¿Qué estaría dispuesto a hacer por amor? ¿Moriría? ¿Entregaría su cuerpo y alma? ¿Se colgaría de una torre para escribir el nombre de tu amada? Eso debió pensar José Carlos Selva cuando, en 1993, decidió que un ramo de flores era poca cosa.
Tenía 15 años y, tras una discusión adolescente con su novia, Mónica Vallejo, subió los 96 metros de la chimenea de la antigua fábrica de plomo de Los Guindos, un vestigio industrial en Málaga visible desde toda la bahía boquerona, para pintar con grandes letras blancas un nombre que marcó la ciudad: Mónica.
Aquella pintada convirtió la estructura en lo que los autóctonos bautizaron como Torre Mónica, una leyenda urbana que, tres décadas después, sigue viva a más de dos mil kilómetros, en el Sur de Tenerife. Allí, en San Isidro, la pareja se instaló, se casó y crió a tres hijos canarios. Desde Granadilla de Abona, han comprobado que la memoria malagueña no se borra, mientras ellos miran la Montaña Roja y comparan la playa que fue testigo de su amor, la de la Misericordia, con la de El Médano, donde hoy se escribe su día a día.
Este relato nace de una pelea “propia de la edad”, recuerdan ambos. “No sé si lo habíamos dejado, pero estaba muy enfadada”, admite Mónica.
José Carlos, amante de los deportes de riesgo, buscó reconciliarse a lo grande. “La pintada me llevó cuatro horas; la iba a hacer más grande. Fue un acto de amor”, describe.
Tras acabar su obra, fue a recoger a su pareja. “La miró con indiferencia y asintió, como si le hubiese puesto delante cualquier cosa”, ríen ahora.
A raíz de esta juvenil historia, la ciudad entera rebautizó la chimenea como Torre Mónica, convirtiéndola en un icono local, parte de la idiosincrasia boquerona.
El idilio con la torre de Los Guindos se torció cuando el histórico alcalde, Francisco de la Torre, anunció que se iba a proceder a su restauración. “Se llegó a decir que esos dos niñatos ya no estarían juntos”, recuerda Mónica. Ella misma desmintió los rumores en redes sociales: “Yo soy la verdadera Mónica, el autor fue mi marido… y seguimos casados”.
Desde entonces, la pareja ha relatado su historia a medios y amigos una y otra vez, cada vez más sorprendida por el eco que alcanzó aquel gesto, tan temerario como cargado de adrenalina, que se convirtió en su mayor recuerdo de pareja.
En el año 2000 decidieron dar un giro a su vida. Se mudaron a Granadilla de Abona. Fue su forma de independizarse juntos. Más tarde se casaron. “Allí (en su ciudad natal) había trabajo, pero peor pagado. Aquí, con un empleo, era como tener dos allí”, explica José Carlos.
En las Islas han echado raíces, donde nacieron sus tres hijos: Yeray, Carlos Airam y Yaiza. “Es un paraíso. No nos queremos mover”, asegura.
La torre, finalmente, fue restaurada, y la pintada borrada. El Ayuntamiento de Málaga destinó en 2007 más de 500.000 euros a la rehabilitación de la chimenea y su entorno, devolviéndola a su aspecto original. La decisión no estuvo exenta de polémica: en la ciudad se abrió un intenso debate que enfrentaba la preservación del patrimonio industrial con la memoria popular. “Me dio mucha pena”, confiesa Mónica.
Una declaración
En su último viaje a su ciudad, fueron con amigos canarios que dudaban de la famosa historia. Para poner a prueba la leyenda, lanzaron una apuesta: se harían pasar por turistas y preguntarían a varios jóvenes del paseo marítimo:
“¿Sería usted tan amable de decirme cómo se llama la torre esa que está en la playa?”.
El resultado fue unánime: diez de diez la identificaron.
Han pasado más de tres décadas desde aquella escalada. El eco de la que fue la mayor declaración de amor del Sur peninsular aún resuena en mitad del Atlántico.







