La poeta Elsa López nos cuenta que es un verso libre. Su poesía no sigue reglas ni tendencias, porque es su manera natural de comunicarse. Su voz tiene ritmo, su pensamiento fluye con cadencia, y su escritura es el reflejo de su esencia. Desde su infancia, marcada por la soledad, hasta su crecimiento como escritora, ha aprendido que el conocimiento es clave: “Si no puedes viajar, lee. Y si puedes hacer ambas cosas, el triunfo asegura todo”. Ha enfrentado el miedo, el abandono, el horror, pero también la belleza del mundo, sin reservas ni temores. Así lo ha contado en una entrevista con ATLÁNTICO TELEVISIÓN.
-¿Cómo ha evolucionado su lenguaje literario a lo largo de todos estos años?
“No ha evolucionado absolutamente nada. Hace poco han publicado mi primer libro; lo han vuelto a publicar porque cumplía 50 años y me han hecho un regalo. El viento y las adelfas fue un libro de poemas que se editó en el año 1973. Curiosamente, cuando leo algunos poemas de ese libro en público, me reconozco siempre y además me encuentro muy cómoda con la Elsa de entonces, que realmente es igual a la de ahora. Volvería a escribir este libro exactamente igual. Siempre sostengo un ritmo; un ritmo literario, de lenguaje.”
-El ritmo, fundamental, sobre todo en la poesía.
“Es la esencia de mi voz literaria. Siempre hablo como escribo. No hay artificio en mi poesía; simplemente es mi manera natural de comunicarme. La forma en que construyo las frases, el ritmo que las sostiene es el mismo cuando dialogo y cuando escribo. El poeta José Hierro solía decir que mi musicalidad era propia y que, cuando hablo, lo hago como si fueran endecasílabos. Es curioso, porque no es algo que haya estudiado ni intentado perfeccionar. Es mi ritmo interior, una cadencia que me acompaña en cada palabra, en cada verso. Incluso cuando regaño a mis nietos, me dicen: “Abuela, es como un discurso”. No lo hago con intención, simplemente es mi manera de expresarme, de dar forma a mis pensamientos. La poesía tiene una estructura, sí, pero en mi caso, no es un molde rígido. Es, más bien, el reflejo de mi propia voz. Cuando releo El viento y las adelfas me reconozco plenamente en él. Volvería a escribirlo exactamente igual. Porque mi manera de entender la poesía no responde a tendencias, sino a una pulsación propia, a una voz que es, al mismo tiempo, escrita y hablada.”
–Dado que su poesía son versos libres, ¿se considera un verso libre?
“Sí. (Sonríe). Soy un verso libre. Siempre lo he sido. A menudo, cuando doy una conferencia o hablo en público, me dicen: Parece que estás recitando un poema. No es intencional, simplemente es mi manera de comunicarme. La poesía no es algo que separo de la vida cotidiana, sino una forma natural de expresión que envuelve cada palabra, cada pensamiento. Recuerdo cuando presenté mi tesis doctoral en la universidad. Fue un trabajo académico sólido, respaldado por una investigación y estructura formal. Sin embargo, el presidente del tribunal, después de darme una calificación excelente, me dijo algo inesperado: Lo leí y pensé: ¿es usted poeta? Mi respuesta fue simple: “Sí.”
-Vamos, que no lo elige, lo lleva en el ADN.
“La poesía no es solo un estilo de escritura. Es un ritmo interno, una cadencia que moldea mi visión del mundo y la forma en que la comparto. Incluso en textos aparentemente técnicos o en conversaciones cotidianas, mi manera de ordenar las palabras sigue su propio compás. La poesía es mi voz, mi estructura, mi esencia. Se insinúa en cada frase, en cada pausa, en cada silencio que también habla.”
–¿A qué edad escribió su primer poema?
