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Joyas de la finca en pequeñas dosis en el norte de Tenerife

En plena pandemia, los hermanos Juan Felipe y Mercedes García Rodríguez comenzaron a elaborar vino natural en su bodega de La Perdoma con la técnica del cordón trenzado, iniciada por su padre y después sumaron el cultivo y la producción de café
Felipe García Rodríguez y su hermana Mercedes en su finca de La Orotava. | Fotos: Fran Pallero

Tres años antes que el Gobierno de Canarias empezara a analizar el potencial que tiene el cultivo de café en las islas, Felipe García Rodríguez y su hermana Mercedes empezaron a plantearse la posibilidad de cultivar esta planta en su finca de La Perdoma, en La Orotava.

Lo hicieron “aburridos” de ver tantos aguateros y además, querían apostar por un segundo cultivo, una alternativa al viñedo y decidieron apostar por el café.

Se fueron a Agaete a interiorizarse por su cultivo y concluyeron que si esta planta, que generalmente necesita sombra, se da bien en este municipio de Gran Canaria, que tiene temperaturas muy elevadas, en el Valle de La Orotava, con la sombra natural de la panza de burro, el frescor de los vientos alisios y las condiciones idóneas de humedad, se iba a dar aún mejor. Así que compraron varias plantas y decidieron arriesgarse sin saber si en la zona había algún antecedente de este tipo de cultivo.

No se equivocaron. Tres años después los cafetos empezaron a dar sus frutos y han obtenido la primera producción que “no es mucha, entre 15 y 20 kilos”, y que comercializan en establecimientos gastronómicos como una mezcla de variedades bajo el nombre ‘El café de la finca’, certificado por el Instituto Canario de Calidad Agroalimentaria (ICCA).

Ellos mismos realizan todo el proceso excepto el tueste, aunque su intención también es aprender a hacerlo en la finca.

Su “aventura” va de la mano con el vino ecológico y está ligada a la pandemia. Fue en pleno confinamiento cuando ambos, afectados por un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) en sus respectivos trabajos, Felipe, en el ámbito turístico y Mercedes, en el de la moda, decidieron ayudar a su padre, Felipe García González, con el cultivo de la viña en cordón trenzado en la finca, ya que además estaban cursando un módulo de vinificación en el IES La Guancha.

Se vieron en un apuro cuando éste les dijo que ese año no tenía fuerzas para vendimiar. “Nos vimos con muchos kilos de uva y sin saber qué hacer, pero teníamos el producto, estábamos aprendiendo a hacer vino a nuestra manera, y probamos”, cuenta Mercedes.

Dado el respeto ecológico con el que siempre su progenitor trabajó la finca, tenían claro que no querían elaborar un vino convencional sino natural, sin el añadido de levaduras, sulfitos, ni bacterias lácticas para inducir la fermentación.

Hicieron una pequeña cantidad, que les dejó unas 250 botellas y el resto de la producción, la vendieron. Lo lanzaron al mercado con el nombre de Marañuela, el mismo que eligieron para su bodega, debido a que en el lugar abunda esta planta herbácea trepadora con una flor muy llamativa, que se conoce también con el nombre de Capuchina.

A partir de ahí no pararon. Iniciaron un camino que no ha hecho sino crecer. Con la añada 2022 se sumaron Cariño y Siroco, un blanco semidulce, y Raíz, que es un homenaje a su padre, y en la del año pasado lo hicieron Terna, un tinto elaborado íntegramente en acero inoxidable, y Calima.

“Todos ellos ecológicos, sin estabilizar ni filtrar, que proceden de terreno equilibrado, en el que es necesario trabajar mucho el suelo y utilizar productos naturales”, explican.

Recuperaron la manera en la que su padre elaboraba el vino hace 50 años. Pisan la uva -un 90% de listán negro y otro 10% de blanco-; la despalillan manualmente; le quitan el engazo y no utilizan maquinaria. La uva se fermenta durante varios días dentro hasta que baja a los depósitos.

La misma filosofía la trasladan a la bodega, donde no emplean ningún producto químico.

Igual que hacen con el café, se encargan de todo: embotellan los caldos, los promocionan, los llevan a los restaurantes y los distribuyen. En momentos puntuales como la vendimia, acude toda la familia a echar una mano. Se refieren a su madre, Juana, y sus otras tres hermanas, Séfora, Marta y Lola. A ello hay que añadirle toda la burocracia a la que tuvieron que hacer frente para conseguir los permisos y registrar el nombre.

En dos años la producción se elevó a 1.800 botellas, han logrado colocarla en restaurantes con estrella Michelín, aunque la cantidad, apuntan, “sigue siendo ridícula”. Este año se presentan al concurso de vinos del Liceo de Taoro por primera vez con un vino embotellado y bajo el amparo de la Denominación de Origen Valle de La Orotava.

Mercedes ha dejado la costura para siempre y Felipe ha tenido la oportunidad de volver al sector turístico pero al final lo ha descartado. Ambos han decidido apostar por su empresa.

No les impresiona la cantidad de botellas ni de kilos de café que producen sino todo el recorrido que han hecho en este tiempo y el haber vencido ante el ‘no’ de los demás. Cuando les decían que no se podía hacer vino natural o que el café no era de Tenerife, ellos confiaron en que tenían algo distinto para ofrecer, hecho con muchísimo cariño y por lo tanto, no dudaron en que sus joyas de la finca, aunque fuera en pequeñas dosis, iban a despertar el interés que habían proyectado.

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