomendó a su padre, don Víctor, y gracias a él entré en La Tarde, como meritorio, sin sueldo. Permanecí en el periódico, ya cobrando, hasta un año después de terminar la carrera de Periodismo, en 1976. Fueron, sin duda, mis mejores años en la profesión. Allí encontré mi vocación y mi futuro, después de haber intentado seguir, en balde, dos carreras, Derecho y Medicina.
La muerte de don Víctor, ocurrida en 1974, fue uno de los peores disgustos que recibí en mi vida. No sólo era un auténtico caballero y un enorme periodista, sino un ejemplo en el trato, un hombre de bien. A su muerte lo sustituyó Alfonso García-Ramos, otro de mis grandes valedores y amigos, un escritor cuyo estilo y brillantez el catedrático y académico Gregorio Salvador Caja comparó con la escritura de Gabriel García Márquez. Alfonso escribió otras tan importantes como Teneyda, Guad y Tristeza sobre un caballo blanco. Falleció en 1980, víctima de un cáncer. Tenía solo 50 años.
Volviendo a Pimentel, hay una anécdota que define al personaje. En una cierta época de epidemia de gripe se produjo un gran absentismo laboral en el exiguo cuerpo de la Policía Municipal de Santa Cruz, cuyos agentes usaban salacof, tipo británico. Y sacaron a Pimentel a patrullar a la calle, no en uno de los dos vehículos disponibles –La Chivata y el Antonio— sino a pie. No se les ocurrió a los mandos sino mandarlo al mercado de Nuestra Señora de África, a dirigir sobre una tarima el tráfico de camiones y furgones, amén de los coches particulares y los taxis que por allí transitaban cada mañana. Armó tan fuerte follón que la ciudad tardó días en recuperarse del caos. Inmediatamente lo devolvieron a la “custodia” de los presos, que entonces no eran otros que borrachitos y ladronzuelos de poca monta.
Francisco Pimentel Santana era hijo de unos modestos comerciantes, propietarios de una ventita en la calle Cruz Verde. En ese local vivió muchos años, ya con la venta cerrada, antes de trasladarse a un viejo hotel pomposamente llamado el Palace, en el bajo Santa Cruz, en el entorno de la parroquia de La Concepción. Él lavaba –pocas veces— su ropa en una lavandería; las prendas sucias las metía en una gaveta de su mesa de corregir pruebas y la cerraba con llave para que sus compañeros no le gastaran ninguna broma. Aquello olía a perros muertos, pero como dice Jorge Zurita, y yo suscribo, en La Tarde pasaban cosas muy raras.
Cuando Pimentel me presentó la solicitud de ingreso en la Asociación de la Prensa –que yo presidí durante trece años—, el papel que me entregó, además de la solicitud de ingreso, contenía tachaduras, párrafos de otros asuntos, manchas canelas de saliva, mezclada con restos de tabaco, y una serie de anotaciones muy curiosas. Lo guardé en el archivo –allí estará—y le di curso a la solicitud: finalmente obtuvo su carné de periodista. Nadie se lo tenía merecido más que él.
Pimentel no se fumaba los puros sino que se los comía. Literalmente. Tenía una curiosa teoría sobre la higiene personal. Una vez nos contó a Francisco Hernández, un amigo tristemente fallecido, director que fue de la empresa Hernández Hermanos, y a mí, su increíble convicción: “Miren ustedes, esta grasita que cría el cuerpo humano es para protegerlo; si se te ocurre quitártela, bañándote con frecuencia, se elimina la barrera defensiva y es cuando llega la enfermedad”. Y es que Pimentel no veía el agua en semanas. Eso sí, vestía siempre con chaqueta y corbata y guardaba las formas.
Pero su prosa era una maravilla, era dueño de una gran capacidad de síntesis y de una enorme calidad narrativa, pero su infinita timidez le impidió ejercer el periodismo tradicional. Se quedó, tristemente, en corrector de pruebas. Por cierto que las pruebas, que corregía igual en un pasillo que en su destartalada mesa, volvían a los linotipistas manchadas de saliva y de restos marrones de tabaco y con alguna anotación al dorso que no tenía nada que ver con el texto corregido.
Su autor favorito, no me pregunten por qué, era Eduardo Zamacois, al que veneraba. Pimentel fue el que definió al ilustre abogado de Santa Cruz, don José Arozena, del que era muy amigo, como “un hombre de esquinas”. Decía: “Yo siempre me lo encuentro en una esquina de Santa Cruz, supongo que será porque don José conoce los sitios estratégicos para enterarse de todo lo que ocurre en la capital”. En cierta ocasión, Paco Pimentel se encontró por la calle con un barbero local que se había trastornado. Y le afectó mucho, porque era el barbero que lo pelaba y, de vez en cuando, lo afeitaba. Cuando le preguntamos en el periódico qué había ocurrido, respondía: “Se volvió loco, iba por la calle diciéndole a todo el mundo, Muebles Casino, Casino Muebles. Ese hombre es un peligro con una navaja en la mano”. No volvió a aquella peluquería.