“Yo tenía 17 o 18 años cuando mi primer poema se leyó en público. Se murió Lumumba. Lo mataron. Era el gran independentista del Congo. Yo estaba en plena etapa de lucha, y aquello me pareció terrible. Me sigue pareciendo terrible. Escribí un poema sobre él. Nunca lo publiqué, era malo, pero tenía ritmo. Cada cierto verso repetía: Ay, Lumumba, Lumumba, ya no hay flores en tu tumba. Mis compañeros lo cantaban en las manifestaciones. Ahí despegué. Empezaron a pedirme que escribiera cosas. Y yo escribía. Pero siempre seguí escribiendo a solas. Soy una escritora de soledad. Escribo cuando quiero, donde quiero: en un bar, en la calle, en el coche. Siempre he escrito así, dando tumbos.”
-¿Tiene algún ritual?
“No. Cuando una idea me viene a la cabeza, necesito escribirla en el momento, antes de que se me escape. No hay rituales ni preparaciones, únicamente el impulso de plasmar lo que surge. Si lo dejo pasar, corro el riesgo de perderlo.”
-Si le viene por la noche, se levanta y lo escribe.
“Siempre tengo un cuaderno a mano: en la mesilla de noche, en el bolso, en el bolsillo del traje. En él acumulo versos e ideas que luego pueden convertirse en un artículo o una novela. Escribir es una necesidad. No paro de transformar pensamientos en palabras. A veces me impongo una disciplina, me siento frente al papel o al ordenador y escribo lo que surge. Como un ejercicio, como una forma de mantener la mente despierta. Pero hay momentos especiales. A veces, antes del amanecer, me despierto a las cuatro y media, bajo las escaleras de mi casa en La Palma y escribo. Me quedo escribiendo hasta las nueve. Luego desayuno y empieza mi vida. Pero hay algo en el silencio que me obliga a pensar, como si la quietud me ordenara las ideas. Y, sin embargo, también escribo en un bar, rodeada de ruido, de voces, de movimiento. Me gusta el bullicio. Es extraño, pero ambos espacios -el silencio y el ruido-me acompañan en la escritura, cada uno con su propia fuerza.”
-Vivió en Fernando Poo, en Guinea Ecuatorial (Bioko), La Palma y Gran Canaria. ¿Qué recuerdos tiene?
“Pasé tres años en un internado en Gran Canaria. La enorme habitación llena de camas solo hacía más evidente la soledad de los fines de semana. Mi familia estaba lejos, en África o en La Palma con mi abuela, y yo me quedaba allí. Las demás niñas tenían a alguien, pero yo no. Las monjas no fueron ni mucho menos un consuelo. Bueno, salvo la madre San Juan. Ella me veía llorar, y en lugar de ignorarme como las demás, me abrazaba y me acunaba como a una niña pequeña. Su gesto fue el único refugio en aquella soledad. Con el tiempo, un matrimonio que conocía a mis padres comenzó a sacarme algunos fines de semana. Gracias a ellos conocí Vegueta, Las Canteras…Esos días fueron un gran respiro para mí. Después de esos tres años, me trasladaron a Madrid; no lograba adaptarme. Fue otro cambio muy difícil, otra batalla contra la distancia y la soledad. Cada lugar dejó su huella.”
-También vivió años en Suiza, en Madrid…
“Ante un desamor, lo pasé muy mal. Y en lugar de recurrir a médicos o pastillas, mi familia, siempre viajera, decidió que lo mejor era cambiar de aires. Y así me fui a Suiza. Fue un año espléndido, lleno de nuevas amistades y experiencias maravillosas. Aunque nunca fui bailarina, me escapaba a un local flamenco y los turistas disfrutaban viéndome bailar. Siempre me fascinó el flamenco, su arte, su fuerza. Incluso tomé clases; me encantaban. También tenía un sueño recurrente: verme en un escenario, con un traje de cola, cantando coplas.”
