Cynthia Jorge Concepción, tinerfeña de 29 años, no es precisamente de las que consideran que no hay que controlar el fenómeno migratorio ni de las que van por delante con eso tan humanista (y cristiano, y de otras muchas religiones o cosmovisiones) de que nadie es “ilegal” o “irregular” por no llevar los “papeles” de rigor. Al contrario, ve bien que se haga seguimiento de la llamada así (migración “irregular”) en gran parte del planeta y entiende los controles en aeropuertos, puertos y otros puntos de entrada a países.
Tampoco era de las que iba por primera vez a Estados Unidos y comprobaba los exhaustivos y crecientes filtros para poder “disfrutar” (o todo lo contrario) del supuesto imperio planetario, pues fue mucho de niña y adolescente (su padre creció en Nueva York, en el condado de Queens, junto a sus abuelos desde los 4 años), estudió allí Química durante cinco cursos (de los 18 a los 23) en distintas ciudades y sus viajes de ida y vuelta habían sido constantes desde 2023 con el habitual permiso de 24 meses (con un máximo de estancia de 90 días y renovado en este 2025).
Sin embargo, su percepción cambió por completo del 23 al 25 del pasado agosto tras ser retenida sin más motivo en el aeropuerto de Orlando (no había nada nuevo respecto a viajes precedentes), pasar la noche en una cárcel junto a otras personas acusadas de todo tipo de presuntos delitos (cuando le habían dicho que estaría sólo en la parte de migración) y ser deportada a las 21.00 horas del día siguiente hacia Londres para volver luego a la isla del Teide.
Por supuesto, Cynthia sigue sin comprender del todo qué le pasó esta vez, aunque tiene claro que se debe a la agudización de la persecución del migrante emprendida por la administración ultraconservadora de Trump. No obstante, lo que más le ha chocado, y más en Orlando, la sexta ciudad más grande del Estado de Florida y con una enorme cantidad de población migrante, es el trato que recibió en el aeropuerto y comisaría por policías de origen latino (todos los que le atendieron hablaban español) que, en algo muy propio de este fenómeno, se mostraron más trumpistas que el propio Trump (si cabe), como en una competencia a ver quién es el más contundente, celoso y cumplidor de la nueva cruzada xenófoba.
Desde luego, y aunque ella recalca que ni entiende ni sabe mucho de política, le dieron motivos para entender enseguida por qué muchos votaron al ultraderechista en las últimas elecciones y por qué son los primeros que abogan por ese rechazo al de fuera, simplemente porque ellos ya están asentados allí y no quieren más competencia exterior: “Algo muy triste”, concluye.
Durante el primer cuestionario en el aeropuerto y, luego, en el interrogatorio en otra sala, le preguntaron por su familia, su padre, sus abuelos, y por sus intenciones en el país, aunque no si tenía amigos árabes o algo relacionado con el yihadismo. “Lo que noté enseguida es que me preguntaban por lo mismo de formas diferentes para ver si caía en una contradicción, pero no. Es más, pensé que todo se aclararía muy pronto o que se trataba de un error, y por eso me chocó tanto que acabaran metiéndome en un coche a las 3 de la mañana, con esposas, sin móvil, sin equipaje y, por tanto, sin identificación; como para que me hubiese tocado un policía corrupto y me hubiera llevado algún otro sitio”, explica.
Cynthia, junto a un amigo abogado que vive en EE.UU. y una tía norteamericana de Miami, está estudiando posibles acciones ante lo que le sucedió, al menos para una queja formal. De hecho, en el avión de vuelta a Londres, y a petición de esta tía (casada con un hermano de su madre tinerfeña), escribió lo sufrido para no olvidarse y que su familiar tenga todos los datos y sensaciones y pueda obrar con más opciones ante las instancias estadounidenses.
UNA ÚNICA LLAMADA
Según detalló a DIARIO DE AVISOS el miércoles en La Laguna, lo que más le duele fue el trato recibido, el exhaustivo interrogatorio por el que pasó en el aeropuerto al no superar la primera criba por ser extranjera (algo que nunca le había ocurrido), que le requisaran el teléfono (no se lo devolvieron, por medio de una azafata, hasta subirse al avión de su deportación) y su equipaje hasta regresar a Londres, viaje que pagó su compañía aérea, pues así se estipula ahora con las expulsiones. Además, sólo pudo hacer una llamada a su tía, que no respondió, y le dejaron enviarle un mensaje a su padre, con el que no habló hasta volver a Londres.
