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¿Guerra en el paraíso?

El telón de 2025 se abre con un insospechado afán expansionista de EE.UU. que agita mapas y pesadillas históricas de las Islas, sensibles a cualquier veleidad internacional
Búnker de Santa Úrsula, en el norte de Tenerife. | DA

Si Donald Trump considerara, una de esas mañanas en que tiene un mal despertar, que las Islas Canarias, tan envidiables estratégicamente, deberían ser propiedad de Estados Unidos, volveríamos al siglo XIX, cuando todo quedó en una boutade.

Ahora pretende comprar o arrebatar Groenlandia a Dinamarca, y Europa se ha puesto de uñas contra el delirio del magnate que regresa el día 20 al lugar del crimen, la Casa Blanca, una vez condenado este viernes como un delincuente. Pero Trump vuelvecon ínfulas. También desea poseer ad libitum el Canal de Panamá y Canadá, cuyo primer ministro, el liberal progresista Justin Trudeau, acaba de dimitir presionado por su partido y quién sabe si por las pretensiones del poderoso vecino.

Cuando parecían inevitables las hostilidades entre EE.UU. y España en la Guerra de Cuba (que José Martí, el poeta e independentista hijo de canaria, llamaba la “guerra necesaria”), Theodore Roosevelt, que sería presidente poco después y por entonces era subsecretario de la Armada yanqui, pensó seriamente en invadirnos, en 1896, con una escuadra volante de cuatro cruceros rápidos que se adentraría sigilosamente en el Atlántico para asediar a España desde sus periferias canarias, bloquear el tráfico mercante y bombardear las orillas enemigas.

Roosevelt era un ferviente defensor de aquel plan antes de la guerra con España, alentada por el magnate de la prensa Hearst, que inspiró el personaje orsonwelliano de Ciudadano Kane. Los americanos barajaron en serio la aventura canaria y el dossier estuvo sobre el despacho oval, que ahora ocupará un Trump repentinamente expansionista, acaso contagiado por su mano derecha, Elon Musk (megalómano como Hearst), que anhela poner los pies en Marte.

Canarias, con escasas y anticuadas baterías en Tenerife y Gran Canaria, se encomendó a su gesta nelsoniana. Las autoridades apelaban a esa buena estrella legendaria para “defender palmo a palmo, si preciso fuere, este pedazo de tierra bendita donde descansan las cenizas de nuestros mayores”. Y el capitán general declaró el estado de guerra. Finalmente, el presidente americano, William McKinley, descartó la idea. Y Canarias pudo respirar tranquila. Con todo, en el 98, al firmar el Tratado de París, por la pérdida de Cuba, España estuvo a punto de quedarse sin algunas de estas islas.

No sería la primera ni la última vez en que fuimos objeto del deseo de las potencias. Tan solo 40 años después, en la II Guerra Mundial, se repitió la historia.

Ciertos documentos secretos de los Archivos Nacionales de Reino Unido, revelan que Hitler, mientras se reunía con Franco en Hendaya, en 1940, tramaba hacerse con el control de estos peñascos. Al parecer, el Führer sopesaba asestar un golpe interno, con ayuda de una comunidad de 2.000 alemanes ya establecidos en las Islas y agentes de refuerzo llegados de incógnito ese mismo año. Contaba aquí con barcos y aviones (nuestra aviación era alemana), así como plantas de almacenamiento de armamento y búnkeres defensivos. Era como si Hitler hubiera llevado a cabo ya una “invasión silenciosa” de Canarias.

La rocambolesca estratagema se inspiraba en el descontento local, a causa de la pobreza, como caldo de cultivo para incitar “cierta desafección con el régimen” franquista mediante el soborno de autoridades locales. El objetivo era convertirnos en un protectorado alemán, cerca de Dakar (Senegal) en el África francesa bajo dominio nazi.

Esto era un vivero de espías del Eje y los Aliados que se cruzaban por las calles en las capitales canarias. No se descartaba que Franco estuviera, en combinación con Hitler, dispuesto a fingir una rebelión isleña contra él a favor de los nazis, con lo que no comprometería su neutralidad, tan dependiente de la voluntad británica para salvar los envíos atlánticos de combustibles y de trigo con que matar el hambre de la población.

A Winston Churchill, primer ministro británico, se le encendieron las alarmas y programó, de inmediato, su propia invasión del Archipiélago (la archiconocida Operación Pilgrim), con 25.000 soldados al mando del general Robert Sturges (la Fuerza 110), dispuesta a desembarcar en Gran Canaria. Estaba decidido: si Franco o Hitler entraban en Gibraltar (en poder de los británicos desde el siglo XVIII), Churchill atacaría Canarias, que figuraba en la agenda de los Aliados en el oeste de África. Pero los acontecimientos se precipitaron, con la entrada de EE.UU. en la guerra y el interés de Alemania por centrarse en la batalla de Stalingrado. Londres se sosegó y canceló el plan.

No obstante, fuimos testigos de los ataques despiadados en aguas del área de Canarias, en 1943, de la “manada de lobos submarinos” alemanes (la Operación Seeräuber), contra cualquier embarcación sospechosa de pertenecer a los Aliados. Algunos cadáveres llegaron a ser rescatados por pescadores canarios. Fueron 20 días de marzo en los que, según la Armada británica, “los alemanes nunca estuvieron tan cerca de interrumpir las comunicaciones entre el Nuevo Mundo y el Viejo”. La flota nazi creó una pantalla invulnerable al oeste de las Islas, pero al año siguiente sus submarinos caían bajo el sónar de los británicos.

Todo esto sucedió. Es la película que aún no se ha hecho de una Canarias envuelta en los grandes conflictos internacionales. Bifurcaciones históricas de cuando nos rondaba de nuevo el fantasma de Nelson, que hoy son anecdóticas. Pero bastó que Trump, abriera la boca expulsando fuego contra los territorios que corteja, para que regresaran los malos recuerdos.

Por si fuera poco, esta semana fue detectado un antiguo barco militar estadounidense, el Cape Texas, que no paraba de dar tumbos entre La Palma y Tenerife, hasta atracar en Las Palmas. El buque borracho parecía surgir de aquellas tinieblas de antaño y pasearse por las Islas burlonamente.

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