-Hablando de coplas, cuéntame por qué le gustan tanto…
“Yo soy muy de coplas, me apasiona Marifé de Triana, Concha Piquer y todas las grandes. Esa música me toca el alma. Una vez canté una en un teatro en Madrid. Durante mucho tiempo, tuve muy presente un poema de Vázquez Montalbán dedicado a Concha Piquer. Fue entonces cuando me atreví a interpretarla y fue la única vez que canté una copla en público. Tengo anécdotas al respecto. Se metían mucho conmigo mis compañeros de la universidad y de la movida de Madrid de los años 60, y te cuento por qué. Íbamos siempre a un bar y yo ponía monedas para oír siempre canciones de esa época. Y se reían de mí. Uno de mis compañeros de universidad, José Luis García Sánchez, con el tiempo terminó siendo director de cine y rodó una película con Isabel Pantoja, Yo soy esa. Años después, me sorprendió con una llamada inesperada. Con tono nostálgico, me dijo: “Vente, que vas a disfrutar recordando aquellos tiempos.” Recordaba mis discusiones apasionadas sobre la copla y, con el paso de los años, había comprendido su verdadero valor. Entonces me confesó: “¿Sabes qué? La copla tiene algo. Sonreí y le respondí sin dudarlo: “Por supuesto. La copla es un universo, es poesía, es sentimiento. Es el alma de un pueblo que canta su historia, un arte que atraviesa generaciones, que emociona, que sobrevive al tiempo y sigue resonando en quienes la sienten. Hay poesía en las letras de las coplas.”
-Hablemos ahora de su propia editorial, Ediciones La Palma. La creó en 1989.
“Publicaron un libro que había ganado un premio en Melilla, pero la edición se agotó rápidamente. Cuando intenté conseguir más ejemplares, me informaron de que ya no quedaban. En aquella época, solía visitar con frecuencia el Consejo Superior de Investigaciones Científicas para entregar trabajos. En una de esas ocasiones, fui a la imprenta y le comenté al impresor la situación del libro agotado. Su respuesta me sorprendió: “¿Por qué no lo reeditas tú? Si ya está agotado, puedes hacerlo”. Me pareció una gran propuesta y, sin dudarlo, comenzamos el proceso. Me pidió que eligiera un nombre y, en ese mismo momento, me asignó un ISBN. Pensando en un nombre adecuado, decidí llamarla Ediciones La Palma. Así nació la editorial con la reedición de ese libro, el primero de muchos.”
-Es también Hija Predilecta de La Palma.
“La Palma es fundamental para mí. Es mi mundo. Mi mundo infantil. Pero es mi mundo de adulto también.”
-Ha regresado a La Palma para quedarse.
“Y para morirme. Creo que voy a morirme en La Palma. Espero que en mi cama, tranquilita, durmiendo. Ese sería mi sueño, sí.”
-Durante los años que vivió en Madrid, entre 2002 y 2006, estuviste al frente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. ¿Cómo fue esa experiencia?
“Fue una experiencia especial, me marcó mucho. Después de esa etapa, ya no volví a dar clase, salvo unos meses para completar mi jubilación. Para mí, fue como la guinda de toda una vida dedicada a la enseñanza. Comencé a enseñar en 1972, y desde entonces siempre me ha apasionado la educación, el acto de transmitir conocimiento. Por eso, la propuesta de Antonio Gala me entusiasmó tanto. Me gustó porque representaba la oportunidad de hacer realidad todo lo que había defendido durante años. Su esencia era similar a la Residencia de España en Roma o a la Residencia de Estudiantes de Madrid, aunque con un matiz particular: quienes trabajaban allí se reunían cada noche después de la cena para compartir sus avances del día. Además, cada fin de semana invitaba a escritores, pintores y músicos para que convivieran con los jóvenes, intercambiaran ideas y dialogaran sobre sus experiencias. También llevé a artistas y pensadores canarios, como Jerónimo Saavedra, quien pasó un fin de semana allí. Me parecía fundamental que los jóvenes tuvieran la oportunidad de conectar con figuras ya consolidadas en sus respectivos campos. Por la Fundación pasaron nombres destacados como Arturo Pérez-Reverte, Antonio Colinas y José Hierro, enriqueciendo la experiencia de quienes formaban parte de ella.”