Asimismo, le molesta a fondo que le mintieran al llevarla a la cárcel a las 3 de la mañana (aunque ingresó a las 5, dado que tuvo que esperar por el registro del resto de detenidos de esa noche) y que se viera en el mismo y enorme salón con todo tipo de supuestos delincuentes. No obstante, lo que aún le escuece es que simplemente no la creyeran. Es más, esto último resulta clave en su expulsión inmediata, ya que, según recalca, lo único que le dijeron desde el principio es que sospechaban de ella porque no traía consigo un viaje de vuelta a Londres, que es una de las nuevas obligaciones de los que llegan a la “tierra de las oportunidades”.
Sin embargo, esto choca con su experiencia previa, pues nunca se lo exigieron ni cuando estudió o se graduó (2019) en el país de Washintong, Jefferson, Bogart, Springsteen o Rorty ni cuando ha hecho visitas desde 2023 a diversos estados gracias al permiso de dos años obtenido y renovado.
En esta ocasión, los implacables agentes latinos, y especialmente una supervisora, no sólo no tuvieron en cuenta esos precedentes, sino que no atendieron a que sus abuelos canarios por vía paterna (Gregorio Enrique y Manuela) emigraran a EE.UU. cuando su padre tenía sólo 4 años y tengan también esa nacionalidad, que tuviera familia en el país que presume de ser “amado por Dios” (como el “elegido pueblo” de Israel) o que simplemente quisiera asistir a una conferencia en Orlando dentro de su proceso formativo para convertirse en entrenadora personal (la charla iba sobre liderazgo y crecimiento interior).
Es más, no sólo no le creyeron eso, sino que se extrañaron del dinero que poseía en su cuenta, dejando caer que su verdadera intención era trabajar de forma ilegal en el país, que eso era lo que había hecho antes y que, por tanto, estaba haciendo un mal uso de su permiso. “No se podían creer que tuviera esos ahorros por haber trabajado antes en Europa ni que me los estuviera gastando en un año sabático que necesitaba en su propio país”, asegura. “La jefa policial que me tocó ni siquiera se creyó que tuviera amigos y amigas en EE.UU. que me dejan quedarme en sus casas porque algo así no lo haría ella ni sus compañeros porque saben lo que cuesta un nuevo huésped por el gasto en agua y otros”. Cynthia simplemente aún alucina al recordarlo todo.
Sin duda, se trata de una de sus peores experiencias y no se plantea volver (por lo menos a medio plazo, “pues temo que me pase algo peor porque así le da al jefe policial que me toque”) a ese enorme país, repleto de contrates y tan referente para bien en unos ámbitos como odioso en otros, y lo de la migración es un gran ejemplo ahora para los que tienen un poco de humanismo.
Y eso que Cynthia, como subraya y prueba al desconocer los disturbios de hace meses en California por la persecución de migrantes, insiste en que no le interesa la política y que su apuesta por convertirse en entrenadora personal tiene que ver con su búsqueda de Dios y de un salto a vivir y sentir todo de otra manera. En ese año sabático (de 2023 a octubre de 2024), entró hasta cuatro veces en EE.UU. sin problemas, pero, claro, el martes 5 de noviembre de ese 2024, hubo elecciones, Trump sacó 86 congresistas más que Harris, venció por 2 millones de votos y ganó en todos los Estados bisagra, cambiando a fondo la política nacional y mundial, con especial énfasis en el rechazo al migrante, como ha sufrido esta joven a la que aún le duele algo que, según remarca, “resulta muy triste e injusto”.
Graduada en Ohio, trabajadora por Europa y su sentido de la vida
Cinthya siempre quiso seguir los pasos de su padre y, si bien había viajado antes al país de Jim Morrinson, Capote, Allen o JFK, se matriculó en distintas universidades (un año en Florida y dos en Nebraska, donde obtuvo una beca por baloncesto), aunque se graduó en Ohio.
Al volver a Tenerife con 23, hizo un máster en Biomedicina en la ULL, trabajó en Ámsterdam y estuvo en otros sitios hasta laborar en la Isla con internet. Pero se dio cuenta de que eso no era lo suyo y emprendió la búsqueda de Dios durante un año sabático, decidiendo hacerse entrenadora personal, para lo que la conferencia en Orlando era un paso más.