Sus crónicas callejeras las leía todo el mundo. Fue en ellas donde afloraron personajes inolvidables en la historia de Santa Cruz. Ya digo que unas cuantas, publicadas en El Día, se reunieron en un volumen. No podía faltar en sus artículos (aunque no con tanto detalle, dada la época) la cita de un personaje, físicamente idéntico al inolvidable obispo Pérez Cáceres, a quien todo el mundo atribuía su paternidad. Le decían Manolo el Gallo y, la verdad, era igualito al obispo. Tenía un garito cerca de la plaza de Santo Domingo, si no recuerdo mal, muy frecuentado por putas, periodistas, borrachitos y otra gente de vivir dudoso. Naturalmente, abría sólo de noche.
Pimentel hablaba bajito, algo muy propio de su timidez, y veneraba a don Víctor y a Alfonso García-Ramos, que lo llamaba –como a todo el mundo—a gritos. Llegaba temprano para corregir las primeras pruebas y se iba el último porque no tenía nada que hacer. Muchas veces dormía con el traje puesto. Tenía la categoría, si no recuerdo mal, de auxiliar de redacción, pero siempre mereció ser mucho más. Su timidez evitó que progresara, dentro del periodismo insular. Pimentel merece más de lo que la historia le ha reconocido. Escribió mucho menos de lo deseado, quizá porque nadie valoraba su obra, pero era una persona muy inteligente.
Ya mayor, se enamoró de una señora de La Orotava, que lo primero que hizo fue bañarlo y vestirlo como a un caballero. En los últimos años le vi muchas veces, en compañía de su esposa, paseando por la Villa, con la ropa impoluta, un periódico bajo el brazo y corbatas a juego con el traje que llevaba puesto. Saludaba entonces a los demás transeúntes con cierta displicencia. Para él fue una bendición. Cómo se conocieron, no lo sé. La señora ya murió aunque me imagino que quedarán familiares que podrán dar testimonio de su cambio estético.
En Internet he encontrado algunos datos suyos, que fijan el día de su nacimiento en 1925 y el de su fallecimiento en 2002. Paco Pimentel fue colaborador de la revista Gánigo y de la famosa Gaceta Semanal de las Artes. En La Tarde firmaba una sección retrospectiva llamada La rueda del tiempo y se le reconoce como autor de un famoso guion de radio, de mucho éxito en Radio Club Tenerife, titulado Un siglo de la ciudad. Había cursado estudios, que no terminó, en la Universidad de La Laguna, creo que de Derecho. También en la red obtengo referencia de su libro Santa Cruz la nuit, editado por el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Me encantaría recuperar un ejemplar, pero no sé dónde intentarlo otra vez. Aunque sus crónicas en El Día se sitúan en dicha información de Internet en los años 80, yo creo que fueron muy anteriores. Creo que aparecieron en los 60, años inmediatamente anteriores a su ingreso en el periódico vespertino.
Paco Pimentel fue, en cierta manera, el gran olvidado de los cronistas locales. Era dueño de una imaginación desbordante y retrató, con gracia y éxito, a aquellos personajes que adornaban las anodinas noches de la capital. Supongo que periodistas veteranos como Eliseo Izquierdo, para mí otro maestro –aunque ya se sabe los peligros que conlleva llamar a alguien maestro en esta profesión y si no que se lo pregunten al fallecido periodista deportivo Tinerfe cuando llamaba maestro a Ernesto Salcedo-, digo que supongo que Eliseo, con quien tuve el placer de hablar hace muy poco tiempo y que tiene 92 años espléndidos, recordará muchas anécdotas de Paco Pimentel. Lamentablemente, lo apremiante que resulta el ejercicio de esta profesión no me ha permitido recabar su colaboración para que me las contara.
Tenía que hacer justicia a Pimentel. Desde hace mucho tiempo me había prometido a mí mismo estas dos páginas, que hacen un paréntesis hoy en mi sección habitual de entrevistas, para glosar la vida de quien dio lustre a la crónica ciudadana durante años y para quien hizo deliciosa la convivencia a tantos personajes que trabajamos en aquella escuela de periodismo que fue La Tarde, el rotativo que la gente esperaba en las paradas de las guaguas. Pimentel fue uno de esos escritores olvidados, un escritor de un solo libro, un hombre con una finura literaria que no llevaba incorporada en su indumentaria ni en su higiene corporal, ya digo que hasta que matrimonió con aquella señora que le cambió la vida.
Lo recuerdo mucho y muy gratamente. No tenía familia, al menos que yo sepa. Y me complace citarlo con inmenso cariño. También se aprende de la gente modesta, de la gente sencilla. Quizá más que de cualquier otra. Agradezco al arquitecto Carlos Pallés, custodio del archivo de una persona tan querida para mí como fue su padre, el gran fotógrafo Antonio Pallés Sala, la cesión de estas fotografías que hoy ilustran esta crónica retrospectiva.