-De todos esos escritores que ha conocido, ¿quién le ha marcado más?
“En mi literatura, quienes han dejado huella pertenecen a siglos pasados. Cuando inicié mi camino en las letras y comencé a escribir, mis referentes -por llamarlos de alguna manera- fueron Miguel Hernández y León Felipe. Más allá de su legado literario, tenían para mí un profundo significado político. Hubo un tiempo en mi vida en el que no distinguía entre las ideas, los pensamientos y la escritura, por lo que devoraba libros de autores con quienes sentía afinidad ideológica. A esto se sumó el privilegio de aprender de muchos otros escritores, gracias a profesoras excepcionales como Jimena Menéndez Pidal y Carmen García del Diestro, quienes fueron mis grandes maestras y me inculcaron el amor por la lectura. Y, sobre todo, mi madre, la primera en enseñarme a leer libros, libros de verdad, de poesía. Desde mi infancia, ella me recitaba de memoria versos de Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Sor Juana Inés de la Cruz”.
-Me gustaría hablar sobre su último libro de poemas, ‘Últimos poemas de amor’. Aunque usted es la autora, el narrador es su esposo, Manuel, con quien ha compartido más de cincuenta años de vida.
“El amor es el tema central de mi obra. Un día, de repente, me pregunté: qué curioso, este hombre que ha estado a mi lado tanto tiempo, que dice que me ama… ¿Cómo lo expresaría si escribiera? ¿Cómo plasmaría esos poemas de amor que yo leo de otros hombres? Esos versos que descubrí en la adolescencia, cuando leía a Bécquer. ¿Cómo me los dedicaría él a mí? La respuesta llegó de forma natural: escribirlos yo misma, pero en masculino. Él es quien habla, quien dirige sus palabras a una mujer, alguien a quien ama profundamente. En este caso en concreto, esa mujer soy yo. Él no había leído el libro, así que se lo leí después. Al terminar, le pregunté: “¿No te importa?”. Y me respondió: “No”. Pero se quedó un poco desconcertado. Luego me dijo: “Yo nunca habría escrito eso”. “Evidentemente -le respondí- por eso lo escribí yo”.
-¿Escribe mucho también sobre el dolor?
“Sí, sí. Es que me atrae mucho el dolor. Trabajé en un hospital todo un verano, enfrentándome al horror de la enfermedad, el hambre y la muerte. Vi lo que significaba ayudar a alguien a morir y ayudar a alguien a dar vida. Esos meses me enseñaron más de lo que jamás imaginé.”

Premio Canarias de Literatura y Premio Taburiente
A sus 83 años, Elsa López, Premio Canarias de Literatura y Premio Taburiente de la Fundación DIARIO DE AVISOS, subraya su carácter rebelde para conseguir sus metas como escritora. “Aprendí a endurecerme, a luchar. En mi adolescencia, Juana de Arco era mi referente: que me quemen, pero siempre luchando, con la espada en alto. Esa idea me acompañó y me enseñó a decir lo que pienso, a hacer lo que quiero, a amar como deseo, a vivir como decido. Hoy, puedo decir que todavía no me han quemado. Pudieron hacerlo, pero no lo lograron”. Confiesa que no le tiene miedo a nada, aunque cuando repasa el camino andado en la vida, admite que el sufrimiento ha sido una de los compañeros de viaje: “Sí, he sufrido mucho. Aquella niña sola en el colegio los fines de semana, en aquella oscuridad, qué miedo pasé. Me portaba muy mal. En el colegio pensaron que estaba endemoniada de lo mala que era. Un día, me llevaron a la iglesia del colegio, atravesando un pasillo lleno de niñas sentadas. El colegio entero presenciaba el ritual mientras me echaban agua bendita y rezaban para expulsar los demonios. Claro que estaba poseída. Por la rabia. Lo admito sin reservas”.





