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Fallece Juan del Castillo, el hombre que informó sobre el MPAIAC

En medio de un desierto informativo y de un éxodo de autoridades, Juan del Castillo ejercía de gobernador civil, sin serlo, y fue el encargado de atender a un ministro que venía a informarse sobre el MPAIAC, preocupado por las diatribas de Antonio Cubillo desde Argel
Falleció Juan del Castillo, el hombre que informó sobre el MPAIAC

Era yo subdirector de este periódico cuando una tarde me llamó Juan del Castillo León, que como delegado de Cultura era la única autoridad superviviente de un tórrido mes de agosto. Me dijo: “Ven al Mencey porque alguien quiere hablar contigo”. Eran los tiempos de la UCD y Marcelino Oreja Aguirre era el ministro de Asuntos Exteriores. Era Marcelino quien me esperaba.

En medio de un desierto informativo y de un éxodo de autoridades, Juan del Castillo ejercía de gobernador civil, sin serlo, y fue el encargado de atender a un ministro que venía a informarse sobre el MPAIAC, preocupado por las diatribas de Antonio Cubillo desde Argel. Lo enviaba Adolfo Suárez. Entonces las cosas no eran como ahora. Ni parafernalia de vehículos, ni escolta policial. Juan del Castillo, Oreja y yo nos reunimos en el jardín del Mencey y hablamos largamente de Cubillo, de sus andanzas y de los efectos en Canarias de su apostolado independentista. Fue muy interesante.

Juan, alto funcionario de la Administración General del Estado, estuvo destinado un tiempo creo que en Cádiz, como delegado de Turismo. Fue secretario general del Gobierno Civil de Santa Cruz de Tenerife, pero se arrepintió apenas haber tomado posesión y dimitió; secretario de Información y Turismo, con Opelio Rodríguez Peña como delegado; delegado de Cultura, donde realizó una excelente labor en las islas occidentales; y delegado de Muface, la mutualidad de funcionarios. Amigo de políticos relevantes de la UCD, como Fernando Suárez, recientemente fallecido.

Era soltero, reservado y amigo de sus amigos, a los que abandonó durante la última parte de su vida y no ellos a él. Ya no cogía el teléfono, se había desencantado de todo y se había metido en su casa, esperando la muerte, desde hacía años, víctima de una depresión contumaz que le había quitado el ánimo. No le gustaba que lo fueran a visitar, había renunciado a todas sus amistades, o a casi todas. Eso sí, rodeado de recuerdos, de sus artículos -excelentes-, de sus pregones -incisivos y mordaces-, de sus libros muy bien escritos, con una prosa fresca, como de corredor. Cuando estaba bien, Juan gustaba reunirse con sus amigos en el Real Casino.

Para Juan, hijo único, fue un golpe muy fuerte la muerte de su madre, doña Peregrina León. Su padre, el doctor Del Castillo era médico otorrino y odontólogo, muy conocido en sus tiempos de ejercicio profesional. Tenía el escritor muchos amigos, muchos, y sin embargo no quiso saber nada de ellos al final de su vida.

Juan era un hombre muy especial. Le encantaba regalar dulces de la pastelería Taoro, de don Egon Bonde, y se los encargaba siempre a Ángel Luis, uno de sus propietarios. Nunca me faltó una tarta de Juan el día de mi cumpleaños y el domingo romero de La Orotava su casa era un hervidero de gente. Una fiesta a la que todo el mundo quería ir. Juan me prohibió siempre que contara una anécdota: que un perrito cooley propiedad de Juan, con muy mala leche, le mordió una vez los huevos a un capitán general, de visita en su casa un día de romería; eso sí, el militar iba de paisano. No fue nada grave, pero Juan se alarmó mucho y el general también. En lo sucesivo, Juan siempre ató al perro en sus fiestas llenas de postres y de buen vino.

Fue declarado Villero de Honor por el Ayuntamiento de La Orotava y este título le marcó mucho, porque ante todo lo era. Un villero con vocación de villero de verdad. Cantor de la Villa, como nadie lo había hecho; historiador de las umbrías y los postigos de las viejas puertas de quicios chirriantes de la ciudad; confidente literario de sus personajes relevantes; descubridor de entresijos de sus historias; un escritor costumbrista de primer orden, muy leído y con mucho sentido de lo que veía alrededor, que retenía de manera asombrosa.

Nos prologamos libros mutuamente. En un pregón sobre el Puerto de la Cruz me citó generosamente y Juan del Castillo, como nadie, sacó lustre a pequeños sucesos que no salen nunca a la luz a no ser que existan personas como él que los descubran. No deja familia cercana, sólo familia lejana.

Recuerdo a Lala, que siempre le cuidó, y no sé si seguía haciéndolo porque Juan se aisló y yo no hablaba con él desde que se inició su última y definitiva depresión, hace ya más de una década.

Juan del Castillo falleció ayer, a los 81 años de eda, en su pueblo, en la Villa de La Orotava, donde hoy se oficiará el entierro, a las 14 horas, en la iglesia matriz de Nuestra Señora de La Concepción.

Descanse en paz y habrá un lugar donde espere por nosotros para seguir hablando. Desde luego, hay una cola de amigos que está esperando una tertulia pendiente con esta persona afable, educada, que la enfermedad tornó huraño, reservado y encerrado en una casa preciosa, que supongo que alguien querrá convertir en museo alguna vez.